Un día de estos…

…cuando la noche se cubra con el manto del desvelo, donde no haya cabida para sueños solo realidades, inquietudes e interrogantes.
Entonces, esa noche esperará, agotada y pacientemente, el despuntar del alba.
Y ese día, con todas sus horas, será testigo viviente del nuevo ser, con su coraza impenetrable.
…uno de estos días el corazón dejará de inquietarse esperando en vano aquello que no vendrá.
Otro día, no escuchará los ecos de sí misma pero sí escuchará respuestas a sus preguntas.
El día estaba oscuro y se sintió pobre en su Imperio, despojada de su corona y de su altar.
Cualquier día de estos, levantará el estandarte llena de júbilo por sus años maduros y canos.
El día menos pensado todas las fronteras caerán, cediendo más y más los límites.
Cuando amanezca, el día recogerá su manto oscuro de los confines… ella resurgirá.

Espejismos

No hacía mucho que el velo oscuro que cubría la ciudad se había recogido.
Y la mañana amanecía luminosa, resplandeciente y fresca como suelen ser los días estivales.
La playa aún estaba serena; alguno que otro aleteo o chillido quebraba la monotonía del lugar.
Al leve contacto de los pies, la arena se iba disgregando como la memoria con el tiempo va apartándose de la vida.
Un murmullo vino a sacarme de mí letanía; eran las olas susurrando su melodía.
Rindiéndose cansadas ya de tanto mundo, a mis pies llegaron.
Ensimismada andaba en mis pensamientos, enceguecida por el brillo del sol, oscilando entre la fantasía y la realidad cuando una voz que me heló el alma detuvo mi caminar.
Aquel sonido junto con el espectro formaba un todo y, ese todo, se fue materializando dejándose ver.
Sin poder razonar, estupefacta, me entregué al designio de mi desventura.
Tamaño infortunio fue el mío que, a los pocos minutos, me hallaba caminando sobre la tabla del barco pirata.
Pensé que nada era más duro que esa cruda y dura realidad. “Hubiese querido no perder el equilibrio” me dije a mí misma.
De todas formas, ya estoy grande para andar deslizándome en tablas.
Han comentado del hallazgo de un galeón pirata que naufragó un par de siglos atrás a pocos metros de la costa.
Tal vez… la tabla que trajo la mar a mis pies tenga siglos de historia guardados en la bitácora de la memoria de algún barco fantasma.

Miedo

Ocultaba sus penas en un silencio doloroso, profundo.
Cuando el entorno lo sacaba de sus problemas, escuchaba atento las anécdotas fantasiosas de sus compañeros de trabajo.
Se quedaba mirándolos sin disimulo.
Y, al sentirse escuchados por el mudo, lo obligaban a intervenir, a dar su parecer aunque sea para comprometerlo.
—Yo no tengo la experiencia de ustedes muchachos.
—Aunque te hayas pasado la vida encerrado leyendo pensás más que nosotros, tu opinión nos importa.
—Yo quisiera vivir sin pensar.
—Vení al boliche y buscate una mina. Después de unos buenos revolcones… ¡das cátedra loco! Larga la cabeza, el instinto domina, el sentimiento manda. No tiembles antes de sufrir.
Y el mudo vivió y habló como todos. Rió y lloró.

El faro

La casa quedó rodeada entre edificios, sola. Allí, vive la abuela.
La única viva de su familia. Los acompañó a todos hasta sus últimos momentos.
Ahora, está rodeada de hijos y nietos, altos, jóvenes, hermosos, modernos.
Ella se mantiene fuerte y erguida, disfruta su casa y también de su entorno.
La mantiene con vida su afán por ayudar a su familia a ser feliz, para que crezcan y se desarrollen, para que disfruten la vida en plenitud y sean útiles a los demás. Para superar las pruebas que surgen en el camino, sacando de ellas lo positivo y seguir siempre adelante.
Es un camino sin fin, no bien se supera una prueba, surge otra. Cuando no es uno, es otro que viene a visitarla para plantearle nuevas situaciones.
La felicidad no es su estado permanente, se compone de momentos que se disfrutan y pasan y, luego, aparecen nuevos desafíos que ponen a prueba su fortaleza para enfrentarlos.
En esos momentos, toda su progenie mira hacia ella. Es el faro del clan que ella ha engendrado y orienta.
Por eso no se apaga. Su espíritu tiene la fortaleza de su casa.

