Julián

En una cosa estaban de acuerdo casi todos en la Oficina y era que él pintaba como un joven con una carrera de ejecutivo por delante. Más allá de eso, había opiniones encontradas. Cuando llegó a la Empresa, hacia más de tres años, nadie lo conocía. El Gerente dijo que venía muy recomendado por uno de los Directores pero nadie llegó a saber cuál era el Director que lo apadrinaba. Julián resultó muy campechano, colaboraba con todos en el trabajo y siempre estaba bien dispuesto para las comidas y reuniones sociales con sus compañeros.
Cuando tuvo una discusión un poco fea con Atilio por un asunto de unos pocos pesos que, según este, Julián le debía, todos se sorprendieron un poco.
Atilio decía que Julián le había pedido dinero una tarde que fueron juntos al hipódromo y que nunca se lo había devuelto. La situación derivó lentamente en que los dos compañeros de trabajo no se hablaran más. El asunto pasó al olvido cuando a Atilio, con una pérdida importante de beneficios, lo transfirieron a otra sucursal de la empresa.
En la Oficina, se manejaban documentos de pagos, cheques y otros valores lo que obligaba a tener un sistema bastante elaborado de control de los mismos.
Cuando el auditor externo hizo el informe de fin del año denunció el faltante de unos valores de casi 50000 dólares. Se hicieron arqueos de las cajas, se revisaron varias veces los archivos y se controlaron las transacciones hacia atrás en el tiempo sin resultado alguno. Julián terminó el informe que le habían encomendado indicando que claramente la persona responsable de la pérdida debería ser Alicia, una señora algo mayor que era responsable del seguimiento de los cheques de clientes. Además de su informe, él tuvo unas largas conversaciones en privado con el Gerente en las que le informó lo que averiguó sobre algunos detalles de la vida y niveles de gastos de la señora Alicia. El gerente agradeció mucho a Julián esta información y, unos meses más tarde, Alicia fue despedida.
Nadie en la Oficina supo del informe reservado pero casi todos notaron que Julián se había convertido en el empleado favorito del gerente.
Fernando, supervisor en Contabilidad, desarrolló una verdadera amistad con Julián y se hicieron compañeros. Así fue que Fernando le contó a Julián todos sus problemas personales, del tratamiento siquiátrico que le mandaron, de la inseguridad que sentía y de lo traumático que fue para él que su mujer lo dejara.
Nadie entendió por qué a Fernando lo transfirieron a un trabajo de menos responsabilidad en uno de los depósitos de la empresa, lo que le causó una depresión mayor y se dijo que había tenido un intento de suicidio. Julián comentó a todos la pena que le daba ver a tan buen muchacho en esas condiciones.
Cuando el informe policial finalmente se hizo público quedó claro que los investigadores no tenían la menor idea de quién podría haber cometido tan horrendo crimen. El cuerpo había sido cortado en cuatro partes y luego destrozado con un elemento contundente. El título del periódico decía: “El horrendo crimen de un exitoso joven ejecutivo”.

La monarca

Mi vida pende de un hilo, intento asirme como puedo.
Espero soportar las inclemencias para sobrevivir un día más.
Tengo el temor de no saber lo que vendrá.
Adormecida y amortajada me siento, apenas puedo discernir lo que me ocurre.
Me observo, me desconozco, ya no sé quién soy.
O quizás… el velo que ahora me envuelve impide que vea a mí alrededor.
Rastreo en mi memoria indicios que me conduzcan por ese laberinto de interrogantes.
Fantaseo mil cosas en el lapso de tiempo que llevo aletargada.
Oruga quisiera ser y despertar en otro cuerpo.
Siento ahora todo mi ser entibiándose con la caricia del sol.
Irrumpiendo a la vida, voy desprendiéndome de mi capullo.
Sueño despierta, lugares infinitos que me lleven mis alas multicolores de mariposa.

María

Una vez más la jornada había terminado. Aquella taberna sucia y maloliente además de ser su lugar de trabajo también era su hogar; covacha que compartía con su patrona, la dueña del recinto, mujer autoritaria, mezquina y de personalidad sombría.

La taberna era una choza armada sobre terrones de barro, cubierta por un simple techo a dos aguas que las protegían de las lluvias y les ocultaban las cautivadoras noches.

La tenue luz de tres lámparas de aceite eran testigos del simple mobiliario, cuatro mesas en madera barata y corroída por el tiempo, acompañadas por dos taburetes a cada lado y, más atrás, un mesón de hierro herrumbrado y mugroso que le servía a la dueña de mostrador y le daba cierta importancia al lugar.

A María no debía llevarle mucho tiempo limpiar pero, su cansado cuerpo y la escaza alimentación, le daban guerra a su joven voluntad. No se sabía qué edad tendría la muchacha. La mala vida y los malos tratos le habían borrado los gestos, la risa, la lozanía y, sobre todo, las ganas de vivir.

