Solo una lágrima

Lorenzo fue el primer nieto en una familia de mujeres.

El abuelo quería a sus hijas pero, cuando Lorenzo nació, las desbancó a todas. Yo fui su segundo gran amor porque hasta los tres años vivimos con ellos y eso reforzó los lazos para siempre.

Como vivíamos lejos, los abuelos esperaban ansiosos la llegada del verano.

Cual golondrinas volábamos todos hacia allí y disfrutábamos juntos esa estación tan querida.

La casona colonial florecía; era grande pero igual la llenábamos. Su fondo enorme  llegaba hasta el río donde un murallón de piedra nos protegía de sus escasos embates.

Abuelo y nieto pasaban mucho juntos.

El veterano era un personaje. Pertenecía a una familia de abogados y jueces pero él tenía fama de desfachatado. Nunca llegó a abogado por sus farras, quedó en procurador.

Con facilidad de palabra y pasión, se volcó a la política que lo enardecía, fue luchador en la guerra de l904.  Durante muchos años aparecía su columna de opinión en el diario La Unión de Colonia.

Con toda esa trayectoria en su pasado, sus anécdotas nos  mantenían en silencio durante mucho rato. Lorenzo lo disfrutaba más porque podía ir con él a todos lados. Yo lo envidiaba.

La pesca fue uno de sus entretenimientos compartidos además de cuidar los frutales y el gallinero que era un corredor alargado que desde la casa no se veía.

Esos eran entretenimientos del invierno del viejo ya retirado y sus logros los exhibía.

Le enseñó a Lorenzo a pescar de diversas maneras y juntos confeccionaron sus cajas de madera con todos los implementos necesarios con reparticiones que a mí me hubieran gustado para los accesorios de mis muñecas.

Yo, unos años menor que Lorenzo, saltaba alrededor. El solo hecho de estar con ellos me hacía feliz.

También preparaban el espinel, lo hacían con una cuerda de la que caían  piolines que en su punta tenía un anzuelo.

Había que preparar la carnada y salir en el bote  temprano en la mañana para tirarlo y en la tardecita lo recogían. Todos esperábamos el resultado. Si pescaban gritábamos de alegría y si no les gritábamos que no sabían tirar un espinel. De cualquier manera, era una fiesta.

Un día hermoso de verano, de esos que aseguran otros aún mejores, con el río crecido, anuncian que van a tirar al otro día el espinel más largo que habían hecho. La emoción invadió la mesa de la cena.

Nos despertaron los lamentos de la abuela y corrimos todos a ver que pasaba.

El abuelo le estaba contando que Jorge, mi primo menor,  había colgado el espinel del tejido que limitaba con el gallinero a la noche y, para tener todo pronto, le había puesto las carnadas.

Todas las gallinas habían picado.

Lorenzo pálido vio que al abuelo le rodaba una lágrima por la mejilla.

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