Muchedumbre

Mujeres, hombres, niños y viejos marchan todos como poseídos por algo mágico. No los une una idea, ni un temor, ni un objetivo concreto. Los une un sentimiento. Los une una pasión que no logran entender muy bien. Juntos, vivirán la luz del día. Juntos, pasaran la negrura de la noche.
No hay llave que abra sus corazones. Es un enorme e indescifrable misterio lo que encierran esas mentes apasionadas.
Tal vez, les espere una trampa terrible. Tal vez, un destino sin retorno. Tal vez, todo es solo un juego de los Dioses que se entretienen enloqueciendo a los humanos con mundos de fantasía. Esos ladinos se divierten; solo ellos saben el final que le espera a esa muchedumbre.

Inseguridad

Desde que empezó la obra comenzaron los robos. Al principio los damnificados tomaron medidas sin hacer denuncias, las puertas se blindaron, las alarmas se instalaron y el barrio cambió.
Las sospechas llenaron las tardes de invierno y los vecinos cuchicheaban contando sus cuitas.
Si bien los robos ocurrían durante el día en horario de trabajo, los que pudieron contrataron vigilantes de 24 horas.
La obra avanzaba y la inseguridad con ella.
Las sirenas de la policía taladraron la mañana y, cuando todos pensaron que habían atrapado a los ladrones, el horror fue mayor.
Los obreros al llegar a la obra encontraron a una joven violada, robada y asesinada.
Según declaraciones, el novio la había dejado a medianoche y la había visto entrar. De todas formas, él resultó sospechoso porque el vigilante de la noche negaba el ingreso de la joven. Empeoró su situación cuando le encontraran antecedentes como integrante de barras bravas. Después de un interrogatorio violento debieron dejarlo salir por falta de pruebas.
La policía investigó a los que trabajaban en la construcción, a los porteros y vigilantes.
Pero no hallaron nada.
Pasó el tiempo y aquel parecía otro caso no resuelto; la vida retomó su rutina.
Después de un tiempo, uno de los detectives que había participado en la investigación se interesó en la hija del portero y la invitó a salir. Muchas fotos había visto de la joven asesinada y una tarde reconoce en la mano de la joven el anillo que le vio puesto a la fallecida.
Si bien logra reponerse del impacto, advierte a sus superiores. Detienen al portero para interrogarlo pero él sostiene que ese anillo lo encontró en la puerta unos días después del crimen cuando, bien temprano, salió a regar la vereda.
El próximo paso fue allanar la casa del vigilante nocturno. Allí, encontraron una foto de la víctima cuando todavía sonreía.

Una cobranza difícil

La empresa “De Luxe Imports” se dedicaba a la importación de bienes de consumo suntuarios como whiskies añejos, vinos europeos, bombonería suiza, un par de marcas de relojes del mismo origen y un sin fin de artículos ocasionales de los que se traían lotes pequeños para mantener su carácter de exclusivos. Se atendía un sector de alto nivel, vendiéndole a pequeñas boutiques de un par de barrios de Montevideo, la zona “casi Argentina” de Colonia y Punta del Este que era uno de los mercados más importantes.
Era un buen negocio con márgenes considerables y buena rotación. El mayor problema de este tipo de negocios era la necesidad de dar crédito a comerciantes que eran pequeños empresarios. Suele suceder que estos se demoren algo en el pago de sus compras.
Ernesto era un viejo conocedor de la plaza, tenía más de 50 años, de complexión gruesa que vestía siempre muy bien y con ropa acorde a los productos que vendía. Era el único vendedor de la empresa y además se encargaba de cobrar a los clientes.

