Justicia Divina

Miraba el creador su obra y con angustia pensaba:
“No hay forma de que los humanos vivan en paz y reine la justicia. Se odian, se matan, se roban y hacen mil maldades.”
Preocupado los llamo y les ordenó:
—Deberán crear una justicia y aplicarla. Que no queden maldades impunes en la tierra.
Al ver más tarde el resultado pensó:
“No saben o no quieren y todas sus leyes son falsas”
Enojado los volvió a reunir y les dijo:
—Como no saben hacer justicia, Uds. tendrán la mía y, como castigo, nunca la entenderán pero será implacable. Les podrá parecer que no se cumple pero, al final de los tiempos, toda maldad tendrá su castigo. Así, inventó la Justicia Divina de la que nadie sabe cómo funciona pero… que existe, existe.

Alegoría

Todo había comenzado a partir de una idea que fue tomando vida propia, más propia que la propia vida, apropiándose del ser, abarcándolo todo.
Sin generar oposición ni resistencia alguna, la idea se materializó.
Hubo un momento en que el tiempo montado en su brioso corcel le ganaba a las horas muertas.
Años después, la hora acechaba con sus fauces hambrientas engullendo al tiempo.
Ensillado, me dejé llevar por caminos que no conocía al compás de una monótona y repetitiva melodía que contrastaba con fulgurantes pequeños espejos de colores.
Como piezas de engranaje defectuoso, en un vaivén, me encontraba.
Aturdida estaba mi mente, parpadeante mis ojos.
Fiel a la rueda del destino, mi alazán orgulloso sonreía con su vestidura de madera, creyendo avanzar.
Y avancé solo por el mismo umbral oscuro que me vio salir para nunca más volver a subirme al carrusel de la vida.

Un lugar en el mundo

—Llévense todo— dijo y cruzó a mirar cómo se desgarraba el pasado.
Tomando distancia pensó que amortiguaba el efecto de lo irreparable.
Entre edificios modernos esta casa no pega dijeron los que querían destruirla y era cierto. Por más que le doliera, no pudo frenar con sus manos el tiempo. No pudo impedir que lo cercaran de tal modo que quedó solo hasta sentirse apretado en un castillo.
Su parque, un escenario para los vecinos y él, un ser remanente de otros tiempos.
Ubicado en la vereda de enfrente le dolió el corazón y trató de ya no darle importancia a nada.
Vio el final de su tiempo y cayó con su casa.

