Insensatez

Querido diario:
Temo decirte que mis días aquí en éste Paris lejano distan mucho de ser aquello que fue al principio, fueron sueños que el desvelo se llevó.
De aquella buhardilla romántica y acogedora solo quedan vestigios de un simple habitáculo.
Aquella celosía, nuestro único contacto con el exterior que un día supo regar de sol nuestros cuerpos desnudos tendidos en el lecho ahora permanece en tinieblas, ya no nos ilumina más.
También sus ojos, aquellos ojos, los de él, los que me alumbraban con su fulgor y deseo, han permanecido distantes, ya no me quieren ver.
Aquel afán con que interpretaba la vida tan ardientemente, se arrinconó en algún lugar de su ser.
Lo que en un principio le urgía, lo que nos había traído a ese país con expectantes promesas artísticas, ya no le satisfacía.
El lienzo en su caballete, permanecía en un rincón languideciendo, esperándolo a él para que esbozara siquiera unos trazos.
Y él, no alzó más el pincel.
Y yo, había perdido el encanto de retratar, de ver el mundo a través de los ojos de los demás.
Mi mundo se había convertido en un intercambio continuo de miradas lejanas a través de la celosía.
Hace un tiempo lo he notado disperso, esquivo, incluso desdeñoso.
Le he preguntado más de una vez si ha dejado de amarme, si hay otra en su vida pero él no me responde; puedo ver que su expresión, al contrario de lo que debería ser, es de dolor.
Quizá… no se anima a decirme la verdad por lástima.
Cuando se ausenta, me duele no saber dónde anda pero no pregunto, no quiero verlo más alejado de mí.
Anoche tuve un sueño que el amanecer lo hizo fugar, como si las sombras le temieran a la claridad.
El sueño me inquietó y, aunque le di vuelta al tema, no logré hacer conexión con nada.
Lo curioso del hecho es que en el trascurso de unos días, volvió el sueño recurrente.
Alarmada por tal suceso, esperé el momento oportuno para contárselo a él.
Le dije: “Hay una chica leyendo un libro en el parque. Nunca pasa las páginas. No puedo divisar quién es pues el ocaso del sol viene y se la lleva”.
En un principio, creí haberle notado cierto asombro y hasta preocupación.
Luego, su reacción tomó otros matices impensables para mí, dando él por terminado bruscamente el irrisorio hecho.
El tema no volvió a salir a luz, así como si ese sueño hubiese quedado guardado en algún cajón viejo del alma.
A partir de esa situación, empecé a replantearme mi vida dentro de esas cuatro paredes, siempre rodeada de incertidumbre, esperando a que llegara él de un momento a otro, dejando que mis días se fueran marchitando sin agua que pudiera aplacar mi sed.
Decidida, tomé mi cámara y empecé a recorrer París por la celosía para captar todo a través de los lentes de mis ojos.
El día menos pensado, llegó él y, al llegar, lo enfrenté.
Él negó lo innegable. La chica del parque estaba retratada entre los rollos que revelé.
Recordé en ese momento su reacción y su asombro cuando le había contado el sueño y, luego, esa ira incontrolable deslindando cualquier enlace.
Por más que me esforcé en mostrársela, paseando por el parque insinuándosele a él debajo de nuestra celosía, solo yo logro verla a la hora del ocaso, esperando a que regrese mi amado.
Con el paso del tiempo, ese mundo vital plasmado al cerrar el lente del disparador perdió vida y se cerró sobre mí como el crepúsculo.
Ella, según dicen, es una de las tantas retratadas sin nombre que pasaron por debajo de mi celosía y que, ese señor que me visita, niega conocerlas.

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