Había nacido en una familia de bajo nivel social y su educación no era académica pero tenía una gran habilidad, inteligencia y buenos modos que lo igualaban a sus distinguidos clientes.
Antonio Pedro era un típico personaje de clase alta, venía de una de esas familias en las cuales, el pasar los campos por varias generaciones, redujo tanto las fortunas que muchos terminan dedicándose a las actividades más diversas para sobrevivir dignamente. A pesar de eso, saben conservar intactos los gustos, las expresiones y modales de la clase a la que justificadamente pertenecieron sus abuelos. Había tenido diversos negocios en su vida y, de algunos de ellos, se cuidaba mucho de no contar cómo habían terminado. Usaba las expresiones de su clase social, mezclaba la cantidad correcta de palabras en inglés y algún nombre de comidas o vinos en francés. Mencionaba frecuentemente los apellidos de sus amistades y todos los que lo conocían tenían claro el prestigioso colegio privado al que había concurrido. Su vestir era siempre el correcto con esa elegancia que está siempre un paso antes de la exageración. Era el empresario adecuado para manejar los tres locales de artículos finos que tenía. Había conseguido una considerable línea de crédito entre sus proveedores de los que The Luxe Imports era el principal.
Cuando el Gerente de la empresa revisó la lista de clientes atrasados, llamó a Ernesto y le dijo:
—Ernesto la cuenta de Antonio Pedro me preocupa, tiene un atraso de 90 días y, mirando la historia, es claro que lo mantiene a propósito siempre en ese nivel. El atraso más los 90 días de plazo normal hacen un crédito que no se justifica y, además, no tenemos de él garantías reale ni nada que se le parezca. Es un tipo muy simpático y muy fino pero solo Dios sabe cuán solvente realmente es. Yo quiero hacerle una visita hoy mismo, vamos juntos así lo presionamos un poco más.
A última hora de la tarde, se encontraron en el local sobre la Avenida Arocena donde Antonio Pedro los esperaba caminando por el comercio.
—Amigos, me alegro mucho que hayan venido a visitarme. Estoy necesitando varios de los whiskys que Uds. traen y algún surtido de chocolates. ¿Por qué no tomamos algo en al Club y charlamos distendidos y sin interrupciones? Uds. no se imaginan cómo odio los celulares.
Cruzaron las pocas cuadras hablando entre los tres de cualquier tontería hasta llegar al Club donde se instalaron. Antonio Pedro, después de saludar cordialmente al mozo, pidió whisky para los tres.
—Antonio Pedro, estamos muy contentos con sus compras y contamos con Ud. para introducir unas líneas nuevas que terminamos de comprar en la feria de París — dijo el Gerente para empezar la conversación en tono positivo — pero antes tenemos que poner un poco al día las cuentas.
—Sí … sí… por eso los pensaba llamar, creo que estoy algo atrasado, pero es poca plata y, en esta semana, lo arreglamos.
—Muy bien, deme los cheques ahora y féchelos para los días de la semana que más le convenga— le dijo el Gerente con mucha esperanza de cobrar.
—Sí, claro… puede ser… en este momento no tengo la libreta conmigo pero los hago esta noche y mañana te los alcanzo a la oficina, no hay problema. ¿Qué mercadería nueva están trayendo para mí desde París? Ojo que todo tiene que ser europeo ¡de verdad! Yo no pongo tonterías chinas en mis negocios, Uds. lo saben.
La conversación siguió entre los intentos del Gerente de volver a los cheques y las vueltas que Antonio Pedro le encontraba a la conversación para evitarlo.
Hasta ese momento, Ernesto se había mantenido pacíficamente escuchando y parecía que, o no le interesara o no quería intervenir. En realidad, cobrar era su trabajo pero él se mantenía en silencio mientras el Gerente (su jefe) fallaba en la cobranza. De pronto, se levantó un poco de la silla, la corrió más cerca de la de Antonio Pedro, extendió la mano y, suavemente, la posó sobre su brazo.
El movimiento sorprendió al Gerente quien, al mirar la cara de su cliente, se dio cuenta de que éste no retiraba el brazo no porque no quería sino porque no podía, la presión de la mano de Ernesto debía de ser muy fuerte.
El diálogo que siguió fue una real sorpresa tanto para el Gerente como para su cliente.
—Antonio Pedro, —dijo Ernesto— vos sabés dónde nací yo ¿verdad? Por las dudas que no sepas, permitime que te lo explique. Yo nací en un lugar hoy llamado Cerro Norte. En realidad, en la peor parte de ese barrio. Me crié entre gente muy pobre y muy buena pero también rodeado de muchos malandras, sabés qué significa malandra, ¿verdad? Muchos de mis amigos eran punguistas, vendían droga o artículos calientes ¿tú entiendes qué es eso verdad? En ese barrio, todas las cuentas se cobraban en su plazo, de una forma u de otra. No creo que sea necesario seguir explicándote ¿no?
La cara de Ernesto había cambiado dramáticamente. Su expresión suave casi bonachona de siempre se había convertido en dura, amenazante y muy seria. La de Antonio Pedro también pero de otra forma, se puso pálido, abrió mucho sus ojos y miraba a Ernesto atemorizado. Éste retiró su mano. Él comerciante, cuidadosamente, abrió su sobre de cuero, retiró la libreta de cheques y, en un mortal silencio, hizo un cheque por el importe total de lo que debía.
Ernesto tomó el cheque y dijo:
—Vámonos jefe que tenemos otras visitas que hacer. Que tengas un buen día Antonio Pedro.
Ya en el auto, el Gerente se recuperaba del asombro de la transformación de su vendedor y el resultado obtenido. Ernesto ya había vuelto a su expresión de veterano bueno y le preguntó irónico:
— ¿Nunca le conté jefe que los fines de semana me divierto en un taller de teatro al que vamos con mi mujer?