El secuestro

El hombre camina por la calle de Pocitos, zapatillas deportivas, sudadera marrón claro y lleva un ritmo firme pero tranquilo. El VW gol sube a la vereda y se atraviesa delante de él, un muchacho con la cara tapada baja y lo mete a empujones en el asiento trasero. Le pone una pistola en la cara
—Si te movés sos boleta
El VW toma la Rambla, va a más de 100 km. por hora hacia Carrasco. Cruzan el puente y entran en la Costa de Oro. Se mueven rápidamente por las calles interiores hasta que paran al costado de una casa con aspecto de abandonada.
Bajan al hombre a los golpes, lo meten dentro de la casa y lo tiran al piso en una pieza pequeña. Él se acomoda como puede, se sienta contra la pared y mira a sus captores sin mostrar demasiado asombro.
—¡Tomá! ¡Llamá tu mujer! — le dice uno de ellos entregándole un teléfono celular último modelo— decile que saque 200.000 dólares de la cuenta y espere. En dos horas la volvemos a llamar para darle instrucciones
—Se equivocan muchachos, soy soltero no tengo mujer— les dice con bastante tranquilidad.
—¡Hijo de puta llama a tu mujer o te mato!— le dice el más violento.
—Creo que se equivocaron de persona
—Creo que te voy a reventar pronto.
El mayor trata de contener al joven que está claramente estimulado por alguna droga.
—Mira viejo, este loco es capaz de cualquier cosa, nosotros queremos la plata y no te pasará nada, habla con tu mujer ahora, no seas estúpido
—Uds. se equivocaron de persona, yo no soy quien Uds. creen.
— Vos sos Gerardo Barriola Fernández, tenés un campo en Cerro Largo lleno de terneros y una cuenta con mucha guita en el Banco Itaú. Sabemos bien quien sos
—¡Se equivocan! Soy Gerardo Barriola Capdevila, ese que dicen Uds. sé quién es. Quisiera tener la guita de él pero… lamentablemente no la tengo… por qué no llaman a ese número que tienen, les contestará él mismo…
El mayor de los delincuentes disca el número. Contesta la voz de una mujer:
—Sí, ¿quién habla?
—Quiero hablar con el Contador Barriola, por favor,
—Un segundo…
—Hola, habla Barriola, ¿quién habla?
El secuestrador cuelga y mira a su socio.
—La cagamos Juan, este viejo no es.
—Y ahora… ¿qué hacemos? este nos va denunciar
El mayor mira al viejo en el suelo, saca el revólver de la cintura y lo pone sobre la mesa. El viejo ni se inmuta.
—Muchachos, me dan pena. Esta debe ser su primera vez me imagino. Tienen huevos… lo reconozco pero no tienen idea de lo que están haciendo. En primer lugar, no hicieron sus deberes sino no me habrían agarrado a mí en lugar del otro. En segundo lugar, vos manejaste como bólido por la Rambla que está llena de tiras y no te pararon de pura casualidad. Me metieron en este enterradero y dejaron un auto robado a la vista de la cana que generalmente pasa por acá. ¿Uds se creen que en esta pocilga un VW nuevo no va a llamar la atención? No sé donde aprendieron pero les falta mucho… Miren… Ayúdenme a enderezar. Denme un poco de agua. Voy a mear y después les diré como se hacen estas cosas. Si combinamos mi experiencia con la juventud de Uds. podríamos hacer un buen equipo.
Los dos secuestradores frustrados se quedan boquiabiertos. Miran al tipo levantarse con agilidad y acercarse a la mesa donde están ellos sin reaccionar
—Hay algún baño por acá o tengo que mear en un rincón.
—No…no… no hay baño.
El viejo orina en la esquina de la pieza, vuelve y se sienta en medio de los dos delincuentes
— En primer lugar tienen que saber a quién elegir, yo lo conozco al tipo ese y no creo que sea una buena elección. Se necesita elegir a alguien que pueda reunir algunos cientos de miles de dólares rápidamente. No toda la gente rica tiene la plata al alcance de la mano. Eso está en la tapa del libro
El más joven mira a su socio y dice a gritos— ¡a este coso hay que matarlo! No te das cuenta que nos denuncia apenas salga de acá. Este debe ser tira.
El mayor se levanta y lo agarra con firmeza del brazo y lo lleva a la puerta de la pieza, —Vení. Vamos a hablar solos, no seas estúpido.
El viejo queda solo en la mesa.
El muchacho en la otra pieza comienza a insultar a su amigo, cuando se da cuenta del error y vuelve a la pieza en un salto.
Pero ya es tarde, el viejo tiene el revólver que él había dejado y los apunta a los dos.
El muchacho mira el cañón de su propio revólver. Era la primera vez que miraba un arma del lado incorrecto. El proyectil le entra por la mandíbula destrozándola y atraviesa la base del cráneo. Su compañero no llega con su mano a tomar la pequeña pistola en su bolsillo. El primer impacto le da de lleno en el pecho y lo hace trastabillar, el tiro de remate le dio en la frente.
El veterano se levanta lentamente, mira alrededor suyo con atención para ver si hay algún objeto que pueda identificarlo a él. Guarda el revólver en un bolsillo. Abre la puerta con un pañuelo en la mano y se retira caminando hacia la Rambla.

