La Chacra

A la chacra de las Ottamendi sólo se puede ir de día. Aunque el sol esté alto, a las siete ya se ponen nerviosas y desaparece la sonrisa de la cara de las tres hermanas y vos sentís la necesidad de irte. Hasta los peones se retiran al pueblo quedando ellas aisladas.

La casona está lejos de la ruta. El camino de entrada, siempre impecable, está custodiado por enormes eucaliptos que perfuman el sendero y frenan los girasoles que se inclinan para saludarte.

Después de atravesar la portera, comienza el parque con jardines de reyes. Es muy variado el color de las flores que rodean la enorme fuente de aguas cristalinas, donde se pasean cisnes blancos y negros con sus crías que se mecen suavemente indicándote el ritmo en el que se vive en este mundo. Para llegar a la casa  hay que bordear la fuente y ellos te miran. El resto del parque es una alfombra verde salpicada con antiguas herramientas que lucen nuevas y que nunca supe para que servían.

Al promediar la mañana, las tres hermanas están sentadas en la balaustrada con alguna tarea en sus manos. Te reciben con alegría y nada parece alterarse con tu llegada hasta las siete de la tarde.

Un día, al retirarnos pasamos a comprar quesos y dulces por un pueblito cercano. Hacían exquisiteces y nos demoramos, pese a los tics del que nos atendía con ganas de echarnos. No bien salimos cerró todo a cal y canto.

Quedamos solos, todo había cerrado. La ruta iluminada sólo por el atardecer.

Al día siguiente, no pudimos recordar qué había pasado, buscamos las fotos, probables testigos del atardecer pero a partir de las siete de la tarde salieron negras.

Nunca más volvimos.

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