Insensatez

Querido diario:
Temo decirte que mis días aquí en éste Paris lejano distan mucho de ser aquello que fue al principio, fueron sueños que el desvelo se llevó.
De aquella buhardilla romántica y acogedora solo quedan vestigios de un simple habitáculo.
Aquella celosía, nuestro único contacto con el exterior que un día supo regar de sol nuestros cuerpos desnudos tendidos en el lecho ahora permanece en tinieblas, ya no nos ilumina más.
También sus ojos, aquellos ojos, los de él, los que me alumbraban con su fulgor y deseo, han permanecido distantes, ya no me quieren ver.
Aquel afán con que interpretaba la vida tan ardientemente, se arrinconó en algún lugar de su ser.
Lo que en un principio le urgía, lo que nos había traído a ese país con expectantes promesas artísticas, ya no le satisfacía.
El lienzo en su caballete, permanecía en un rincón languideciendo, esperándolo a él para que esbozara siquiera unos trazos.
Y él, no alzó más el pincel.
Y yo, había perdido el encanto de retratar, de ver el mundo a través de los ojos de los demás.
Mi mundo se había convertido en un intercambio continuo de miradas lejanas a través de la celosía.
Hace un tiempo lo he notado disperso, esquivo, incluso desdeñoso.
Le he preguntado más de una vez si ha dejado de amarme, si hay otra en su vida pero él no me responde; puedo ver que su expresión, al contrario de lo que debería ser, es de dolor.
Quizá… no se anima a decirme la verdad por lástima.
Cuando se ausenta, me duele no saber dónde anda pero no pregunto, no quiero verlo más alejado de mí.
Anoche tuve un sueño que el amanecer lo hizo fugar, como si las sombras le temieran a la claridad.
El sueño me inquietó y, aunque le di vuelta al tema, no logré hacer conexión con nada.
Lo curioso del hecho es que en el trascurso de unos días, volvió el sueño recurrente.
Alarmada por tal suceso, esperé el momento oportuno para contárselo a él.
Le dije: “Hay una chica leyendo un libro en el parque. Nunca pasa las páginas. No puedo divisar quién es pues el ocaso del sol viene y se la lleva”.
En un principio, creí haberle notado cierto asombro y hasta preocupación.
Luego, su reacción tomó otros matices impensables para mí, dando él por terminado bruscamente el irrisorio hecho.
El tema no volvió a salir a luz, así como si ese sueño hubiese quedado guardado en algún cajón viejo del alma.
A partir de esa situación, empecé a replantearme mi vida dentro de esas cuatro paredes, siempre rodeada de incertidumbre, esperando a que llegara él de un momento a otro, dejando que mis días se fueran marchitando sin agua que pudiera aplacar mi sed.
Decidida, tomé mi cámara y empecé a recorrer París por la celosía para captar todo a través de los lentes de mis ojos.
El día menos pensado, llegó él y, al llegar, lo enfrenté.
Él negó lo innegable. La chica del parque estaba retratada entre los rollos que revelé.
Recordé en ese momento su reacción y su asombro cuando le había contado el sueño y, luego, esa ira incontrolable deslindando cualquier enlace.
Por más que me esforcé en mostrársela, paseando por el parque insinuándosele a él debajo de nuestra celosía, solo yo logro verla a la hora del ocaso, esperando a que regrese mi amado.
Con el paso del tiempo, ese mundo vital plasmado al cerrar el lente del disparador perdió vida y se cerró sobre mí como el crepúsculo.
Ella, según dicen, es una de las tantas retratadas sin nombre que pasaron por debajo de mi celosía y que, ese señor que me visita, niega conocerlas.