La catarata

¿Cómo dudar de Dios ante esta maravilla? La sorprendente naturaleza, la majestuosidad de la selva, de sus verdes, del canto de los pájaros, del perfume de las flores, de los sonidos del viento entre las hojas y de los animales comunicándose.
Toda esa belleza alimentándose, atravesada por el agua, la vida del planeta.
La catarata es un canto a la vida, ese regalo que se nos da para disfrutar y hacer de ella algo maravilloso, nuestra propia catarata.
Entonces recordé otra selva, la hecha por los hombres.
De bloques y chapas, gris y hedores. Sólo se oyen gritos de personas agresivas, en los basurales se ven ratas y, en los fondos de las casuchas, perros flacos. Únicamente al cielo se le ha permitido conservar su color.
Allí caen los que no pueden vivir en otros barrios. Son los marginados.
Cuando los Sánchez fueron desalojados por no poder pagar el alquiler, se fueron a una casita en la orilla de la villa. La familia vivió con angustia el proceso de decadencia. El padre perdió su trabajo en el frigorífico y, tras mucho deambular, debió resignarse a entrar como guardia de seguridad en una empresa. Le pagaban muy poco pero era algo. Su señora, Hortensia, trabajaba para una empresa que disponía de personal para cuidar enfermos. Entre los dos juntaban escasamente para poder comer y pagar gastos fijos. Entonces, debieron bajar otro escalón. Los hijos, Margarita y Ángel, aún eran jóvenes.
Rosa, la hermana mayor de Hortensia, vive cerca. Cose para afuera y, con eso, le iba bien. Su marido había sido portero de un banco y ahora recibe una jubilación. Están bien. Tienen dos hijos pero ya casados. Margarita es jovencita, va al liceo y la ayuda con la costura a la tía que le paga unos pesos.
Enterados de la situación y de la peligrosidad del barrio al que estaban obligados a mudarse, Rosa les ofreció a los padres que Margarita se quedara con ellos, así seguía trabajando y continuaba en el liceo.
Era lo mejor y aceptaron agradecidos. Se verían los domingos.
Ángel se mudaría con ellos.
Los hermanos eran muy unidos. Ángel tuvo que convencer a Margarita que tenía que quedarse con los tíos.
Se mudaron, tratando de sobrellevar la situación penosa. Los padres con sus viajes largos para sus trabajos y Ángel, en el nuevo liceo, no quiso angustiar más a sus padres con sus problemas y se fue encerrando. Manifestaba que todo estaba bien.
Cuando los domingos los visitaba Margarita, corría a hablar con Ángel. Ella le contaba todo, expresaba todos sus sentimientos. Sin embargo, Ángel callaba y pensaba: “Si te contara Margarita lo que es este lugar no lo podrías creer. Aún no sé cómo son realmente pero, salvo unos pocos, son brutos, groseros, guarangos y tenés que simular ser como ellos, para que te respeten. Son desalmados, por suerte, te quedaste. Un problema menos. No respetan ni a las madres, ni a las hermanas. Sólo respeta la fuerza, el valor para arriesgarse, el coraje para los desafíos a la autoridad, la posesión de cosas que solo pueden tenerlas si las roban. Respetan al ladrón. Al que es capaz de participar en negocios sucios pero lucrativos como las drogas o ser reducidores.
Esos son los exitosos del barrio.”
Ángel terminó cuarto año y pensó que debía trabajar. Empezó con changas. Repartos los fines de semana, ayudar a los feriantes y, de esa manera, hacía sus pesitos. El liceo fue pasando a segundo plano. Necesitaba plata y le faltaba fuerza para hacer las dos cosas.
