Una cobranza difícil

La empresa “De Luxe Imports” se dedicaba a la importación de bienes de consumo suntuarios como whiskies añejos, vinos europeos, bombonería suiza, un par de marcas de relojes del mismo origen y un sin fin de artículos ocasionales de los que se traían lotes pequeños para mantener su carácter de exclusivos. Se atendía un sector de alto nivel, vendiéndole a pequeñas boutiques de un par de barrios de Montevideo, la zona “casi Argentina” de Colonia y Punta del Este que era uno de los mercados más importantes.
Era un buen negocio con márgenes considerables y buena rotación. El mayor problema de este tipo de negocios era la necesidad de dar crédito a comerciantes que eran pequeños empresarios. Suele suceder que estos se demoren algo en el pago de sus compras.
Ernesto era un viejo conocedor de la plaza, tenía más de 50 años, de complexión gruesa que vestía siempre muy bien y con ropa acorde a los productos que vendía. Era el único vendedor de la empresa y además se encargaba de cobrar a los clientes.

Había nacido en una familia de bajo nivel social y su educación no era académica pero tenía una gran habilidad, inteligencia y buenos modos que lo igualaban a sus distinguidos clientes.
Antonio Pedro era un típico personaje de clase alta, venía de una de esas familias en las cuales, el pasar los campos por varias generaciones, redujo tanto las fortunas que muchos terminan dedicándose a las actividades más diversas para sobrevivir dignamente. A pesar de eso, saben conservar intactos los gustos, las expresiones y modales de la clase a la que justificadamente pertenecieron sus abuelos. Había tenido diversos negocios en su vida y, de algunos de ellos, se cuidaba mucho de no contar cómo habían terminado. Usaba las expresiones de su clase social, mezclaba la cantidad correcta de palabras en inglés y algún nombre de comidas o vinos en francés. Mencionaba frecuentemente los apellidos de sus amistades y todos los que lo conocían tenían claro el prestigioso colegio privado al que había concurrido. Su vestir era siempre el correcto con esa elegancia que está siempre un paso antes de la exageración. Era el empresario adecuado para manejar los tres locales de artículos finos que tenía. Había conseguido una considerable línea de crédito entre sus proveedores de los que The Luxe Imports era el principal.
Cuando el Gerente de la empresa revisó la lista de clientes atrasados, llamó a Ernesto y le dijo:
—Ernesto la cuenta de Antonio Pedro me preocupa, tiene un atraso de 90 días y, mirando la historia, es claro que lo mantiene a propósito siempre en ese nivel. El atraso más los 90 días de plazo normal hacen un crédito que no se justifica y, además, no tenemos de él garantías reale ni nada que se le parezca. Es un tipo muy simpático y muy fino pero solo Dios sabe cuán solvente realmente es. Yo quiero hacerle una visita hoy mismo, vamos juntos así lo presionamos un poco más.
A última hora de la tarde, se encontraron en el local sobre la Avenida Arocena donde Antonio Pedro los esperaba caminando por el comercio.
—Amigos, me alegro mucho que hayan venido a visitarme. Estoy necesitando varios de los whiskys que Uds. traen y algún surtido de chocolates. ¿Por qué no tomamos algo en al Club y charlamos distendidos y sin interrupciones? Uds. no se imaginan cómo odio los celulares.
Cruzaron las pocas cuadras hablando entre los tres de cualquier tontería hasta llegar al Club donde se instalaron. Antonio Pedro, después de saludar cordialmente al mozo, pidió whisky para los tres.
—Antonio Pedro, estamos muy contentos con sus compras y contamos con Ud. para introducir unas líneas nuevas que terminamos de comprar en la feria de París — dijo el Gerente para empezar la conversación en tono positivo — pero antes tenemos que poner un poco al día las cuentas.
—Sí … sí… por eso los pensaba llamar, creo que estoy algo atrasado, pero es poca plata y, en esta semana, lo arreglamos.
—Muy bien, deme los cheques ahora y féchelos para los días de la semana que más le convenga— le dijo el Gerente con mucha esperanza de cobrar.
—Sí, claro… puede ser… en este momento no tengo la libreta conmigo pero los hago esta noche y mañana te los alcanzo a la oficina, no hay problema. ¿Qué mercadería nueva están trayendo para mí desde París? Ojo que todo tiene que ser europeo ¡de verdad! Yo no pongo tonterías chinas en mis negocios, Uds. lo saben.
La conversación siguió entre los intentos del Gerente de volver a los cheques y las vueltas que Antonio Pedro le encontraba a la conversación para evitarlo.
Hasta ese momento, Ernesto se había mantenido pacíficamente escuchando y parecía que, o no le interesara o no quería intervenir. En realidad, cobrar era su trabajo pero él se mantenía en silencio mientras el Gerente (su jefe) fallaba en la cobranza. De pronto, se levantó un poco de la silla, la corrió más cerca de la de Antonio Pedro, extendió la mano y, suavemente, la posó sobre su brazo.
El movimiento sorprendió al Gerente quien, al mirar la cara de su cliente, se dio cuenta de que éste no retiraba el brazo no porque no quería sino porque no podía, la presión de la mano de Ernesto debía de ser muy fuerte.
El diálogo que siguió fue una real sorpresa tanto para el Gerente como para su cliente.
—Antonio Pedro, —dijo Ernesto— vos sabés dónde nací yo ¿verdad? Por las dudas que no sepas, permitime que te lo explique. Yo nací en un lugar hoy llamado Cerro Norte. En realidad, en la peor parte de ese barrio. Me crié entre gente muy pobre y muy buena pero también rodeado de muchos malandras, sabés qué significa malandra, ¿verdad? Muchos de mis amigos eran punguistas, vendían droga o artículos calientes ¿tú entiendes qué es eso verdad? En ese barrio, todas las cuentas se cobraban en su plazo, de una forma u de otra. No creo que sea necesario seguir explicándote ¿no?
La cara de Ernesto había cambiado dramáticamente. Su expresión suave casi bonachona de siempre se había convertido en dura, amenazante y muy seria. La de Antonio Pedro también pero de otra forma, se puso pálido, abrió mucho sus ojos y miraba a Ernesto atemorizado. Éste retiró su mano. Él comerciante, cuidadosamente, abrió su sobre de cuero, retiró la libreta de cheques y, en un mortal silencio, hizo un cheque por el importe total de lo que debía.
Ernesto tomó el cheque y dijo:
—Vámonos jefe que tenemos otras visitas que hacer. Que tengas un buen día Antonio Pedro.
Ya en el auto, el Gerente se recuperaba del asombro de la transformación de su vendedor y el resultado obtenido. Ernesto ya había vuelto a su expresión de veterano bueno y le preguntó irónico:
— ¿Nunca le conté jefe que los fines de semana me divierto en un taller de teatro al que vamos con mi mujer?

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