Dominado

Tanto lo aterraban los sueños, que le tenía miedo a la noche.
Los tragos le daban coraje pero lo tiraban en la dormidera que lo hacía perder el control de sus actos y caer en las garras de su conciencia.
La mañana era dura. Entre la angustia, la resaca y el dolor de cabeza costaba levantar ese cuerpo que lo acompañaba hacía tanto tiempo. Lo lograba porque desde el fondo de no sabe qué lugar del cerebro una vocecita se acercaba a ayudarlo diciéndole
“No sos pobre, ni vas a serlo más”.
Eso provocaba una descarga de energía y prendía el motor de su desmedida ambición. El cuerpo se sentaba en la cama y hasta ahí llegaba. Despacio el líquido vital lo recorría lentamente, cada órgano del viejo iniciaba el día.
A medida que se enderezaba atrincheraba los temores y se desataba el demonio que creció con él, desde que sintió a su madre llorar de hambre.
Con el estudió, no hubo revés de la vida que lo detuviera, no se permitió sentimientos, ni piedad, solo amó a su madre.
Crecieron en él la avaricia, la envidia y el rencor.
Ahora, rico, viejo y solo, los fantasmas le arruinaban las noches y los días eran cada vez más cortos.

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