La casa de la Avenida Lucas Obes

La casa estaba construida en un gran predio con frente a la Avenida Lucas Obes y cerca de la esquina con la Avenida 19 de abril. Tenía esa solidez que anuncia a gritos la riqueza, la cultura y el poder de la gente que vive en ella. El mobiliario y la decoración habían sido comprados por el dueño de la casa en Francia. Para pertenecer a una familia Patricia no era suficiente tener un patrimonio importante era además imprescindible estar cerca del poder político. Emanuel reunía ambas condiciones. Su estilo personal era mantener el perfil más bajo posible, su nombre no salía en los periódicos y su formidable residencia estaba algo tapada por un cerco que la hacía pasar desapercibida. Su matrimonio con María Emilia fue arreglado por sus padres y había resultado muy bueno. Emanuel apreciaba la adecuación de su esposa a las exigencias de su posición social y la trataba con la mayor deferencia posible. La relación con sus hijos fue similar a la que él había tenido con sus propios padres. El hijo varón ya compartía con él la administración de las estancias de la familia y estaba terminando su carrera de abogado. Tenían además dos hijas Fernanda y Esther. Fernanda, quien había aceptado de buen modo casarse con el hijo de otro estanciero amigo, era el orgullo del padre. Esther, la menor, tenía 17 años cuando le contó a su madre que había conocido a un chico, Manuel, que le gustaba mucho y que él había pedido permiso para visitarla en la casa. La madre la autorizó a que recibiera la visita con la condición de que viniera a las horas en que su padre no estaba en casa. El joven pasaba a primera hora de la tarde a tomar un café en la glorieta o en el pequeño saloncito de recibo siempre con la casi permanente presencia de la madre. Era simpático, bien agraciado y resultaba agradable oírlo hablar de sus planes de futuro. Manuel le caía muy bien a la madre de Esther.
Un día que el padre llegó a la casa durante la visita del novio se sorprendió pero, sin perder su calma, se presentó al muchacho, intercambió unas pocas frases amables y se retiró a su estudio. Esa tarde la muchacha y su madre tuvieron que explicarle al padre la relación de la que no le habían informado. Emanuel preguntó el nombre, la dirección, el nombre del padre y cambió de tema. Al otro día, se entrevistó con el Ministro del Interior a quien le pidió que hiciera todas las averiguaciones correspondientes con la mayor discreción. El informe del Ministro fue claro. Era una familia modesta sin antecedentes penales, él estaba estudiando arquitectura, el padre era empleado de una oficina pública y la madre maestra de escuela. El muchacho era buen estudiante y considerado una persona de bien.

La siguiente reunión con su Señora y su hija sobre este tema también fue muy corta.
—Esther — le dijo—no quiero que sigas viendo a ese muchacho. No estás aún en edad de planificar tu casamiento y esa persona no es la indicada. Hazlo venir y dile en forma clara que no se deben ver más.
Cuando Manuel llegó a la casa dos días después, el mayordomo le abrió la puerta y le dijo que la niña lo esperaba en el pequeño saloncito. Era un pequeño cuarto con paredes con lambriz de caoba adornado con unos pocos grabados franceses. Esther estaba de pie con los ojos rojos de llorar. Manuel le dio un beso en la mejilla y le preguntó qué pasaba. Se sentaron y ella, entre sollozos, le contó la conversación con su padre. Manuel escuchó en silencio y, mientras la muchacha sollozaba, él dirigía su vista a los grabados, a la fina madera y, finalmente, hacia la sala grande donde se destacaba esa magnífica mesa Boulle. Le pareció que las cabezas de los leones en bronce que adornaban las patas de la mesa lo miraban burlándose de él. Rabia, temor, dolor pero, sobre todo, despreciado. Era como si esos leones le gritaran: “¡Fuera! no perteneces a esta clase”. No podía hablar ni consolar a Esther que lloraba angustiada. Después de unos interminables minutos, Manuel dijo adiós y se marchó de la casa. Aturdido por lo que había pasado, decidió ir caminando hasta la avenida Agraciada para despejarse. Fueron pasando lentamente las cuatro largas cuadras de grandes casas que tantas veces había mirado con admiración y que ahora le parecían monstruos que lo miraban con soberbia. Subió a un ómnibus y volvió a la casa de sus padres. Ese 23 de Octubre de 1959 quedaría en su memoria como el día en que tuvo su primera gran desilusión.

