El portón del fondo

—Ayer soñé que consultaba a un viejo acerca de cómo se hacía el conejo a las brasas. Cualquiera diría que el próximo domingo me hallará haciendo conejo a las brasas.
—Seguramente, si buscas en Internet hallarás la forma de hacerlo de tal manera que no se te seque
—Siempre igual vos
—¿Por qué?
—Ya te estás imaginando que me va a quedar seco
—No seas bobo
Se dio cuenta que si seguía hablando de lo mismo terminarían peleándose como siempre, por pavadas. Cada vez se les hacía más difícil convivir sin chocar. Era un infierno. En chico, pero un infierno.
—Al final del operativo pudieron abatir al delincuente pertrechado en Shangrilá, ¿viste?
—No me enteré
—Siempre en babia vos
—¡Otra vez!
Estaba en el patio trasero. “Iniciada la primavera las plantas se pueblan de flores de coloridos multicolores” pensó pero no dijo nada, supuso que le endilgarían puerilidad o tontera y calló. Caminó por el césped. Se descalzó. Sintió el placer de pisar los pastos. Arrancó una flor marchita, hizo lo mismo con alguna hoja amarronada. Se quedó en silencio. Ella se volvió hacia adentro. Allí, quedó él. Parado. Descansó el cuerpo sobre un pie, luego sobre el otro y se calzó. Se dirigió al portón del fondo, el que daba a la otra calle. El terreno era largo. El frondoso terreno de árboles viejos fueron los cómplices. Se halló barruntando a solas acerca de lo tedioso del vínculo que los unía, el desgaste, el cansancio y la apatía. El amor los había abandonado. Llegó al portón, lo franqueó. Supo que, salir a la vereda, era el último acto. Sería la última vez que traspasaba esa puerta. Se abría a un mundo nuevo. Sin ella. Solo. Supo que jamás volvería.

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