La historia de un cuadro

En el Paris de 1900, Jean Pierre era un modesto pintor de cuadros de plazas, grandes catedrales, caminos de campaña, todas esas escenas que les gustan a los turistas que llegan  de todos los continentes atraídos por los encantos de la gran capital. Trabajaba durante el día en una almacén de granos y de noche  pintaba sus oleos que un amigo terminaba con marcos dorados. Marie, su mujer, se ponía en uno de los andenes de  la estación y vendía los cuadros de su marido. Cuando éste murió de una enfermedad incurable, ella se quedó sola con dos muchachos para criar. Su único recurso fue una pieza llena de cuadros con escenas de Paris.

Aquella tarde, del tren que venía de Lyon, bajó una pareja de unos 50 años muy bien vestidos y hablando un idioma que Marie no entendió pero que pudo distinguir como español. Ernestina se paró a mirar los cuadros que Marie ofrecía y, con una frase que ésta no comprendió, hizo que su marido le comprara uno con una escena de una plaza de París. Por muchos años, el cuadro ocupó un lugar central en el pequeño escritorio de la casa de la estancia del matrimonio.

Cuando su esposo falleció, Ernestina vendió el campo y se vino a Montevideo a un pequeño apartamento en la calle San José. Sus hijos, ya grandes, habían formado sus familias propias.

Ella pasó sus últimos años en el centro de la ciudad reviviendo sus recuerdos. Sentada en el living miraba frecuentemente cómo la luz de la ventana iba cambiando los tonos de la escena de aquella plaza de Paris según la hora del día. El viejo marco dorado a la hoja mostraba algún desgaste pero la memoria más gastada aun de Ernestina recordaba claramente su alegría el día que su esposo le compró ese cuadro en la Garde de Lyon. Mirándolo, dio sus últimos suspiros según contó la empleada que la encontró sentada ya sin vida. Los hijos repartieron los bienes; los muebles y adornos se venderían en un remate

 

Martha y Juan habían estrenado su gran casa, los ahorros para construirla, las discusiones con el arquitecto, las largas conversaciones sobre cómo decorarla fueron parte importante de los comienzos de esa familia que empezaba a crecer. Primero, fueron buenos muebles, luego, las alfombras y dejaron para el final el gasto en los cuadros. Cuando llegó el momento de decorar las paredes se pusieron de acuerdo en que comprarían solo buenas pinturas, figurativas y con marcos importantes. Recorrieron galerías, remates de arte y anticuarios por meses sin encontrar lo que querían.

Una tarde, cuando se remataba el mobiliario que había sido de Ernestina en su  apartamento en la calle San José, entre varios cuadros sin mucha importancia Martha se enfrentó a la plaza de Paris. Para alegría del rematador, levantó la mano ansiosa y marchó esa misma tarde a colgar el primer cuadro de su nueva casa. Los años trajeron otros cuadros a hacerle compañía pero Martha nunca cambió de su lugar de privilegio, a ese, el primer cuadro que con gran orgullo comenzó a adornar su preciada casa.

El mundo, en su constante girar, trajo buenos y malos momentos a los dueños del cuadro y una triste tarde la plaza de Paris marchó junto a otros bienes al remate. Sus dueños marcharon aún más lejos al otro lado del mundo buscando mejores horizontes.

Un tiempo después de que Martha falleciera y de que Juan se estableciera de nuevo en Montevideo,  mientras recorría la sala de pintura de una casa de remates se volvió a enfrentar a la vieja y conocida plaza de Paris. Con el marco algo machucado y una fina capa de polvo, pasaba desapercibido pero Juan supo que estaba allí esperándolo a él. Cuando lo colgó en el mejor lugar de su nuevo hogar, pensó que lo mejor que podría pasarle a él sería dar sus últimos suspiros mirando esa querida vieja escena de esa  plaza de Paris.

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