La decisión

Ya lo tenía pensado de antemano.

Había indagado sobre el asunto.

Obtenido ya toda la información de buena fuente para poder llevarlo a cabo.

Estaba decidido a cumplir con mi cometido.

Emprender tamaña tarea reportaba un esfuerzo fuera de lo común.

Me instaba a incursionar por lugares desconocidos.

Hubiese querido delegar responsabilidades pero, no hallando quién hiciera ardua tarea, me sometí a darle final a dicho propósito.

Ese aciago día llegó acompañado de un calor tropical sin brisa. De esos días en que hasta el alma tiene pereza de pensar.

Hice todos los preparativos esenciales que me permitieran alejarme con la total tranquilidad de que el mundo seguiría siendo mundo aunque yo me ausentara un par de horas.

Entonces, emprendí la salida en aquella tarde calurosa de diciembre.

Debía de ser lo más precavido y reservado posible para no levantar sospechas.

Y, con una disculpa cualquiera, me acerqué a la Interbalnearia.

Ahí, agazapados y apilados bajo una garita, se encontraban un par de personas que, como yo, debían de exponerse a las radiaciones solares a una hora impropia para llegar a obtener su recompensa.

El trayecto no revestía entretenimiento alguno sea porque ya lo conocía, sea porque aventurarse a mirar por la ventana polvorienta daba más sensación de aridez de la que realmente había en el exterior.

Revisé mis pasos para no dejar nada al azar.

Las horas no pasaban. Volví a mirar el paisaje que lucía desdibujado bajo un espejismo mortal de desierto donde todo se confunde.

Miré cada una de las posibles potenciales víctimas que yacían adormiladas por el calor sofocante del ómnibus.

Al cabo de una eternidad, descendí en el lugar acordado por mi informante.

A esa hora, no se veían demasiados transeúntes que expusieran su vida. ¡Mejor aún! Eso facilitaba mi cometido.

Volví a leer las instrucciones que me habían entregado para no desviarme de lo mío.

Entonces, anduve por lugares grises, las casas y las veredas seguían esa misma gama de colores, desde los más pálidos grises a los más acentuados negros. La felicidad no había llegado por ahí o, por lo menos, en mucho tiempo no los visitaba. Los balcones lucían como vegetaciones mortecinas solo tallos gruesos y espinosos, sin señales de flores que los embelleciesen.

Deparé con el lugar, un escaparate que apenas podía verse.

Apoyé mi rostro curvando, mis manos a los costados de mi sien para poder visualizar algo dentro de esa vidriera.

Un enmarañado de artículos yacía por doquier. Infinitas capas de tierra cubrían todo a su alrededor. Cortinas de las más finas telas de arañas pendían de las esquinas.

Envalentonado, me dispuse a entrar.

Anuncié mi presencia… Silencio.

Esperé inquieto… Nada que denotase vida terrestre.

Me volteo para irme y siento un sonido parecido a una voz humana que venía no sé de dónde.

Me detengo, espero ansioso.

De entre los cacharos, surge la figura de un anciano decrépito, daba la sensación de que pertenecía a la otra vida y aun no se lo había percatado.

Le expongo mi propósito cuando ya había  recobrado mi semblante.

Me extiende lo que vine a buscar, me quedo extasiado al verme reflejado en esa lámina tan larga, ancha y filosa pronta para ser usada sin piedad.

Levanto la vista, vuelvo a recorrer ese lugar que me provoca aprehensión y reparo que me encuentro solo nuevamente.

Un hilo de voz emite un sonido a mis espaldas. El sudor que había traído desde la calle se me había secado de golpe y entonces un escalofrío corrió por mi columna.

Dirijo mi aterrada mirada donde sospechaba que venía esa débil voz y me encuentro con un habitáculo similar a las casetas para ventas de entradas en los parques de diversiones.

Me era difícil saber si era una verdadera persona la que estaba detrás de eso porque estaba totalmente atrincherado. Infinidad de estampitas de mil formatos y alusivas a mil cosas cubrían lo que antaño sería el lugar de la caja registradora.

Ante el desconcierto de mis ojos, veo asomarse por debajo de la ventanilla unos pequeños y delgados dedos que se retorcían con movimientos similares a los de una tarántula.

Después, surgió algo que me dejó más calmo, era lo que acompañaba a esos dedos macabros. Era el resto de la mano que traía consigo la boleta de compra del cuchillo pizzero que le regalaríamos a un miembro de la familia en la navidad de ese año.

Supe que, después de mi visita, ese mundo del más allá que había quedado parado en el tiempo había cerrado sus puertas. Sentí, en mi delirio veraniego que, tal vez, me habían estado esperando a mí.

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