“La vida del feriante es muy sacrificada. De madrugada salís para el mercado. Las manos con guantes de lana te quedan igual rígidas de frío. Las orejas rojas. Sólo con el movimiento lográs que la sangre circule y te dé un poco de calor. Tenés que poner en movimiento tu físico, no pensar, cinchar. Cuando volvés a tu casa, caes como plomo.”
Empieza la transformación: la piel se endurece, se oscurece, las manos se hacen callosas y duras, pierden sensibilidad. El cuerpo se robustece y la cabeza piensa solo en el trabajo, en números, desarrollas gran habilidad para las cuentas, pero el estudio, se va olvidando.
“Ahora sí siento que me mudé, Margarita, dejé de ser de otro barrio. No me siento molesto en el barrio, sólo queda en mí un rayo del pasado: tú.
Me han ofrecido drogas de mil maneras, para consumir, para vender, pero no entro. Eso lo tengo claro pero… vender cosas robadas en la feria, es un buen negocio y me dejo de bobear. Al final, después de una vida de trabajo honesto a los viejos los barrieron al suburbio. No puedo salir si sigo siendo honrado. Los peores malandras son elegantes y tienen mucha plata, viven en el lujo. Si sigo así, soy un tarado. Todos saben que voy a la feria y están contentos con que me vaya bien, no todos saben lo que vendo, porque hay dos días de mercado y otros de negocios. De a poco empiezo a decir que voy a vender cosas usadas, de segunda mano. Cada vez estoy más lejos de mi pasado.”
Para darles gusto a sus viejos, cada tanto da un examen, hace un año en dos o tres y ellos van valorando sus ingresos.
Los tíos no preguntan, las ganancias mejoran la situación de la familia y ya no piensan en volver al viejo barrio.
Se van adaptando. Aceptan y son aceptados.
Un domingo le dice a Margarita que él la va a ayudar para que ella haga la carrera que le guste. Ella tiene facilidad para estudiar tiene que aprovecharla.
Margarita quiere que se muden, que vuelvan al barrio, pero ellos ya no quieren. Le dicen que este lugar les dio suerte. Pero alientas a que ella siga adelante. Le encanta la medicina, ser cirujana. Están encantados, la apoyan todos.
Ángel es ya un hombre y se divierte con los jóvenes del barrio. Fútbol y amores o amoríos, nada serio.
Una tarde de verano van en patota a la playa. Allí, ve un grupo de su antiguo barrio, se ruboriza instantáneamente y trata de que no lo vean. Eran extraños. Ese día trató mal a su amiga de turno, le hizo notar continuamente su falta de educación, su mala conducta, la promiscuidad de su familia y regresó solo. El malhumor le duró unos días pero después profundizó su alejamiento y la aceptación de los códigos nuevos. Comenzó con el contrabando pesado. Prosperó económicamente. Ya había caído en la maraña delictiva.
Margarita hizo su carrera de médico y empezó su especialización.
Una noche de diciembre, se reunió con otros contrabandistas para festejar el fin de un año próspero y brindar por épocas aún mejores. Tomaron en exceso, jugaron a las cartas y, cuando la policía les gritó que estaban rodeados, se enloquecieron y empezaron a disparar.
Él se quedó quieto, esperando. Llegó un disparo. Cuando entró la policía, lo encontró sentado, sin armas y sosteniéndose el pecho. Les pidió que le avisaran a su hermana que era médica.
Inmediatamente, fue trasladado al hospital. Llamaron a Margarita que lo encontró con vida. Se agarraron de la mano, ella lo abrazó recostando la cabeza en su pecho y mirándolo le pidió a Dios que lo ayudara. Entonces, lo oyó murmurar: tú eres mi maravilla y sintió que el corazón le estallaba en una catarata.

