El librero

Carlos había comprado esa semana tres bibliotecas completas que estaba tratando de acomodarlas en la parte superior de su local comercial. Casi cuatro mil libros ocupando cuanto rincón quedaba libre de las dos plantas de su negocio.
Era un buen librero, conocía mucho de libros antiguos y atendía a su clientela con un trato muy personal.
Esa noche cerró la caja, anotó los encargos que le habían hecho durante el día y, antes de apagar las luces, subió nuevamente al depósito a buscar un ejemplar que un cliente quería.
Estaba ya en la planta alta cuando le pareció sentir un murmullo en la pieza más grande. Entró y no encontró a nadie ni nada que justificara el sonido. Buscó el libro y, cuando estaba por iniciar el descenso, otra vez sintió un llanto y un “¡Dios mío?” quejoso. Giró sobre sí mismo y percibió dos figuras que se recortaban entre los libros. Primero, se acercó a un señor mayor que miraba la pila más alta y suspiraba emitiendo un quejido que a Carlos le hizo sentir escalofríos.
— ¡Mis libros! ¡Señor! Mis libros acumulados durante 50 años, leyendo, releyendo y disfrutando su sabiduría, sus amores, sus odios y sus pequeñas maldades, todo mis sentimientos de una forma u otra representados en mis libros y, ahora, son esta montaña infame de basura. ¡Por qué tengo que ver este espectáculo!
La figura seguía con su letanía sin poner atención en Carlos.
—Disculpe pero estos libros yo los compré y pagué por ellos. Ahora son parte del inventario de mi tienda. Yo también disfruto mucho los libros, más aun, vivo de eso, no tiene que enojarse.
—Ud. es un vulgar comerciante. De libros sabe lo que valen y a cuánto se venden. Ud. jamás entenderá a los libros como yo.
—Señor usted debería pensar que estos libros van a pasar a otras manos que los leerán como usted lo hizo.
—Los libros no se leen, se viven.
Y tomando al azar el libro Tutankamon de Carter dice —con este libro, a los 25 años, yo viví la emoción de Carter al mirar por ese pequeño agujero en la tumba recién descubierta. ¿Sabe usted lo que eso significó para mí? Yo fui Carter por unos minutos. Toma otro lo mira y dice — ¿ve este? La vida de Casanova. Con este libro yo fui el mayor amante del mundo y con este de Bécquer fui el romántico más puro. Yo crucé el Mediterráneo luchando contra gigantes de la mano de Homero y lloré con Víctor Hugo las miserias de la pobreza y ¡usted me dice que son inventario de su tienda! Ud. no está vendiendo mi biblioteca, está vendiendo mis recuerdos, por eso me enojo.
Carlos era un hombre inteligente y, en vez de enloquecer por la situación irreal que estaba viviendo, le dijo al fantasma —Yo le prometo que ordenaré estos recuerdos suyos como se merecen y que, cada uno que venda, le explicaré al comprador el valor que tienen.
El fantasma pareció tranquilizarse, se evaporó un poco más su figura y, de pronto, volvió más fuerte que antes. Miró a Carlos a los ojos y dijo —le tomo la palabra y lo estaré vigilando.
Carlos dio media vuelta algo más tranquilo y se enfrentó ahora al fantasma de una mujer, también mayor de pelo blanco que lo miraba inquisidoramente.
— ¿Fue usted el que compró mi biblioteca a mis ingratos herederos? ¿Ud. sabía que muchos de estos libros me los dieron sus propios autores y hasta me los dedicaron. En su sórdido mundo comercial un libro entregado con amor y dedicado con cariño por el autor ¿vale más?
—Señora, no sé quién es Ud. pero yo valoro los libros.
La cara de la mujer cambió y, en tono más suave, le dijo —no quiero ofenderlo pero usted no sabe que, en cada uno de esos tomos, hay algo de mí. Yo lo veo ofrecer mis libros a señores que regatean y me indigno en mi mundo fantasmal. Quisiera gritarles: “¡Ese no! yo he llorado sobre esos cuartetos! Ese otro lo debe leer una niña que recién nace al amor y aquel una mujer mayor que ya piensa en el último viaje”. No deben ser mercancía de cambio, son sentimientos guardados en papel.
Carlos aprovechó un silencio del fantasma.
—Créame señora que seré un fiel defensor de sus queridos libros, se lo prometo- y bajó apurado entre las pilas de libros apilados en la escalera.
Carlos llegó a su casa cansado esa noche.
— ¿Qué te pasa? ¿Algún cliente difícil hoy? — le dijo su señora como para tranquilizarlo
—No te cuento porque no me creerías, solamente a mí me pasan esta cosas, debería haberle hecho caso a mi padre…
— ¿Qué te decía tu padre?
—… que estudiara ciencias económicas.

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