Un champán bien helado

El médico reunió a Felicia, la esposa de Fernando, y a su madre en el escritorio de la residencia para explicarles la condición del enfermo.
—El Sr. Larravide tiene una amnesia simple de origen no identificado. No hay señales de trauma físico que justifiquen la condición. En estos casos, generalmente, la causa es un trauma psíquico puntual o una continuada situación de alto estrés. Si bien es imposible pronosticar la evolución se puede esperar que, en un plazo de pocas semanas, el paciente recupere total o parcialmente la memoria. El primer signo de recuperación será que comenzará a reconocer a las personas más cercanas. Se necesita una actitud positiva y mucha paciencia de la familia.
Después de los abrazos de rigor, Felicia acompañó a su suegra al auto para despedirse y volvió al lado de su marido.
—Fernando, soy yo, Felicia, ¿Te acordás de mí?
— ¿Quiénes eran esas personas? ¿Cómo decís que te llamás?
Felicia no puede tolerar la situación y sale de la habitación.
Tres días más tarde en la sala de conferencias del Estudio Jurídico Fernández & Fernández Asociados, Felicia conversa con el tío de su esposo a quien todos llaman respetuosamente Don Carlos.
—Felicia, yo te pedí que vinieras para que hables con el abogado. No sé cuán enterada estás de los problemas de la Empresa, pero yo estoy de sorpresa en sorpresa y cada vez más alarmado. Vengo de la oficina donde estuve más de una hora con el comisario Ramírez, de la división de Delitos Complejos, hace tres días que están metidos en la contabilidad de la Empresa y me dijo que tienen para mucho más.
— ¡Un comisario! ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Pero m´hija la empresa está en ruinas, vos debes de saber.
—Saber qué, Don Carlos, yo no sé nada de la Empresa. Fernando es el presidente.
—Bueno… tú eres la Directora Financiera.
— ¿La qué? ¡Ah!… Ud. dice por ese sueldo que me pasa Fernando. No… no… Lo hizo para bajar no sé qué impuesto pero… es todo legal. ¡Qué voy a ser la Directora Financiera Don Carlos si yo no entiendo ni la factura de UTE…!
—Bueno Felicia… pero… todos los documentos que el comisario revisó hasta el momento están firmados por vos… incluyendo esas enormes transferencias al extranjero de las que no se sabe bajo qué conceptos se hicieron.
—Mire Don Carlos, Fernando me traía todas las noches papeles para firmar pero, le soy sincera, no tengo idea de qué eran. El pobre ahora está con amnesia pero él manejó todo muy bien. La empresa está muy bien.
—La verdad es que me sorprendes Felicia, lo que yo sé ahora es que estamos fundidos, con enormes deudas y una investigación por fraude. Vos estás comprometida en cada uno de esas acciones. Yo te sugiero que te asesores con un abogado. Necesitarás quien te defienda. ¡Ya muchacha! No podés demorar ni un solo día. Es más… te aconsejo enérgicamente que no digas nada a nadie sin el asesoramiento previo de un abogado.
Felicia va por la Rambla hacia Carrasco como en una pesadilla. Llora, habla sola, vuelve a llorar y se salva milagrosamente un par de veces de rozar otros autos. Al llegar a Kibon sale de la Rambla y se estaciona mirando al río, el fuerte olor a mar revuelto la despabila un poco. Busca el celular y hace un llamado.
—Pedro, soy yo. Me estoy volviendo loca.
— ¿Qué te pasa querida?
