La casa de la Avenida Lucas Obes II

El portón estaba abierto. El sereno comenzaba a ordenar sus petates para irse a su casa. Cuando llegaran los obreros para la demolición, terminaría su jornada.
El arquitecto mayor entró y le preguntó si había llegado alguien.
—No, arquitecto, no llegó nadie de la empresa pero, hace unos minutos, vino una señora que me dijo que había vivido en la casa. Debe estar por alguna sala allí en la planta baja.
Manuel se dirigió a la salita donde seguramente estaría Esther.
—Buen día, Esther, llegaste temprano a controlar a estos albañiles, haces bien, son todos algo atropellados. ¿Ya pensaste qué querías salvar de la demolición?
— Te parecerá mentira pero me quedé atrapada mirando estas viejas maderas, no sé… me traen tantos recuerdos
—Quizás…sería mejor olvidar. Aún es temprano y ya hace calor ¿vamos a la glorieta a charlar un poco antes de que vengan los obreros?
Se dirigieron al jardín del fondo de la enorme casa, sorteando baldosas levantadas y raíces de árboles que habían usurpado los caminos. Un enorme pino había caído, Dios sabe cuándo, destruyendo la hermosa escultura en mármol de la fuente.
La glorieta se conservaba razonablemente sana y, en especial, un banco de madera verde que había sobrevivido bastante bien el paso del tiempo. Ninguno lo dijo pero ambos pensaron que el banco los estaba esperando desde aquellos años. Entre sonrisas, se apretujaron para acomodarse en él.
—Cuando veníamos acá este banco no era tan chico— dijo Manuel bromeando para distenderse un poco.
—Ni nosotros tan grandes—le contestó Esther sonriendo y, levantando la cabeza, se recogió un poco el cabello. El gesto conocido provocó un pantallazo de recuerdos a Manuel quien pasó un brazo por los hombros de ella y, por primera vez desde el reencuentro, la miró directamente a los ojos.
— ¿Vos crees que se puede volver a tener 20 años, Esther?
—Si se puede no sé… pero… que uno se puede sentir más joven, eso sí. Desde que te vi en la reunión me siento distinta… no sabría cómo explicarlo. Estoy confundida… como una quinceañera y comencé a sentir cosas que hace años no sentía.
— ¿Será que esta vieja casa, que nos hizo tanto mal, nos quiere dar otra oportunidad? Una vez un viejo constructor me dijo muy serio que las casas tienen duendes que se divierten haciéndole maldades a los que viven en ellas y que, cuando las casas perciben que van a ser demolidas, se ponen como locos.
—Bueno… tal vez… el duende de mi casa tenga remordimientos de lo que nos hizo y nos reunió de nuevo para hacer su buena acción antes de que la casa termine en pedazos.
Esther colocó la palma de su mano en la mejilla de Manuel y sus frentes se tocaron.
Manuel besó a Esther con temor, como pidiendo permiso, pero el contacto con los labios húmedos de ella, a la que tanto quiso, lo embriagaron con sentimientos que creía olvidados para siempre. Tal vez fue la emoción… tal vez su imaginación… tal vez ese perfume…. ese olor, su olor, el mismo que lo atrapó hacia tantos años.
Esther no pudo hablar y se acurrucó contra su cuerpo como una niña que pide abrigo y protección. El calor de ambos cuerpos combinados formó una burbuja, volvieron a tener veinte años. Ese renacido e inocente amor se contagió por el viejo jardín, ahora, condenado a desaparecer para siempre.
Evitaron la llegada de los obreros. Saliendo por la Avenida hacia el Prado caminaron las pocas cuadras tomados de la mano como lo habían hecho tantas veces.
El encanto del Rosedal acentuó aún más esas adormecidas emociones que ahora se atropellaban resurgiendo todas juntas. Caminaron bajo los arcos de la vieja pérgola y se instalaron en un banco a repasar recuerdos. Tomados de la mano, se miraron, se besaron y se deleitaron de estar juntos nuevamente.
El viejo jardinero, que recorría los rosales haciendo un retoque acá y sacando una rama seca allá, los vio, sonrió y pensó: “¡Mira los veteranos enamorados!”. Lo que el buen hombre no sabía era que Manuel besaba a una temblorosa y virginal rubiecita que no llegaba a sus dieciocho años y Esther besaba a un flacucho y tímido estudiante de arquitectura.

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