Jezabel

— ¡No te hagas la Jacinta!— exclamó mi amiga cuando pregunté a qué hora era la misa los domingos.

“¿Jacinta?” me pregunté. En un instante, repasé los nombres de mis conocidos y como no lo encontré, quise saber quién era la tan mentada.

Con sonrisa socarrona y aire burlón, me indicó que me sentara porque me iba a hacer partícipe de una leyenda del pueblo.

—Hace ya muchos años vivía una familia en la estancia más linda de estos parajes.

Se decía que pertenecían a la nobleza europea y habían logrado trasladar a estas tierras todo el encanto de su país. Desde lejos, el casco y los alrededores parecían una postal.

Era un matrimonio con un hijo varón y la preciosa princesita a la que mantenían alejada del mundo.

Una institutriz los educó en sus estudios infantiles y, cuando llegó la adolescencia, el varón los continuó en Inglaterra y la niña en Francia en un internado para señoritas.

Pasó el tiempo y apareció el hijo por el campo. Si bien viajaba mucho, se lo veía por el pueblo, siempre encapsulado por el halo que rodeaba todo lo que provenía de ese lugar, porque era respetado hasta por el último peón que pertenecía al establecimiento de los nobles.

De la princesa ya nadie hablaba pero se supo que habían retirado sus fotos del salón y, en un asueto del personal de la casa, se había desmantelado su cuarto.

El misterio exacerbó la curiosidad y la imaginación de todos. Se tejieron mil fábulas, sin poder confirmar ninguna.

Sorpresivamente, la madre acompañó a su hijo a Europa y volvió a los tres meses con mil años encima. Todos dieron por muerta a la joven sin siquiera hacer una pregunta.

Pero la muerta estaba viva. Cuando se supo, la bomba reventó en el centro del pueblo y se fue agrandando hasta llegar a los suburbios convertida en leyenda pasando a integrar nuestra memoria colectiva. A la preciosa Jacinta le contrataron un chofer para los fines de semana. La llevaba a hacer visitas a familiares y a amigos de su intimidad.

Ella le confió a su chofer que quería conocer diferentes lugares porque vivía muy encerrada.

Comenzaron recorriendo los parques, las plazas, los cafecitos y siguieron con todo lo que se podía conocer.

El francés despertó en la joven el afán por la aventura. Un día no volvió.

Cuando la madre logró encontrarla, regenteaban un burdel de lujo y les dijo que nunca pensaba volver, que se dieran cuenta que Jacinta había muerto. Ahora, vivía Jezabel.

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