Espejismos

No hacía mucho que el velo oscuro que cubría la ciudad se había recogido.
Y la mañana amanecía luminosa, resplandeciente y fresca como suelen ser los días estivales.
La playa aún estaba serena; alguno que otro aleteo o chillido quebraba la monotonía del lugar.
Al leve contacto de los pies, la arena se iba disgregando como la memoria con el tiempo va apartándose de la vida.
Un murmullo vino a sacarme de mí letanía; eran las olas susurrando su melodía.
Rindiéndose cansadas ya de tanto mundo, a mis pies llegaron.
Ensimismada andaba en mis pensamientos, enceguecida por el brillo del sol, oscilando entre la fantasía y la realidad cuando una voz que me heló el alma detuvo mi caminar.
Aquel sonido junto con el espectro formaba un todo y, ese todo, se fue materializando dejándose ver.
Sin poder razonar, estupefacta, me entregué al designio de mi desventura.
Tamaño infortunio fue el mío que, a los pocos minutos, me hallaba caminando sobre la tabla del barco pirata.
Pensé que nada era más duro que esa cruda y dura realidad. “Hubiese querido no perder el equilibrio” me dije a mí misma.
De todas formas, ya estoy grande para andar deslizándome en tablas.
Han comentado del hallazgo de un galeón pirata que naufragó un par de siglos atrás a pocos metros de la costa.
Tal vez… la tabla que trajo la mar a mis pies tenga siglos de historia guardados en la bitácora de la memoria de algún barco fantasma.

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