Querida mía

Nuestra casa permanece igual que cuando tú la dejaste. La sala conserva el aroma de tu exquisito perfume y, al jardín, lo cuido como tú lo hacías todos los días, como cuando yo era feliz mirándote podar tus rosas con tanto amor que yo las celaba.
Ahora lo hago yo, recordándote. Nunca has dejado de estar conmigo. Seguís en casa, he pasado la vida a tu lado.
Después de saludarte en la mañana, voy al trabajo tranquilo y vuelvo ansioso para encontrarte y hablar un rato en la tardecita. Cuando me acuesto, me despido. Al comedor voy poco, cuando me siento en la cabecera de la mesa te veo a mi derecha y a veces te sonrío. Me he dado cuenta que María, que me sigue cuidando, se pone muy nerviosa. No sabe que conversamos.
Yo entendí que me dejaras. Tú no pudiste vivir sólo para mí y yo no pude vencer los celos que me provocaba pensar que hablabas con otros o que alguien te podía mirar.
Eras sólo para mí, no podía soportar otra cosa. No era maldad encerrarte o permitir que sólo pudieras salir conmigo.
Te quiero tanto que no fui capaz de compartirte. Dicen que soy loco y puede ser.
De lejos sigo tu vida y la de nuestra querida hija. Sé que tú me quieres y por eso sigo vivo.
¿Podrás perdonarme?¿Volverías conmigo?
Te he querido toda la vida y te querré siempre.

Cuando le dieron la carta que encontraron entre sus cosas, ella volvió a llorar por él. Aunque siempre fue el amor de su vida, el encierro la enloquecía.

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