Esos grandes ojos

La niña abrió muy grandes sus ojos y se agarró de la pollera de su tía-abuela sin dejar de mirar a la oficial de policía que anotaba algunas cosas en una libreta.

—Señora… ¿Ud. sabe si mi mamá murió?

Ella estaba acostumbrada a ver personas pasar por crisis muy graves, no quedaban muchas cosas terribles que no hubiera visto en su trabajo pero, la pregunta de la niña, la dejó paralizada. La tía-abuela no contuvo el sollozo y la policía salió de la habitación.

Esos ojos era más que un símbolo del dolor. Eran la cruda imagen del miedo. “A esta edad, una criatura no debería sentir ese miedo” pensó angustiado la oficial de policía.

El informe decía que los asaltantes del pequeño comercio se ofuscaron al no encontrar dinero en la caja y comenzaron a disparar. La mamá de la niña, su padre y su hermano de 16 años murieron instantáneamente.

La Jueza recibió a la niña con su tía-abuela  pocos días después del incidente.

—Señora. ¿Considera Ud. que está en condiciones de criar a esta niña hasta la mayoría de edad?

—Sí, Señora Jueza… es lo menos que puedo hacer.

—Matilde, ¿entiendes tú que esta señora, tu tía-abuela, cumplirá  ahora las funciones de madre y padre contigo?

La chica demoró unos segundos, miró a las dos y dijo muy despacio,—sí.

Unos seis meses después, Matilde volvió a concurrir a la escuela. Las maestras, informadas de lo que había pasado, hicieron lo posible por facilitar su reinserción. La niña hablaba muy poco, preguntaba casi nada y no se comunicaba con sus compañeras. Lo único que la destacaba eran sus enormes ojos con esa permanente expresión de miedo y de dolor.

En el Liceo, la conocieron como silenciosa y triste. Muy pocas compañeras se le acercaban y ella siempre respondía con actitud temerosa. La tía-abuela intentó que la ayudaran médicos, sicólogos y hasta una institución religiosa pero todo fue inútil. Matilde nunca se integró con las chicas y chicos de su edad y pasaba la mayor parte del tiempo en su casa.

A la edad en que las muchachas comienzan a salir a bailar y a fiestas con sus compañeros, Matilde se concentró en su soledad. Solo salía de su casa para ir al trabajo que la tía-abuela le había conseguido en un comercio del barrio.

Cuando ella falleció, Matilde tenía 19 años y, la nueva pérdida, terminó de encerrarla en sí misma. Rara vez salía de la pieza donde se instaló a vivir.

Esa tarde, había sido muy tranquila en el negocio, muy pocos clientes se atrevían a salir con ese frío y Matilde ocupaba su tiempo ordenando una estantería. El dueño del negocio, Don Fernando, era un señor que, conmovido por la tragedia de la solitaria muchacha, hacía lo posible por  charlar con ella durante las largas jornadas de trabajo.

El primero en entrar no llamó la atención del propietario aunque, con la gorra y los lentes de sol, no lucía como un cliente normal. Inmediatamente, entraron los otros dos. Fue claro para Matilde y Don Fernando que los estaban asaltando.

El que parecía líder del grupo sacó de entre su ropa un enorme revolver negro y lo encañonó frente al dueño, otro ladrón con un cuchillo se acercó a Matilde y le dijo:

—Quedate quieta y decime inmediatamente ¿dónde está la plata?

Ella miró al patrón y se quedó petrificada sin saber qué hacer. La recorría una ola de frío por su cuerpo y la dominaba un recuerdo de espanto.

En ese momento, una señora, ignorando totalmente la situación, entró al local conversando con una niña de unos 10 años. El ladrón que amenazaba a Matilde tomó a la niña del pelo, le puso el cuchillo en la garganta y gritó:

—¡Me dan toda la plata ya o le corto el pescuezo a esta guacha!

Matilde, paralizada, comenzó a sentir que la dominaba una enorme furia; una rabia que nacía de la desesperación y se convertía en fuerza. Ya había visto todo lo que tenía que ver, ya le había pasado todo lo que tenía que pasar, ya  había perdido a toda su familia, ya estaba sola y asustada ante el mundo, ya no tenía más ganas de vivir.  Le habían arrebatado su pasado, su presente era intolerable y rechazaba el futuro vacío. Había perdido todo y… cuando todo está perdido, como por un milagro, se pierde también el miedo. Ya no queda nada a que temerle.

Con la cara enrojecida y una fuerza desconocida, la muchacha empuja al ladrón que amenaza a la niña, le tira una estantería encima al otro y corre enfurecida a clavarle sus uñas en la cara al tercero. Los tres delincuentes, sorprendidos por la inesperada reacción, sólo atinan a tirar un par de tiros que rompen vidrios pero no hieren a nadie y a salir corriendo del comercio.

Sola, enojada, con sus grandes ojos lanzando llamaradas y sus puños crispados, Matilde insulta y maldice a gritos a los ladrones que se pierden en la oscuridad.

En ese momento, se promete no tener nunca más miedo ni siquiera a la muerte. Nada ni nadie, la volverá a hacer sentir  miedo.

— ¡Ay abuela! ¡Qué historia más triste! ¿Por qué escribiste esto? Yo te dije que en la clase de Ciencias Sociales nos pidieron que escribiéramos una historia de la época de nuestros abuelos pero… ¡no puedo llevar esto a la clase!

—Tienes razón querida.  Mejor no la lleves. Es una historia muy vieja y muy triste. Para mañana, te escribo otra más alegre. Pero… hagamos una cosa, dame un sobre y guardemos la historia, lo cerramos y tú te lo guardas para siempre. Si algún día… te sentís perdida o te domina el miedo, reléela.

La abuela escribió en el sobre: “Solo para leer cuando sientas mucho mucho miedo”.  La nieta lo puso inmediatamente en un lugar secreto y miró a la abuela con sus grandes ojos llenos de complicidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.