Blanquita

Salieron de la fiesta aletargados. Ella, antes de subir al auto, se bajó el cierre del costado del vestido que saltó hacia adelante liberando al estómago que estrujado hacía la digestión de la boa.

Se tiró en el asiento y miró a su marido que despacio estiraba una pierna, se sentaba y miraba la otra estudiándola para detectar si podría entrar también en el espacio que le quedaba. Cumplida la tarea, se agarró del volante y acomodó el traste en el asiento dándose contra el volante.

Una vez instalados arrancó corcoveando.

—Anda despacio, está lleno de zorros— sargenteó en un suspiro.

La mano derecha le temblaba cuando quería hacer los cambios.

El coche sufriendo empezó a recorrer la ciudad. Surcaron las calles vacías por suerte. La noche era clara y hasta la luna los quiso ayudar pero, un pestañeo alargado por el alcohol, los terminó tirando contra el cantero del medio, dieron varias vueltas y, finamente, se estrellaron.

Quietos quedaron los dos.

Estallaron los tambores.

— ¡Mamá! ya empezaron. Nos están llamando—la niña bailaba alrededor de la fuente del patio — ¿Sentís el tamborileo?

—Blanquita, ya voy.

—Baja, baja que los pierdo.

—Están calentando nena —decía mientras se acomodaba bajando la escalera.

Salieron las dos, recorrieron la angosta calle que parecía un zaguán apretadas con otros. Casi no la dejaban bailar. Se integraron a la placita que era el centro del baile.

Ahí, Blanquita voló al medio donde el fuego, el humo y la locura general impedían ubicarla.

—A esa niña le tira la sangre de África. Del padre tiene solo la piel.

Mientras creció bailaba tan bien que le perdonaron su color.

Otra vez un blanco irrumpía llamándola. Ella no quería volver, se aferraba a la delicia de su pasado lejano.

“Que me dejen” pensó “no fueron suficientes un padre y un marido. Éste de blanco ¿qué quiere?”

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