Yo recuerdo

Historias que contaron e historias que viví.
Que quienes la conocieron de su belleza hablaron.
Que muy joven y enamorada se casó.
Y en el umbral de la adolecencia, ésta la encontró señora y madre.
Trabajo, dignidad y respeto hacían parte de su envestidura.
Pocos interpretaron su sentir, ella sabía desnudar su alma e inmortalizarla entre líneas.
Decían que era un diamante en bruto, una pieza rara que había que amoldar y pulir.
Ella de otros tiempos venía, donde la ley era acatar y cumplir.
Y mismo así y, a pesar de todo, ella supo dejar huellas marcadas con amor.
A nosotras nos unió una amistad fundada en el mutuo cariño, la sinceridad y una confianza como nunca se había visto.
Compartíamos largas charlas, grandes secretos y salidas.
Yo prefería su casa a la mía, todo ahí tenía un gusto, un aroma, un sabor distinto.
Ahora lo sé…era el amor que se me brindaba en pequeñas y grandes porciones.
Su casa estaba extremadamente ordenada y pulcra. En ella habitaba un silencio suspendido porque, al irrumpir el amanecer, un par de pájaros enjaulados entibiaban el aire fresco con su cantar y el tic-tac del reloj daba rienda suelta a su cuerda y, balanceándose de un extremo al otro, anunciaba la hora de todos los tiempos, de todas las historias de vida de la familia.
Había pertenecido, hasta donde sabía, a sus abuelos y era uno de los pocos bastiones que aun iban quedando de aquella época de tradiciones, de padres para hijos.
De esa tradición arraigada recordaba ella un suceso de su infancia.
Nacida en hogar desbordado de carencias afectivas y materiales que,  llevados por la necesidad, recibían donaciones.
Y es así como llega a sus pequeñas manos un vestido hermoso con puntillas y listones, de un color intenso como nunca había visto.
Radiante de felicidad, ella corre vestida a mostrarlo, felicidad que le duró unos pocos segundos.
Ante el estupor suyo y del resto de la familia, su padre convierte el hermoso vestido y todas sus ilusiones en girones.
Ese episodio la hizo entender que ese hogar era partidario de un solo lema político y, este lema, significaba seguir al caudillo del partido blanco hasta las últimas consecuencias.
Todo debía ser de un blanco purísimo, no había cabida a ningún otro color y, mucho menos, si ese otro color pertenecía a la fracción contraria.
Recordó siempre ese color vivo que le provocaba, por su intensidad y tonalidad, furia e ira. También supo, con el tiempo, que ese color representaba lo carnal y la lujuria pero eso fue más adelante.
De mis tiempos atrás, yo poco recuerdo de ella. Sí, la recuerdo ahora en el presente.
Hubiese querido tener más tiempo para vivirla mejor pero… el tiempo no se detuvo.
Y ella fue y es parte de mi historia. Ella se llamaba Madalena Nieves.  Era mi abuela.

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