La bendita lluvia

Fue por allá por donde no llega el agua del río Eufrates y tampoco la del Tigres, donde las piedras se parten solas por el calor del sol, donde los hombres arañan la tierra en desesperación tratando de sacarle algo de vida, donde por miles de años vivieron y sufrieron  ignorados por los Dioses. En esas tierras, un abuelo encorvado rompe los terrones con su azada y un niño lo sigue enterrando la semilla. Es el mediodía, el sol en el cenit los abraza pero siguen trabajando. Deben plantar mucho antes de la noche y rogar que llueva lo suficiente para que las semillas sobrevivan y crezca la comida que la familia necesita.

—Abuelo ¿tú crees que lloverá realmente?— pregunta el muchacho.

—Si hijo, no temas, las lágrimas de Indra salvaran nuestra cosecha.

—¿Por qué estás tan seguro de que la Diosa llorará sobre nuestro plantío?

—La Diosa ama a los hombres y nunca nos abandonará.

—Pero… ¿cómo sabe ella que la necesitamos hoy?

—Porque su compañero, Ashur, se lo dirá.

—¿Cómo sabes tú todo eso abuelo?

El viejo decide que es hora de descansar, se acomodan  a la sombra de unos arbustos, comparten un poco del agua que trajeron de su casa y comienza a contarle al nieto la historia de Indra.

—Hace mucho tiempo, cuando los hombres  eran muy pocos y no sabían ser felices, pasaron estas cosas. Los Dioses vivían  más allá de aquellas altas montañas, en un lugar al que los mortales nunca podrán llegar. Anu, el Dios mayor, tenía muchos hijos e hizo muchas leyes que establecían cómo debían comportarse los Dioses. Una de esas leyes era que nunca debían mezclarse con los hombres. Su hija menor Indra, que era  la más linda entre todas las Diosas, jugaba todo el tiempo, reía, cantaba y repartía felicidad por todo su mundo. Su padre, que la adoraba, le permitía muchas cosas y ella a veces se escapaba un poco de las  normas. Las demás Diosas miraban con recelo a Indra por ser la preferida. Y podes creerme hijo mío que no hay nada más peligroso que una Diosa con envidia.

Un día la más mala entre ellas le contó a Indra muchas historias sobre los hombres y la tentó a que fuera a su mundo a conocerlos. Así, la Diosa niña desobedeciendo la regla número uno bajó a la tierra a conocer a los humanos. Mientas caminaba por unos campos  áridos y secos como estos se encontró con un joven pastor, llamado Azur que volvía con su rebaño. Caminaron juntos un tiempo conversando por ese desierto y sin saber muy bien por qué se enamoraron. Indra juró que no sería más Diosa, que solo quería vivir con su amado y éste le prometió que moriría antes de abandonarla. Vivieron muchos años juntos y fueron muy felices. La Diosa  le enseñó a su amante el poder del fuego, el arte de la cosecha, cómo hacer de un puñado de barro una casa y también le dio las leyes que deben seguir los hombres para convivir en paz. Pero lo más valioso que le enseñó Indra fue a reír, a cantar, a amar a los demás y a ser feliz. Cuando el Dios Anu, se enteró de lo que estaba haciendo su hija se enojó muchísimo, la separó de su amante y la condenó a llorar eternamente. “Con tus lágrimas mojarás las tierras de estas bestias” le dijo muy enojado y, desde entonces, Indra nos da la lluvia de sus lágrimas que nos permiten cosechar el trigo.

—Pero… abuelo ¿cómo sabe ella donde se necesita la lluvia?

—Después que Anu condenó a su hija predilecta, sintió pena y le dijo que el castigo sería eterno pero antes le concedería un único deseo y, la muy pícara, le dijo “Necesito a Azur a mi lado  para que me diga cada día sobre que tierras llorar”. Y, aunque Anu no quedó muy conforme, cumplió con el deseo de su hija que ahora, junto a su amado, llora de felicidad todos los días.

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