La mecedora

Nadie había alzado la voz por ella.
Aunque había certeza de su existencia.
Ahí estaba estática, envuelta en una nube de olvido.
Y a pesar de la adversidad, airosa se sentía.
Era una sobreviviente de las sucesivas mudanzas que se dieron a lo largo de su vida.
Albergaba un misterio guardado por años.
¿Cómo era posible que la hicieran ocupar un espacio donde, tal vez, no le correspondía?
Aquellos que podían aun recordarla ya no se encontraban presentes.
Otros, por más que hurgasen en la memoria, nada de ella les venía a la mente.
Desconocidas eran para mí las circunstancias fortuitas que habían entramado su camino instándola al designio de su destino.
El tiempo siguió transcurriendo y, en el devenir de esos años, mi mundo fue tomando conciencia de su presencia no solo espiritual sino material.
Y supe de ella a través de un hilo de voz.
Supe la verdad el día menos pensado.
Confusas esas palabras llegaron a mí, arremolinándose en mi pensar e impidiéndome razonar.
Un brote desmedido de mi sentir descendió en forma de lágrimas.
Tuya es…
Ella lo hubiera querido así…
Por encima de todos los derechos que te legitiman…
Tuya es…
Esperé el momento, mí momento llegó…
Pareciera que aun la veo…
con tu padre en brazos…
Meciéndose en el sillón del alma…
¡Llévatela!
Para que el olvido no la olvide jamás…
Para que pueda seguir albergando en su regazo, nuevas generaciones…

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