La carta

Jorge saludó a la secretaria de Manuel y entró directamente a su oficina que estaba vacía.
—El señor Fernández demorará un rato, está en una videoconferencia con Nueva York.
—Está bien no hay problema, me dijo que quería hablar conmigo urgente así que lo espero… por acá debe estar el diario…
—El café en la máquina está recién hecho, este es el diario de hoy, cualquier cosa que necesite, llámeme.
Jorge se tiró en el sillón del escritorio y miró con atención las bien torneadas piernas de la secretaria y pensó “tiene buen gusto este viejo de mierda, cuando él pase a retiro la conservaré a esta como secretaria”.
Pasaron algunos minutos, leyó el diario, se tomó el café y, ya aburrido, comenzó a caminar por la amplia oficina imaginándose cómo la decoraría cuando fuera su propia oficina.
Jorge era el esposo de la única hija de Manuel Fernández quien había hecho una fortuna como representante de varios grupos empresariales de Nueva York. Don Manuel pasaba los 75 años y ya mostraba algunos síntomas de su edad pero que él disimulaba con su tono enérgico y su incansable dinamismo.
El matrimonio de su hija era la espina que Manuel llevaba clavada desde hacía años. Su yerno no solo era incapaz en los negocios sino que además era un libertino que engañaba a su hija con cuanta mujer se le cruzara. El servicio de inteligencia de la empresa había seguido varias veces las aventuras de Jorge y Manuel se las había recriminado enfurecido pero, por amor a su hija, las mantenía en reserva. Jorge estaba seguro de que su suegro no podría vivir muchos años más. Él sería el sucesor indiscutido, su mujer no tenía vocación para los negocios. Por el momento, él tenía un sueldo como director de la firma pero no participaba de las operaciones. En realidad, lo único que hacía era conseguirles mujeres, para el fin de semana, a los gerentes de las empresas representadas que venían de visita. En eso, era magnífico.
Fastidioso y cansado de dar vueltas alrededor de la oficina, se puso a hojear los papeles en el escritorio. Para su sorpresa, encontró un sobre abierto con una carta dirigida a él. Tomó la carta y la leyó lentamente.

Estimado Sr. Jorge Fisher,
El motivo de la presente es informarle que en la próxima junta de directorio que se llevará a cabo el 15 del corriente se determinará su remoción del cargo de Director. Tomando efectividad es misma fecha. De dicha resolución, se informará a los bancos y empresas vinculadas notificándoles que Ud. no representará más a Fernández Asociados. No es necesario mencionarle las razones de dicha resolución dadas las conversaciones que hemos tenido reiteradas veces sobre su dedicación y compromiso para con la empresa. La resolución incluirá la otorgación de una compensación equivalente al 80% su sueldo actual que se mantendrá en forma vitalicia a cargo de los dividendos que retiren los socios en el futuro.
Esta nota de aviso, emitida diez días antes de la mencionada reunión de la junta por recomendación de nuestro Departamento Jurídico, deja constancia de que es válida como preaviso a cualquier efecto legal.

Manuel Fernández
Presidente de Fernández Asociados

Jorge leyó la carta dos veces, la dejó en su lugar y salió alterado de la oficina.
En un pequeño apartamento, Jorge le cuenta a Martha, la mujer con quien ha mantenido una relación por más tiempo.
—Si este viejo llega a hacer esa reunión me liquida. Si quedo afuera del Directorio ahora, cuando él se muera, no quedo yo a cargo de la empresa.
—Pero… el no va a hacer eso, como se lo explica a tu mujer, vos sabés que él no la quiere hacer sufrir.
— ¡No entendés! El viejo tiene todo un fichero de mis andadas, sabe de este apartamento, de vos, del autito que te compré, nos ha investigado por años. Es un hijo de puta, no se le escapa nada. Lo vengo llevando por el temor que tiene de amargar a Susana, pero se ve que se decidió a librarse de mí, además no te olvides que todo esto se paga con lo que yo saco por afuera.
—¿Vos crees que él sepa?
—No estoy seguro pero… algo le dio coraje… tal vez alguien le dijo de esas cuentas que yo paso.
—Mira, no hay que enloquecerse, de alguna forma lo vamos a arreglar
—No seas boba, como lo arreglamos, en 10 días es la reunión, que tiene que pasar en estos 10 días, que un tsunami se lo lleve.
—Vos siempre decís que el viejo debe tener el corazón un poco jodido ¿no?
—Qué sé yo… es fuerte como una mula el muy maldito
—Mirá “a grandes males, grandes remedios” decía mi viejo. En la clínica, yo tengo acceso a drogas muy peligrosas… como vos sabés…
— No… ¿de qué estás hablando?
— Hay drogas que, usadas aun en pequeñas cantidades, un corazón viejo no las aguanta.
— ¿Qué estás insinuando? ¿Qué mate al viejo?
—Y… ¿se te ocurre otra cosa mejor…?
— ¡Querés que encima vaya en cana!
— No es necesario ir preso, nadie lo descubrirá, lucirá como un infarto. El problema es cómo hacer que lo tome.
—El viejo es muy desconfiado y no le da chance a nadie, hasta se hace traer el whisky directamente de Escocia, una malta, no sé cómo carajo se llama, añejada en robles y no sé qué más.
—La droga que yo te digo no tiene ni olor, ni gusto y, mezclada con whisky, es perfecta. Tenés que conseguir que el viejo la tome, pone tu mejor cara, hacele tomar un whisky y metele la droga en el vaso. Yo te la consigo.

