Miedo

Ocultaba sus penas en un silencio doloroso, profundo.
Cuando el entorno lo sacaba de sus problemas, escuchaba atento las anécdotas fantasiosas de sus compañeros de trabajo.
Se quedaba mirándolos sin disimulo.
Y, al sentirse escuchados por el mudo, lo obligaban a intervenir, a dar su parecer aunque sea para comprometerlo.
—Yo no tengo la experiencia de ustedes muchachos.
—Aunque te hayas pasado la vida encerrado leyendo pensás más que nosotros, tu opinión nos importa.
—Yo quisiera vivir sin pensar.
—Vení al boliche y buscate una mina. Después de unos buenos revolcones… ¡das cátedra loco! Larga la cabeza, el instinto domina, el sentimiento manda. No tiembles antes de sufrir.
Y el mudo vivió y habló como todos. Rió y lloró.

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