La reunión la habían organizado para el lunes 23 de Octubre del 2000. La sala principal de la casona, vacía hace años de sus muebles, la habían limpiado y, con el apoyo de una empresa de catering, resultó un lugar adecuado para reunir a los inversores. El Director de la Sociedad dijo: “Es un mercado chico pero muy fiel a su barrio y hoy no tiene oferta de casas como estas. Esta zona es lo mejor del Prado, sin duda. Tenemos cubierta la financiación, entre algunos herederos de la propiedad que se han asociado al proyecto y un grupo de inversores. El proyecto es del estudio Fernández Asociados. El arquitecto Fernández les mostrará los detalles de la obra. Los herederos han acordado que uno de ellos, la Señora Esther, aquí presente, controle la demolición de la vieja residencia para preservar lo que tenga valor sentimental para la familia”.
Cuando se terminó la presentación, Esther se retiró de la sala con intención de ver en qué estado estaba la glorieta en la que ella había jugado tanto de niña. Al pasar por el pequeño saloncito de recibo, se quedó mirando los restos del lambris manchados por la humedad y el polvo de los años. Estaba ensimismada en sus recuerdos cuando sintió la presencia detrás suyo de otra persona. El hombre que la miraba tendría unos 60 años, algunos kilos de más, elegante traje y una sonrisa inconfundible.
—Nos volvemos a encontrar en el lugar del peor día de nuestras vidas— dijo Manuel.
— ¡Manuel! Me da mucho gusto verte pero ¿qué haces acá?
—De Fernández Asociados, yo soy Fernández, el otro arquitecto es mi hijo. Cuando me ofrecieron el proyecto no sabía que tú serías socia, pensé que habrías vendido tu parte hace años como hicieron otros familiares tuyos. Hoy en la reunión me sorprendí gratamente al reconocerte.
— Seguramente estamos algo distintos los dos.
—Supe de tu matrimonio y después del accidente de tu marido, realmente lo sentí mucho por tí.
—Yo nunca más supe de tu vida.
—Me recibí, me casé, tuve este hijo y me fui a Francia, hice un postgrado y trabajé allá, me divorcié y volví. Mi hijo me apoyó para abrir un estudio en Punta del Este y ahora es él quien realmente trabaja y se ocupa de casi todo.
El hijo de Manuel apareció en ese momento diciendo —Señora, el lunes empezamos a demoler, sería bueno que esté Usted acá y me diga qué partes quiere que se salven.
—Estaré aquí a las 9:00 sin falta arquitecto.
—Nos vemos Señora.
—Papá, tengo para un rato más.
—Quédate con el auto, yo me tomaré un taxi, mañana nos vemos.
Manuel se despidió de Esther y le prometió que el lunes él también vendría a supervisar el trabajo y salió a la calle.
Camino por 19 abril hacia Agraciada y fue pasando por cada una de las cuadras mirando las viejas casas que tanto respeto y admiración le merecieron en otro tiempo.
Los árboles que se tocan las ramas por sobre la calle le daban todavía a la avenida ese aire señorial. Las viejas casonas, algo más despintadas, seguían firmes como soldados que intentan proteger una sociedad y una forma de vida que tiende a desaparecer.
Cuando iba hacia la Rambla en el taxi, recordaba la última vez que caminó esas cuatro cuadras y se preguntó: “¿Por qué será que ahora no me parecen tan grandes como antes esas casonas?”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.