—No sé… todo se me viene abajo… mi marido está como un zombi, ¡ni me conoce! Ahora resulta que la empresa está fundida y hay muchos papeles que yo firmé que dicen que me comprometen, no sé si entendí bien… estoy desesperada… hasta podría ir presa. Parecería que ese hijo de puta de mi marido me metió en un pozo sin fondo a propósito. Qué sé yo… me quiero morir.
—Tranquilízate mi amor, mirá… yo ahora no puedo salir de acá para Montevideo, pero esta noche voy para allá cualquier hora que termine y te llamo. Nos encontramos donde siempre y me contás pero, es fundamental, que te tranquilices, vos sabés lo que te quiero, haceme caso.
—Gracias mi amor, vení por favor, te necesito.
Felicia entra a la residencia y estaciona el Mercedes frente al pórtico de entrada, sube apurada y, al entrar, la encuentra a la mucama.
—Señora, ¡qué alegría! Le tengo una buena noticia.
— ¿Qué pasó?
—El señor está mejor señora, se levantó, me llamó por mi nombre, se vistió de traje y salió para la ofician con su maletín negro. Llevó también una de las valijas de cuero. Se ve que está mucho mejor.
— ¿Se fue manejando él?
—Sí señora, salió con el Audi.
Felicia asustada corre al escritorio y llama al teléfono reservado de la oficina de su marido en la Empresa. Nadie contesta. Llama a la central telefónica.
—Hola, soy Felicia la esposa del Presidente, por favor, pasame con la secretaria.
— Buen día señora Felicia, la señorita Teresa no vino hoy, dio parte de enferma.
— ¿Mi marido llegó a la empresa?
—No señora, no lo vimos ¿está mejor?
Felicia rompe a llorar, la confusión es total y no tiene la menor idea de qué hacer.
En el nuevo aeropuerto por los altoparlantes anuncian: Último llamado a embarcar a pasajeros de American Airlines con destino a Miami y conexiones.
Al mostrador de primera clase se acerca una pareja seguida por un maletero con seis enorme valijas. El hombre le entrega al empleado de la aerolínea los dos pasaportes con los pasajes.
—Las valijas directas a Costa Rica, por favor, no quiero tener que hacer aduana en Miami.
—No se preocupe señor van directamente a San José. Recuerde que en Miami tienen 4 horas de espera y pueden utilizar nuestro salón VIP.
—Gracias, ¿podemos elegir la opción de comida para este vuelo?
—Sí, por supuesto, prefieren carne, pasta o mariscos.
— Teresa, ¿qué querés comer?
—Lo que tú digas cariño.
—Mariscos, los dos, espero que el champán esté frío.
—Nuestro champagne está siempre helado en primera clase señor. Que tengan un buen viaje.

Miradas

Ornamental se ve el paisaje del barrio.

Tupidos y variados son sus jardines.

Sembrados con gusto y esmero.

Arbustos, gramilla y flores por doquier.

Encumbrado en la cima de un vasto jardín.

Ahí, se halla él.

Entre varillas, guiado y erguido se encuentra.

Soportando ráfagas huracanadas de viento.

Equilibrándose, para no arquearse ni torcerse, supo crecer.

Desde que tuvo memoria siempre miró al mundo con otros ojos.

Y desde el instante en que se miró…

…se supo distinto de aquellos que lo rodeaban.

Su mundo de ilusiones se llenó.

Y su deseo, anheló más allá del infinito.

Entonces hubo que alastrarse por arriba de todos.

Destilando a sus pies la muerte segura.

Ácido que corroe como la herrumbre.

Pinocha desalmada que sin vida ha dejado el suelo.

Solitario se quedó en su tierra.

Áspera, rugosa y endurecida cual corteza quedó su vida

Perdidas en el subterráneo quedaron sus raíces.

Algunas, en un intento de ver la luz

Sucumbieron al atroz sesgo del aspa que mutila y descarna.

Él quiso ver lo que no podía

Sin ver, siquiera, lo que tenía.