La carta

Jorge saludó a la secretaria de Manuel y entró directamente a su oficina que estaba vacía.
—El señor Fernández demorará un rato, está en una videoconferencia con Nueva York.
—Está bien no hay problema, me dijo que quería hablar conmigo urgente así que lo espero… por acá debe estar el diario…
—El café en la máquina está recién hecho, este es el diario de hoy, cualquier cosa que necesite, llámeme.
Jorge se tiró en el sillón del escritorio y miró con atención las bien torneadas piernas de la secretaria y pensó “tiene buen gusto este viejo de mierda, cuando él pase a retiro la conservaré a esta como secretaria”.
Pasaron algunos minutos, leyó el diario, se tomó el café y, ya aburrido, comenzó a caminar por la amplia oficina imaginándose cómo la decoraría cuando fuera su propia oficina.
Jorge era el esposo de la única hija de Manuel Fernández quien había hecho una fortuna como representante de varios grupos empresariales de Nueva York. Don Manuel pasaba los 75 años y ya mostraba algunos síntomas de su edad pero que él disimulaba con su tono enérgico y su incansable dinamismo.
El matrimonio de su hija era la espina que Manuel llevaba clavada desde hacía años. Su yerno no solo era incapaz en los negocios sino que además era un libertino que engañaba a su hija con cuanta mujer se le cruzara. El servicio de inteligencia de la empresa había seguido varias veces las aventuras de Jorge y Manuel se las había recriminado enfurecido pero, por amor a su hija, las mantenía en reserva. Jorge estaba seguro de que su suegro no podría vivir muchos años más. Él sería el sucesor indiscutido, su mujer no tenía vocación para los negocios. Por el momento, él tenía un sueldo como director de la firma pero no participaba de las operaciones. En realidad, lo único que hacía era conseguirles mujeres, para el fin de semana, a los gerentes de las empresas representadas que venían de visita. En eso, era magnífico.
Fastidioso y cansado de dar vueltas alrededor de la oficina, se puso a hojear los papeles en el escritorio. Para su sorpresa, encontró un sobre abierto con una carta dirigida a él. Tomó la carta y la leyó lentamente.

Estimado Sr. Jorge Fisher,
El motivo de la presente es informarle que en la próxima junta de directorio que se llevará a cabo el 15 del corriente se determinará su remoción del cargo de Director. Tomando efectividad es misma fecha. De dicha resolución, se informará a los bancos y empresas vinculadas notificándoles que Ud. no representará más a Fernández Asociados. No es necesario mencionarle las razones de dicha resolución dadas las conversaciones que hemos tenido reiteradas veces sobre su dedicación y compromiso para con la empresa. La resolución incluirá la otorgación de una compensación equivalente al 80% su sueldo actual que se mantendrá en forma vitalicia a cargo de los dividendos que retiren los socios en el futuro.
Esta nota de aviso, emitida diez días antes de la mencionada reunión de la junta por recomendación de nuestro Departamento Jurídico, deja constancia de que es válida como preaviso a cualquier efecto legal.

Manuel Fernández
Presidente de Fernández Asociados

Jorge leyó la carta dos veces, la dejó en su lugar y salió alterado de la oficina.
En un pequeño apartamento, Jorge le cuenta a Martha, la mujer con quien ha mantenido una relación por más tiempo.
—Si este viejo llega a hacer esa reunión me liquida. Si quedo afuera del Directorio ahora, cuando él se muera, no quedo yo a cargo de la empresa.
—Pero… el no va a hacer eso, como se lo explica a tu mujer, vos sabés que él no la quiere hacer sufrir.
— ¡No entendés! El viejo tiene todo un fichero de mis andadas, sabe de este apartamento, de vos, del autito que te compré, nos ha investigado por años. Es un hijo de puta, no se le escapa nada. Lo vengo llevando por el temor que tiene de amargar a Susana, pero se ve que se decidió a librarse de mí, además no te olvides que todo esto se paga con lo que yo saco por afuera.
—¿Vos crees que él sepa?
—No estoy seguro pero… algo le dio coraje… tal vez alguien le dijo de esas cuentas que yo paso.
—Mira, no hay que enloquecerse, de alguna forma lo vamos a arreglar
—No seas boba, como lo arreglamos, en 10 días es la reunión, que tiene que pasar en estos 10 días, que un tsunami se lo lleve.
—Vos siempre decís que el viejo debe tener el corazón un poco jodido ¿no?
—Qué sé yo… es fuerte como una mula el muy maldito
—Mirá “a grandes males, grandes remedios” decía mi viejo. En la clínica, yo tengo acceso a drogas muy peligrosas… como vos sabés…
— No… ¿de qué estás hablando?
— Hay drogas que, usadas aun en pequeñas cantidades, un corazón viejo no las aguanta.
— ¿Qué estás insinuando? ¿Qué mate al viejo?
—Y… ¿se te ocurre otra cosa mejor…?
— ¡Querés que encima vaya en cana!
— No es necesario ir preso, nadie lo descubrirá, lucirá como un infarto. El problema es cómo hacer que lo tome.
—El viejo es muy desconfiado y no le da chance a nadie, hasta se hace traer el whisky directamente de Escocia, una malta, no sé cómo carajo se llama, añejada en robles y no sé qué más.
—La droga que yo te digo no tiene ni olor, ni gusto y, mezclada con whisky, es perfecta. Tenés que conseguir que el viejo la tome, pone tu mejor cara, hacele tomar un whisky y metele la droga en el vaso. Yo te la consigo.