Una vez terminada la tarea, se dispuso a cenar. Pero no pudo llevar la cuchara de sopa a la boca pues una oleada de calor invadió todo su cuerpo y sintió como se agolpaba la sangre en su cabeza. Se balanceó de un lado a otro sobre el plato y, apoyando las manos en la mesa con toda la fuerza posible, sintió un dolor punzante en el pecho. Aquellos brazos cansados no la pudieron sostener más y cayó sobre el asqueroso tazón de sopa desparramando el líquido caliente. Sus ojos quedaron abiertos e inmóviles.

Solo la luz de la lámpara fue testigo de su partida.

María sintió su alma libre y su espíritu en paz; ya no le pesaba el cuerpo ni tampoco le dolían sus manos. Una dulce sensación de bienestar la invadió por completo, pudo ver el cielo contaminado de estrellas, una luna suave y espejada acompañada de una cálida brisa que le besaba la cara y jugueteaba con su cabello. Así, volvió al campo de donde una vez había partido, a acurrucarse bajo la sombra de un frondoso árbol de cacao donde, por fin, disfrutaría de un merecido descanso.

Dos mujeres

A ella no le importa porque está acostumbrada, soy yo la que sufro viéndolo llegar borracho como una cuba todas las noches.

Mi hija se acuesta temprano, cierra la puerta del cuarto y hace lo que quiere. Yo la dejo. Es buena chica, deseé su nacimiento como lo más importante de mi vida. Lee un rato, mira la TV y se duerme y al otro día le sonríe al padre como si fuera un santo.

Como si no escuchara mis súplicas y las roncas palabras incoherentes que salen de su boca babeante y, después, el sonido del desplome del cuerpo sobre la cama.

Yo aguanto por ella, para que tenga una familia, pero por dentro zumba la ira y me quema viva. ¿Por qué nos hace esto? Podríamos ser una familia feliz si fuera el de antes de nacer ella, el que yo quería. Pero no hay manera de convencerlo. A mí ya no me oye.

Yo sé que, cuando deja a la nena en el colegio, para en un boliche y se toma una o dos para sentirse bien.

Este drama se arrastra por años agravándose.

Es un hombre vencido por el vicio. Su esposa sin darse cuenta cae en una odiosa transformación. Dolor, rencor y falsedad son dueñas de su vida de apariencias. Piensa que disimula, que nadie se da cuenta de su tragedia y que su hija ignora una realidad que explota por toda la casa.

La niña crece dominada por el sentido de lealtad a dos personas enfermas que protege desde siempre como puede, guareciéndose en su dormitorio y sonriendo por las mañanas, encerrada en su mundo de fantasía que la aleja de sus pares.

El dolor la aísla y la hace diferente. El amor se troca en odio y el odio en culpa.

La paz la abandona para siempre, se vuelve contra los dos y es, en ese momento, que el padre termina de matarse, dejando a dos mujeres perdidas.

Tres mujeres

Es una mañana cálida con un sol resplandeciente, Don Arturo camina por la vereda hacia el boliche lentamente, cuidando sus pasos, arrimado a la pared. Sus ojos, con incipientes cataratas, se nublan por la luz del sol.

Entra al local, saluda al mozo, apoya su bastón en una silla y se sienta en la otra.

—Traeme el café, por favor— le dice al mozo mientras acomoda su cuerpo para poder mirar a la calle a través de la ventana.

Éste le pregunta si quiere también los biscochos de todos los días.

— ¿A vos te parece que a mi edad voy a cambiar de gustos?—le contesta con una ligera sonrisa.

El muchacho prende la radio y la voz de Gardel se apodera del antiguo boliche. El veterano le da las gracias y se apresta a mirar el cambiante desfile de la calle.

Saltando y corriendo como una bandada de gorriones pasa un grupo de escolares con sus grandes moñas azules. El viejo los mira y su tramposa memoria lo lleva al patio de una escuela, las baldosas de mármol blancas y negras como un gigante tablero de ajedrez, la cuerda que pica en cada vuelta y la niña que salta más y más alto, sus largos rulos resplandecientes. Ella se para frente a él un segundo, lo mira con picardía y sigue corriendo tras sus amigas.

El mozo le trae el desayuno mientras Gardel sigue cantando “y al mundo las campanas dirán que ya eres mía”.

Ahora está envuelto en una penumbra. Contra la blanca pared ve esa cara brillante, esos labios rojos entreabiertos, el pelo recogido que deja la frente como desnuda. Siente el pecho de la muchacha latir contra el suyo, el beso es un fuego. Los dos se sumergen en ese viejo misterio que, aunque nadie entienda, todos pueden llegar a sentir.

El mozo se acerca con otro café y le dice —Don Arturo, este café es atención de la casa, para los clientes fieles como Ud.

—Gracias muchacho, muchas gracias.

