Desesperada

—Váyanse para casa. Ya está bien. Dentro de un rato me acuesto en la cama de al lado y nos dormimos. Las enfermeras le cambian el suero. Váyanse.
Y los chicos se fueron.
Con las manos juntas nos quedamos un rato hasta que noté una mueca extraña.
—¿Qué te pasa?
—Me duele cada vez más la vejiga. Llamá a la enfermera.
Y lo hice. Vinieron, la enfermera, el transfusionista y, en un santiamén, la pieza rebalsaba de diferentes profesionales. Su dolor era cada vez peor.
— Llamen al doctor…pidió mi marido
—Ya viene.
—No aguanto más, duele mucho.
—Ten calma por favor. ¿Qué puede estar pasando si todo estaba bien?— le dije no queriendo aceptar lo que veía.
Cuando llegó el médico, salí para que lo examine y, no bien me recuesto en la pared, lo veo salir corriendo hasta el teléfono de la sala y gritarle al enfermero:
— ¡Ya! ¡Preparen el quirófano! Se desangra, se rompió la sonda en la vejiga.
Yo sin hablar lo sigo y veo que mi marido sale en pijama en la camilla y me estira el reloj.
De lejos ya, me tira un beso y me sonríe.

¿Fue eso una despedida?
Entro en la habitación mareada. El espanto me invade y solo logro un poco de calma rezando concentrada en contacto con el más allá.
“Ayúdenme. ¿Qué hago? ¿Cómo enfrento esto? ¿Cómo encaro la muerte así de golpe? ¿Cómo hablo con los chicos?”
Todas las preguntas aparecieron de golpe
Respirando hondo pensé: “Si entra el médico a hablarme, se acabó todo. Si viene la enfermera sobrevivimos.”

Mientras seguía planificando todo, veo entrar a la enfermera y sonrío.

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