Alada

De las princesas que habitan el Olimpo, ella es la de los rasgos más dulces.

Quisieron los Dioses al ver su cálido semblante por nombre ponerle Esperanza, por brazos alas para que, en su extensión, pudiera abarcar más amor para dar.

Preocupados sus padres por el brillo de su luz, intentaron atenuarla pero ella estaba destinada a iluminar el camino de aquellos que no se resignan.

Orgullosos de su hija, la alimentaron con sentimientos nobles.

A pesar de las virtudes que la pequeña princesa poseía había que instruirla para cuando alcanzara su edad joven y fuese necesario requerir su presencia.

Entonces, supo que debía de esforzarse para mantener sus alas desplegadas y así poder volar lejos de aquellos que habitaban los reinos oscuros.

Ella es hija de Dioses. Clemencia, su madre, es la reina de los desvalidos y Justo, su padre, el rey que esgrima la balanza de justicia como escudo.

Esperanza más de una vez debió abandonar el Olimpo para descender a la tierra que se hallaba devastada por cruentas manifestaciones de las más viles índoles.

Algunos descreídos ya no la esperan. Sin embargo, otros claman por su eterna bondad para que los continúe impulsando con su hálito de vida, entibiando sus corazones  y fortaleciendo sus almas con su suave manto alado.

Mientras haya vida, habrá siempre una Esperanza revoloteando.

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