Dos días después Jorge está sentado en un sillón en la oficina de Don Manuel; su suegro está en el escritorio.
—Jorge debo informarte de una decisión que he tomado y que sé que no me perdonarás pero es por el bien de la empresa, de tu familia y, quizás también, para tu propia tranquilidad.
—Don Manuel nos sé que será pero… suena importante. Me tomaría un trago, ¿me acompaña? ¿tiene todavía por acá esa malta escocesa tan buena?
—Sí, servime a mí una medida también.
Mientras Jorge busca el whisky, Don Manuel encuentra la carta que quiere darle a Jorge. Se sorprende al ver que no está puesta de la forma que él siempre guarda las cartas en los sobres. Estaba doblada con el texto a la vista. Él nunca hubiera puesto una carta así. Alguien la había leído. Mira a su yerno que estaba sacando los vasos del mueble. Se queda unos segundos pensativo. Su viejo cerebro se mueve rápido, la vida es dura, la competencia es feroz y él aprendió que hay que considerar siempre todas las posibilidades.
—Jorge, pedile a Teresa que no nos moleste nadie, por favor.
Jorge sale de la oficina y, cuando vuelve a entrar, Don Manuel ya tiene su whisky en la mano. Jorge toma el otro y ambos van a sentarse a los sillones.
—¡Salud, Jorge! que Dios nos ahorre charlas como éstas en el futuro.
Ambos toman un trago
—Jorge, por el bien de tu familia — un segundo trago los dos.
Manuel se queda callado con la mirada fija en Jorge.
El efecto demora unos segundos en notarse. Abre la boca intentando decir algo pero no sale sonido. Su cara comienza a trasformarse en una mueca extraña, queda pálido, sus ojos muy grandes parecen mirar al vacío. Intenta levantarse pero solo consigue elevarse unos milímetros y luego cae encorvado en el sillón, hace una seña pidiendo ayuda pero el brazo se le cae en el intento.
Manuel saborea la malta escocesa de 12 años y sigue mirando a su yerno.
Lentamente termina su whisky, se acerca a su yerno y siente el fuerte olor a almendras que sale de su aliento.
—¡Muchacho! cuando vos venías, yo ya había ido y vuelto varias veces. Nunca se debe menospreciar a un viejo comerciante.
Jorge murió con los ojos bien abiertos y una pequeña línea de espuma saliendo de su boca. Manuel esperó unos minutos, fue a su escritorio y abrió el intercomunicador con su secretaria.
—Teresa, mi yerno está muy mal, llamá urgente a mi médico
Don Manuel irradia autoridad; su voz no deja muchas dudas de quién es el que da las órdenes en ese lugar.
—Quiero evitar que haya a una investigación y esas cosas. Susana ya tendrá suficiente martirio con saber que perdió a su marido. Déjele a mi secretaria el certificado de defunción y acompáñeme a la casa de mi hija. Quiero que Ud. esté cerca cuando le dé la noticia
—Teresa, mi yerno acaba de fallecer. El doctor está haciendo el certificado, por favor, llame al gerente de la funeraria, quiero el mejor servicio para él. Yo voy a lo de mi hija con el médico. Después que se lleven el cuerpo, mande a todo el personal para la casa y ponga un cartel de “Cerrado por Duelo”. Antes de irse, deje en mi escritorio el bibliorato con la copia de todas las minutas de Directorio que firmé este mes.

