Vidas cruzadas

Le habían advertido en detalles los pormenores de su situación. Y, a raíz de eso, nunca había podido realizar su sueño. Su condición femenina, dada la época, le impedía incursionar en el terreno masculino.

Su anhelado deseo de conocer culturas perdidas en otros mundos, no se consolidó y, su frustración, la llevó a sumergirse en el mundo de los libros.

Ella entendía la preocupación que generaba en su entorno, pero así mismo, se dejaba llevar por una fuerza mayor.

Había algo en su interior que convulsionaba su cuerpo.

Hacía tanto calor que apenas podía respirar, el aire se había tornado nebuloso, denso.

Insoportable era la humedad que se adhería a su cuerpo como alma en pena buscando una vida.

Sombras frenéticamente bailaban en torno suyo, al compás de las llamas de la hoguera.

Algo rozó sus labios y sedienta ella bebió de ese néctar que embriagó más su alma.

Collares de cuencas cubrían su torso desnudo, engalanada con corona de plumas tenía su cabeza.

El ritual para desposarla había comenzado. Ella, bella doncella, elegiría al joven guerrero.

Un grito ensordecedor cercenó la noche, dejándola herida de muerte.

Entre los fantasmas del miedo que la rodeaban, ella abrió sus ojos desorbitados.

Imágenes desdibujadas poblaban su entorno, tratando de apaciguar su rígido y adolorido cuerpo.

Un ardor recorrió sus venas, como lanza que descarna.

Desde la profundidad del infinito el sueño vino a buscarla.

La mañana la encontró débil, la noche siniestra casi le llevó la vida.

Languideciendo en la cama del hospital, jugando una carrera contra el tiempo para que éste demore en buscar a la fiebre, ella pudo recordar en su regazo el libro de cuentos, la manta que cubría sus piernas y el aguijonazo.

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