Dos días después Jorge está sentado en un sillón en la oficina de Don Manuel; su suegro está en el escritorio.
—Jorge debo informarte de una decisión que he tomado y que sé que no me perdonarás pero es por el bien de la empresa, de tu familia y, quizás también, para tu propia tranquilidad.
—Don Manuel nos sé que será pero… suena importante. Me tomaría un trago, ¿me acompaña? ¿tiene todavía por acá esa malta escocesa tan buena?
—Sí, servime a mí una medida también.
Mientras Jorge busca el whisky, Don Manuel encuentra la carta que quiere darle a Jorge. Se sorprende al ver que no está puesta de la forma que él siempre guarda las cartas en los sobres. Estaba doblada con el texto a la vista. Él nunca hubiera puesto una carta así. Alguien la había leído. Mira a su yerno que estaba sacando los vasos del mueble. Se queda unos segundos pensativo. Su viejo cerebro se mueve rápido, la vida es dura, la competencia es feroz y él aprendió que hay que considerar siempre todas las posibilidades.
—Jorge, pedile a Teresa que no nos moleste nadie, por favor.
Jorge sale de la oficina y, cuando vuelve a entrar, Don Manuel ya tiene su whisky en la mano. Jorge toma el otro y ambos van a sentarse a los sillones.
—¡Salud, Jorge! que Dios nos ahorre charlas como éstas en el futuro.
Ambos toman un trago
—Jorge, por el bien de tu familia — un segundo trago los dos.
Manuel se queda callado con la mirada fija en Jorge.
El efecto demora unos segundos en notarse. Abre la boca intentando decir algo pero no sale sonido. Su cara comienza a trasformarse en una mueca extraña, queda pálido, sus ojos muy grandes parecen mirar al vacío. Intenta levantarse pero solo consigue elevarse unos milímetros y luego cae encorvado en el sillón, hace una seña pidiendo ayuda pero el brazo se le cae en el intento.
Manuel saborea la malta escocesa de 12 años y sigue mirando a su yerno.
Lentamente termina su whisky, se acerca a su yerno y siente el fuerte olor a almendras que sale de su aliento.
—¡Muchacho! cuando vos venías, yo ya había ido y vuelto varias veces. Nunca se debe menospreciar a un viejo comerciante.
Jorge murió con los ojos bien abiertos y una pequeña línea de espuma saliendo de su boca. Manuel esperó unos minutos, fue a su escritorio y abrió el intercomunicador con su secretaria.
—Teresa, mi yerno está muy mal, llamá urgente a mi médico
Don Manuel irradia autoridad; su voz no deja muchas dudas de quién es el que da las órdenes en ese lugar.
—Quiero evitar que haya a una investigación y esas cosas. Susana ya tendrá suficiente martirio con saber que perdió a su marido. Déjele a mi secretaria el certificado de defunción y acompáñeme a la casa de mi hija. Quiero que Ud. esté cerca cuando le dé la noticia
—Teresa, mi yerno acaba de fallecer. El doctor está haciendo el certificado, por favor, llame al gerente de la funeraria, quiero el mejor servicio para él. Yo voy a lo de mi hija con el médico. Después que se lleven el cuerpo, mande a todo el personal para la casa y ponga un cartel de “Cerrado por Duelo”. Antes de irse, deje en mi escritorio el bibliorato con la copia de todas las minutas de Directorio que firmé este mes.

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