La mecedora

Nadie había alzado la voz por ella.
Aunque había certeza de su existencia.
Ahí estaba estática, envuelta en una nube de olvido.
Y a pesar de la adversidad, airosa se sentía.
Era una sobreviviente de las sucesivas mudanzas que se dieron a lo largo de su vida.
Albergaba un misterio guardado por años.
¿Cómo era posible que la hicieran ocupar un espacio donde, tal vez, no le correspondía?
Aquellos que podían aun recordarla ya no se encontraban presentes.
Otros, por más que hurgasen en la memoria, nada de ella les venía a la mente.
Desconocidas eran para mí las circunstancias fortuitas que habían entramado su camino instándola al designio de su destino.
El tiempo siguió transcurriendo y, en el devenir de esos años, mi mundo fue tomando conciencia de su presencia no solo espiritual sino material.
Y supe de ella a través de un hilo de voz.
Supe la verdad el día menos pensado.
Confusas esas palabras llegaron a mí, arremolinándose en mi pensar e impidiéndome razonar.
Un brote desmedido de mi sentir descendió en forma de lágrimas.
Tuya es…
Ella lo hubiera querido así…
Por encima de todos los derechos que te legitiman…
Tuya es…
Esperé el momento, mí momento llegó…
Pareciera que aun la veo…
con tu padre en brazos…
Meciéndose en el sillón del alma…
¡Llévatela!
Para que el olvido no la olvide jamás…
Para que pueda seguir albergando en su regazo, nuevas generaciones…

La semilla

Así había llegado al mundo, germinando entre algodones.

De pequeñito y frágil brote en capullo en flor se convirtió.

Dulce fresa por labios tiene.

Fresca como el rocío es.

Aterciopelado cual pétalos de rosa su piel se siente.

Dorados sus bucles como trigo en cosecha son.

Ella reposa con su brisa primaveral en la tarde estival.

Él, escurridizo y silencioso,

maligno trepador como la hiedra es.

Irrumpió en el lecho de flor,

deshojando su primavera.

Tiñendo de rojo su mundo rosado.

Al abrigo del frío como un invernadero tibio y húmedo

ella abriga en su ser la semilla

del fruto de su violación.

Partícula

Una vez me contaron una historia.

Y es que de tan pequeño tantito, fue creciendo.

Que de tanto, tantito contármela, se fue extendiendo.

¡Bien grande!

Y creyéndomela, me la creí.

Y la historia decía…

…que todas las hijas son hijas de todos los padres.

¡Ya es un tantito!

Y que los padres, que ya son padres de los hijos, son hijos de sus otros padres.

¡Ya es un tantazo!

Entonces pienso…

… de tanto haber tantito, de a poquito se lleno el mundo.

Conocí un amigo de otro amigo que a su vez tenía muchos tantos amigos.

Y que a uno de esos tantos amigos se le casaba una de las tantas hijas.

De tanto querer saber, ¡supe!

… y era ella tan gorda, tan llena de todo, de todo todito,

que había que cargarla.

De tanto, tantito que pesaba, nunca se movía.

Y es que todo todito, aburridita estaba

Hasta que en las postrimerías de su casamiento…

… de golpe, dejó de querer tanto de ¡tanto!

