El secreto revelado

Dejamos de ser pequeños desde el momento en que, por boca de vecinos, llegamos a la conclusión de que habíamos sido objeto de la mentira y de un secreto inexplicable de larga data. Recuerdo que una amiga inocente nos lo dijo. Ella jamás se enteró que nosotros no lo sabíamos y seguimos guardando el secreto entre los dos abrazados en un rincón como cuando nos enteramos que los Reyes Magos no eran los padres.

No nos invadió la rabia inevitable sino que nos embargó la pena de suponer el dolor y la vergüenza de mi pobre madre si se enteraba que lo sabíamos. Nos criamos como pudimos a expensas de sus esfuerzos denodados para que no nos faltara nada, vivíamos en precarias condiciones, solos los tres. Mi hermana, mi madre y yo. Nadie más. Ella nos contaba que nuestro padre había fallecido luchando en la guerrilla contra la despiadada represión militar que había asolado nuestro país. Nos contaba historias de virtudes, de honras, de orgullos consecuentes, del porvenir de tal ascendencia profundamente humanista.

No era raro que nos encontrara la noche a los tres en la cama, preguntando nosotros y respondiéndonos ella, acerca del color de su pelo, de su tipo de trabajo y de su valerosos esfuerzos por hacernos la vida más fácil y justa, del tono de su voz y de los retos que nos pegaba aunque no los recordábamos por las travesuras infantiles.

Reíamos y reíamos con los cuentos de la noche y, cada vez más, se fue enredando en su fantasía con un personaje casi de carne y hueso que creció y cobró vida a nuestros ojos. Hasta lo dibujábamos como lo suponíamos según sus versiones imaginadas  y una borrosa foto color sepia que perduró en la que estaba en un campamento de amigos a orillas de un río.

Convencí fácilmente a mi hermana de guardar el secreto cuando conocimos a nuestro progenitor. Alguien bastante lejos de las peripecias que inventaba mi madre, peripecias que seguramente la ayudaron a crear un compañero imaginario que nunca tuvo pero siempre quiso tener.

Nos pareció que sería una situación demasiado patética y dolorosa para ella el hecho de desentrañar sus ilusiones  y desarmar los andamios armados trabajosamente, de anécdota en anécdota, de versión en versión. Suponíamos del esfuerzo constante por no contradecirse.  Imaginamos el placer y la alegría que sentía frente a nuestro gozo. Imagino cómo, al final de cada noche cuando nos dormíamos, repasaba estoicamente la versión escrita que confirmaba su ruta, sin contramarchas y sin contradicciones  para no romper la ilusión.

Y tuvimos ese padre. Lo tuvimos. Crecimos casi a su imagen y semejanza. Nos guió. Nos contuvo. Jugó con nosotros. Fue a la escuela y al liceo. Estuvo. A esta altura, hay una complicidad colectiva en no desbrozar la verdad por quienes nos conocieron, como si todos hayan sido invadidos por la fuerza de la urdimbre armada por mi madre. Nunca nadie se atrevió a contradecir nuestras historias.

Mi pobre madre no se merecía el dolor de nuestro sufrimiento. Creo que contribuimos a su felicidad. Seguimos siendo los mismos. Nuestros hijos también tuvieron ese abuelo que no conocieron. Con todas sus virtudes. Creamos los mismos andamios y referimos las mismas anécdotas. Ellos tuvieron un abuelo que fue un héroe.

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