La catarata

¿Cómo dudar de Dios ante esta maravilla? La sorprendente naturaleza, la majestuosidad de la selva, de sus verdes, del canto de los pájaros, del perfume de las flores, de los sonidos del viento entre las hojas y de los animales comunicándose.
Toda esa belleza alimentándose, atravesada por el agua, la vida del planeta.
La catarata es un canto a la vida, ese regalo que se nos da para disfrutar y hacer de ella algo maravilloso, nuestra propia catarata.
Entonces recordé otra selva, la hecha por los hombres.
De bloques y chapas, gris y hedores. Sólo se oyen gritos de personas agresivas, en los basurales se ven ratas y, en los fondos de las casuchas, perros flacos. Únicamente al cielo se le ha permitido conservar su color.
Allí caen los que no pueden vivir en otros barrios. Son los marginados.
Cuando los Sánchez fueron desalojados por no poder pagar el alquiler, se fueron a una casita en la orilla de la villa. La familia vivió con angustia el proceso de decadencia. El padre perdió su trabajo en el frigorífico y, tras mucho deambular, debió resignarse a entrar como guardia de seguridad en una empresa. Le pagaban muy poco pero era algo. Su señora, Hortensia, trabajaba para una empresa que disponía de personal para cuidar enfermos. Entre los dos juntaban escasamente para poder comer y pagar gastos fijos. Entonces, debieron bajar otro escalón. Los hijos, Margarita y Ángel, aún eran jóvenes.
Rosa, la hermana mayor de Hortensia, vive cerca. Cose para afuera y, con eso, le iba bien. Su marido había sido portero de un banco y ahora recibe una jubilación. Están bien. Tienen dos hijos pero ya casados. Margarita es jovencita, va al liceo y la ayuda con la costura a la tía que le paga unos pesos.
Enterados de la situación y de la peligrosidad del barrio al que estaban obligados a mudarse, Rosa les ofreció a los padres que Margarita se quedara con ellos, así seguía trabajando y continuaba en el liceo.
Era lo mejor y aceptaron agradecidos. Se verían los domingos.
Ángel se mudaría con ellos.
Los hermanos eran muy unidos. Ángel tuvo que convencer a Margarita que tenía que quedarse con los tíos.
Se mudaron, tratando de sobrellevar la situación penosa. Los padres con sus viajes largos para sus trabajos y Ángel, en el nuevo liceo, no quiso angustiar más a sus padres con sus problemas y se fue encerrando. Manifestaba que todo estaba bien.
Cuando los domingos los visitaba Margarita, corría a hablar con Ángel. Ella le contaba todo, expresaba todos sus sentimientos. Sin embargo, Ángel callaba y pensaba: “Si te contara Margarita lo que es este lugar no lo podrías creer. Aún no sé cómo son realmente pero, salvo unos pocos, son brutos, groseros, guarangos y tenés que simular ser como ellos, para que te respeten. Son desalmados, por suerte, te quedaste. Un problema menos. No respetan ni a las madres, ni a las hermanas. Sólo respeta la fuerza, el valor para arriesgarse, el coraje para los desafíos a la autoridad, la posesión de cosas que solo pueden tenerlas si las roban. Respetan al ladrón. Al que es capaz de participar en negocios sucios pero lucrativos como las drogas o ser reducidores.
Esos son los exitosos del barrio.”
Ángel terminó cuarto año y pensó que debía trabajar. Empezó con changas. Repartos los fines de semana, ayudar a los feriantes y, de esa manera, hacía sus pesitos. El liceo fue pasando a segundo plano. Necesitaba plata y le faltaba fuerza para hacer las dos cosas.
“La vida del feriante es muy sacrificada. De madrugada salís para el mercado. Las manos con guantes de lana te quedan igual rígidas de frío. Las orejas rojas. Sólo con el movimiento lográs que la sangre circule y te dé un poco de calor. Tenés que poner en movimiento tu físico, no pensar, cinchar. Cuando volvés a tu casa, caes como plomo.”
Empieza la transformación: la piel se endurece, se oscurece, las manos se hacen callosas y duras, pierden sensibilidad. El cuerpo se robustece y la cabeza piensa solo en el trabajo, en números, desarrollas gran habilidad para las cuentas, pero el estudio, se va olvidando.
“Ahora sí siento que me mudé, Margarita, dejé de ser de otro barrio. No me siento molesto en el barrio, sólo queda en mí un rayo del pasado: tú.
Me han ofrecido drogas de mil maneras, para consumir, para vender, pero no entro. Eso lo tengo claro pero… vender cosas robadas en la feria, es un buen negocio y me dejo de bobear. Al final, después de una vida de trabajo honesto a los viejos los barrieron al suburbio. No puedo salir si sigo siendo honrado. Los peores malandras son elegantes y tienen mucha plata, viven en el lujo. Si sigo así, soy un tarado. Todos saben que voy a la feria y están contentos con que me vaya bien, no todos saben lo que vendo, porque hay dos días de mercado y otros de negocios. De a poco empiezo a decir que voy a vender cosas usadas, de segunda mano. Cada vez estoy más lejos de mi pasado.”
Para darles gusto a sus viejos, cada tanto da un examen, hace un año en dos o tres y ellos van valorando sus ingresos.
Los tíos no preguntan, las ganancias mejoran la situación de la familia y ya no piensan en volver al viejo barrio.
Se van adaptando. Aceptan y son aceptados.
Un domingo le dice a Margarita que él la va a ayudar para que ella haga la carrera que le guste. Ella tiene facilidad para estudiar tiene que aprovecharla.
Margarita quiere que se muden, que vuelvan al barrio, pero ellos ya no quieren. Le dicen que este lugar les dio suerte. Pero alientas a que ella siga adelante. Le encanta la medicina, ser cirujana. Están encantados, la apoyan todos.
Ángel es ya un hombre y se divierte con los jóvenes del barrio. Fútbol y amores o amoríos, nada serio.
Una tarde de verano van en patota a la playa. Allí, ve un grupo de su antiguo barrio, se ruboriza instantáneamente y trata de que no lo vean. Eran extraños. Ese día trató mal a su amiga de turno, le hizo notar continuamente su falta de educación, su mala conducta, la promiscuidad de su familia y regresó solo. El malhumor le duró unos días pero después profundizó su alejamiento y la aceptación de los códigos nuevos. Comenzó con el contrabando pesado. Prosperó económicamente. Ya había caído en la maraña delictiva.
Margarita hizo su carrera de médico y empezó su especialización.
Una noche de diciembre, se reunió con otros contrabandistas para festejar el fin de un año próspero y brindar por épocas aún mejores. Tomaron en exceso, jugaron a las cartas y, cuando la policía les gritó que estaban rodeados, se enloquecieron y empezaron a disparar.
Él se quedó quieto, esperando. Llegó un disparo. Cuando entró la policía, lo encontró sentado, sin armas y sosteniéndose el pecho. Les pidió que le avisaran a su hermana que era médica.
Inmediatamente, fue trasladado al hospital. Llamaron a Margarita que lo encontró con vida. Se agarraron de la mano, ella lo abrazó recostando la cabeza en su pecho y mirándolo le pidió a Dios que lo ayudara. Entonces, lo oyó murmurar: tú eres mi maravilla y sintió que el corazón le estallaba en una catarata.

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