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Cuentos recientes

Yo, la invisible

Yo, como Borges, siempre quise ser otra. Y, como Borges, también me soñé de distintas maneras, aunque yo siempre sabía, en mis sueños, digo, que en realidad yo fingía ser quién no era. En cambio, estando en vigilia pensaba que sí, que era quién no soy y no me daba cuenta de que estaba representando una parodia, o una tragedia o, para ser más optimistas, una comedia. Pero en realidad lo que yo siem(...)

La ventana

Empujé con una mano mi silla de ruedas (¡maldito artefacto!) y deposité el café humeante sobre la mesita debajo de la ventana. Una lluvia triste y persistente moja la vereda de la rambla (¡que me importa el tiempo ahí afuera!) Algún transeúnte ocasional corre. Apuro un sorbo de café (caramba que ansioso que estoy, me quemé la lengua) y me inclino hacia adelante. Siempre sale a esta hora, entre (...)

Miradas

La muchacha bajaba las escaleras del subte para subir al tren con destino a Chacarita. El andén estaba desierto. A los pocos segundos, vio una figura sombría detrás de una columna. Impermeable negro, sombrero gris y un paraguas largo, negro colgado de su brazo derecho. Miraba fijamente, hacia la oscura boca del túnel, como si su mirada pudiera atravesar la tremenda oscuridad y anticipara, así, la (...)

Atrapados

Me presento. No sé todavía si me llamo Hugo o Juan, tengo veinticuatro años, desempleado. Aterrice en Montevideo desde una ciudad del interior. Soy prolijo. Traigo una valijita llena de ilusiones y un título lustroso. Soy el personaje principal de la novela que escribe Gustavo en una obscura habitación de la ciudad vieja. Nuestra relación se caracteriza por la aspereza, sino por el encono. ¡Es (...)

Un eclipse solar en el campo

Recuerdo cuando por primera vez presencié un eclipse solar. Yo era niña y aún vivíamos en el campo. Nos dirigíamos a la escuela rural con mis hermanos. Para llegar debíamos atravesar un campo enorme y un monte. Casi siempre íbamos caminando o a caballo. Como no siempre disponíamos de tres o cuatro caballos, entonces, mi madre nos mandaba de a dos. Recuerdo ese día: en el momento que debía(...)

Aritmética

Mi suegro, el coronel Emiliano Almanegra, era un hombre de ojos suspicaces como los de una lechuza. Su lengua era afilada como una víbora, su corazón duro como un crustáceo y su apetito sexual apremiante como el de una liebre. Tuvo diecisiete hijos varones con la misma esposa, incluidos cuatro pares de mellizos. Los diecisiete varones tomaron rumbos parecidos: ocho se inclinaron por el ejército y (...)