Pospuso la boda y se fue alivianando, desinflando, perdiendo aire como un balón.

Y sin más exigir tantito, solo poquito…

… fue allegándose al lecho de su madre, ¡de todas las madres!

Desprendida de todo, flotando cual ángel, entró a la iglesia.

Al tantito tiempo, insensibles sus pies, terrenales ahora, ¡tocaron tierra!

La cura del sueño

Esa noche tuve un sueño extraño, seguramente vinculado con las cosas que retumbaban en mi cabeza hace mucho tiempo.
En la mañana, había ido a visitar a mi padre y, como siempre, me había saludado con distancia, mostrando la usual rigidez. No me besó y yo tampoco lo hice. Esto nos sucedía desde hace tiempo. Él cortó el vínculo afectivo cuando me fui de mi casa. Comenzó a tratarme con frialdad y distancia. Desde ese momento, ya no fue lo mismo. Me había ido a vivir con mi compañero. Hacía años que compartíamos la vida de “amigobios”, como se dice, y era el momento de hacerlo. La relación con la señora de mi padre no era buena. Me parecía como si estuviese constantemente compitiendo por el afecto de mi padre o, simplemente, me rechazaba. Nos tratábamos con frialdad. Nos enojábamos por pavadas. No nos hacíamos favores. No nos llevábamos bien. Me daba a entender, o eso me parecía, que era una intrusa en ese lugar. Mi padre no hacía nada.
Tomé la decisión. Lo conversé con mi compañero y lo emprendimos. Él vivía solo. No era difícil concretarlo. Él era mi bastión, mi apoyo, era la oreja que me escuchaba todo y el regazo que me protegía. Nos amábamos profundamente. Nos respetábamos. Éramos distintos. Yo de izquierda; él de derecha. Yo confiada; él desconfiado. Pero nos respetábamos y nos tolerábamos las diferencias. Era un ejercicio que realizábamos de buena gana. La historia en común y su apoyo constante habían sido muy fuertes en épocas en que anduve a los tumbos. Él estaba siempre disponible para frenarme, para impulsarme, para estimularme, para incentivarme
Esta separación afectiva de mi padre me sonaba como desubicada, fuera de contexto. Me generó rechazo inmediato, me enojé y le devolví la misma actitud. Creo que nadie quiso dar el brazo a torcer. Herida y enojada, siempre esperé algún gesto que anunciara el reencuentro. Nada. Nada. Él no daba el paso; yo tampoco. Nos fuimos distanciando paulatinamente.
Me sucedió entonces. Tuve ese sueño. Yo llegaba a la casa de mi padre. Él estaba sentado en el patio tomando mate rodeado de los dos perros y el gato, los tres echados durmiendo a su lado. Yo me acercaba y le tocaba el hombro. Después, me agachaba, lo abrazaba con fuerza, apoyaba mi mejilla en su hombro y le decía:
—Papá, te quiero mucho ¿qué estamos haciendo?
Él, devolviéndome el abrazo, me decía:
—Estamos locos m’hija, perdóneme.
En eso estábamos cuando me desperté. Fue corto. Casi fugaz. Me quedé quieta, pensando en la oscuridad, mi cuerpo sintió el impacto.
A la mañana, me pareció que eso había sido un anuncio y que debía dejarme de joder con mis barreras, mis límites y orgullos heridos. Mi compañero ya me lo había dicho con las mismas palabras, “déjense de joder, no sean estúpidos”. A la tarde fui a su casa. Mi padre estaba sentado en el patio tomando mate, rodeado de los dos perros y el gato, los tres echados durmiendo a su lado. Yo me acerqué, le toqué el hombro. Me agaché, lo abracé con fuerza, apoyé mi mejilla en su hombro. Al instante, él me dijo:
– M’hija, la quiero mucho, perdóneme, estamos locos.
Mi padre falleció esa misma noche.