Vacía

Irrumpe estrepitosamente en la callada madrugada, el despertador, estremeciendo la apacible y adormecida alcoba.
Como queriendo engañar al tiempo robando unos minutos más al reloj, ella permanece inmóvil en su cama. Hasta el momento en que la conciencia le impide seguir regocijándose de esa calidez que la envuelve.
Y, como una autómata, va desempeñando sus tareas habituales y rutinarias, sin mayor goce ni concentración, pasando por alto cualquier detalle irrelevante a su entender.
Acomodada ya, pocillo en manos, endereza su butaca, la acerca al escritorio, mira sin mirar hacia el exterior a través de los ventanales que circundan su apartamento y da paso a reanudar la escritura pendiente desde hacía un par de días.
La mañana va avanzando paralela a la escritura.
Deslizando su mano, va dándole forma y contenido a las palabras, uniéndolas en un todo, formando la idea.
Satisfecha, da los últimos retoques a su historia redondeando el capítulo así como las vidas de los personajes.
Mira el reloj, debe llevar el borrador cuanto antes al editor, se apresura para llegar a tiempo antes del cierre de la oficina.
En esas instancias iba, cambiando de marcha para avanzar en el semáforo cuando un sonido irrumpió estrepitosamente y estremeció todo su interior.
Inmóvil, sin reacción, con un único sentido despierto escuchaba…
“Emergencia…, accidente,… persona gravemente herida…”
No recuerda que fue lo último que vio. Sí, recuerda lo que nunca había mirado y valorado a su alrededor.

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