Programada

Estaba viviendo un momento muy esperado.
Se casaba su cuarta hija. Desde el altar, veía la nave de la iglesia iluminada y llena de flores blancas. De repente, se inundó de música sacra.
Paseó su mirada. Ahí estaba su mundo. Sus otras hijas con sus maridos y sus hijos en primera fila. Los rodeaban los miembros de su familia y todos los amigos.
Sonaron los acordes de la marcha nupcial, la emoción no cabía en su cuerpo y sus ojos se empañaron.
Su marido y su hija se acercaban deslizándose, el novio la recibió y comenzó la ceremonia.
Quedó rígida. No sabe aún cómo pasó todo tan rápido.
Ya volvía con su marido a casa.
Los novios habían disfrutado de la fiesta hasta el final.

El día de su casamiento, la fiesta había sido muy distinta. Los novios se retiraban temprano y los invitados eran agasajados hasta el final. La pareja disfrutaba la luna de miel y, a partir de allí, tenían claro que se iniciaba una familia, asumiendo las responsabilidades que ello implicaba.
Ella siempre lo tuvo claro. Se había preparado para ser una buena señora, ama de casa y madre.
Así, se lo habían enseñado.
Iniciaron una vida feliz. Una pareja hermosa y, al poco tiempo, se anunció el primer hijo, como todo el entorno esperaba.
Y empezó a crecer la familia y se transformaron en padres.
La maternidad hizo girar el eje de su vida. Tembló de emoción frente a ese ser suyo que la necesitaba. Ella lo había hecho venir al mundo y era su responsabilidad, cuidarlo, criarlo y, a eso, dedicaría su vida en forma prioritaria.
Cambia la vida, la pareja se abre y recibe a los nuevos integrantes, que se vuelven centro.
Se sigue ampliando la familia y los padres asumen nuevos roles. Su marido es el sostén del hogar, su profesión le permite una vida holgada. Ella trabaja desde su casa.

Van al aeropuerto a despedir a los novios y vuelven a la casa. Él sigue a su trabajo. Ella comienza a ordenar y luego se sienta y piensa en el ciclo que acaba de cerrar.
Como en el cine ve pasar su vida y siente que ahora llegó el final.
— Este es el fin que yo había deseado –pensó—. Y ahora… ¿qué? Ya lo logré ¿Qué hago?
Está en un limbo. Sola. No siente nada más que la emoción de vivir, como lo había planificado.
Para este momento no había planificado nada.
— ¿Comemos? Estoy muy cansado.
—No hice nada, quedaron cosas del casamiento y estamos solos.
—Y… sí, de ahora en adelante, vamos a estar solos ¿No vamos a comer más?
— ¿Cocinar para dos? ¿Te parece?
—Bueno, no sé… ¿qué se te ocurre? Comer… tenemos que comer.
—Sí… y vivir los dos… como cuando nos casamos pero… después de haber hecho nuestra vida.
—La vida no ha terminado sólo cerramos un círculo.
—Ahora, vamos a ser espectadores de la vida de nuestros hijos.
—No, yo no soy espectador. Yo tengo mi papel en esta obra y tú también, somos responsables de nuestro futuro.
—Yo estoy sin fuerzas para empezar de nuevo.
—Te has dejado invadir por la melancolía, las emociones te bloquearon mujer. ¿Ya no soy yo un motivo en tu vida? Bueno, hoy hago todo yo, comemos algo y nos dormimos. Mañana empieza una nueva etapa.
Al despertar, él siguió con su rutina sin darse cuenta que ella se quedaba.
De a poco, él se fue apartando, buscó salidas con amigos y ella se automatizó.
Fue un robot en la casa. Y fue quedando sola. Se jubiló por falta de interés.
Se fue apagando, sola.
Recuperó, por unos instantes, su remota identidad para despedirse y dar por finalizada la vida que tenía programada. Cuando murió, sus seres queridos velaron a la que había sido.

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