Una señora joven con un bebe en brazos mira hacia el interior del local como para preguntar algo pero sigue su camino.

Don Arturo la observa mientras toma lentamente su bebida. Sus ojos entre nieblas traen otras escenas.

La cara de cansada, las grandes ojeras, el brillo de la piel sudorosa, todo lo supera la enorme sonrisa de la mujer, mientras el pichón de muchacho a los chupetazos llena su panza con vida. Él besa con cariño la cálida frente de esa madre.

En la calle, sigue el desfile mientras el viejo termina su desayuno.

Cuenta lentamente unos pocos billetes arrugados, los deja en la mesa, se levanta, toma su bastón y con un gesto de saludo deja el boliche.

Mientras Don Arturo con su lento tranco se encamina a la cercana pensión donde vive, el Mago continua desgranando su letanía “la angustia de haber sido y el dolor de ya no ser”.

Hitos

Alborotado, el apartamento asistía a un hecho inusual. Las risas tempranas sacudieron la modorra, antes que el sol.

Lágrimas y carcajadas pautaron el día hasta que, en medio de un extraño silencio, la puerta se abrió para dejar salir a la novia hacia su futuro.

El hall del edificio era dominado por la negra figura de la señora del portero que lucía una sonrisa desconocida y una mirada enamorada robada, sin duda, de algún momento de su pasado remoto.

Cuando la novia partió, giró su cabeza para mirar hacia atrás y un flash retumbó desde el fondo de su misterioso cerebro y selló el momento archivándolo para siempre.

 

Su padre no estaba. Durante el trayecto, lo recordó vivamente. Lo volvió a  ver sentado en el auto esperando y a su madre que los apuraba.

—Vengan, papá está cansado.

Ella y su hermano apuraban el paso a empujones.

—Suban por Dios.

La alterada voz de la madre inquietaba. La cara de papá decía más. Su sonrisa era tierna, sus ojos miraban fijo, alternando sus caras con el edificio que estaba abandonando.

Cuando el coche arrancó, miró para atrás y ella sola escuchó

—Acá, no van a volver.

 

Llegó a la iglesia, se enderezó y, lo más firme que pudo, avanzó.

La emoción enloqueció la memoria y otro flash acudió.

 

Estaba en la puerta de la casa de los abuelos. Oyó la endurecida voz de su madre:

—Cerrá la puerta, pasá la tranca y poné el candado. No lagrimees.

Sin querer pensar ni sentir, congelada, hizo lo que se esperaba de ella. Subió al auto y partió

Al mirar hacia atrás, vio que dejaba allí su niñez.

 

Llegó al altar. La vida siguió. Llegaron los hijos y volvieron los veranos de infancia.

 

Cuando junto a su marido recorrió la casa del balneario, cerrando todo para entregarla a sus nuevos dueños, se dio cuenta que ese momento ya lo había vivido muchas veces.

Achuchada en pleno verano, se refugió en el auto.

Al arrancar, sin querer, activó el mecanismo ancestral que le ordena mirar hacia atrás, registrar el momento y guardarlo.

 

La vida continuó, la rueda no para.

 

Ayer, volvió a mirar hacia atrás.

Volver

Agazapado vino acercándose sin demasiados preámbulos,

hasta que hubo un día que inexorablemente se hizo evidente.

Entonces él, el que siempre camina junto a las agujas del reloj,

fue llegando despacito desde la lejanía para quedarse.

Cumpliendo el designio de la vida.

Pequeñas, frágiles y arrugadas manos,

se posaron sobre cerrojos y postigos,

cediendo fueron ellos,

dándole paso al tibio sol que se animaba a entrar.

Gélido era el aire que habitaba en la deshabitada casa.

Solo ahí pareciera que el tiempo se hubiese detenido.

Fantasmagóricas figuras yacían debajo de los lienzos,

cobrando vida a medida que su estampa se dejaba ver.

Antes que el crepúsculo se hiciera presente,

grandes leños ardían entibiando ellos el hogar.

Había pasado ya tanto tiempo

que el olvido se había olvidado de vivir

y permanecía en algún rincón de la casa,

esperando ser rescatado por la memoria.

—Avísame cuando estés llegando.

— yo… ¿qué hago?… acondiciono la casa.

Al transcurrir el día, un soplo de paz  se había depositado en los agitados corazones de ellas dos.

La noche se vino cerrando y la complicidad del silencio que había amainado los palpitares de sus seres se derrumbó.

Con furia, se desató el vendaval azotando la casa.

Inclinadas, como pidiendo clemencia,

las ramas golpeaban sobre los techos,

a través de las celosías pasaban despavoridas las sombras,

que el viento desdibujaba retorciendo su perfil.

Una ahogada y tenue voz llegó a mi dormitorio, y dijo:

—No puedo dormir… ¡estoy aterrada!

…entonces mi tiempo dejo de andar en ese preciso momento,

y ahí estaba ella, con su pijama lánguido, desgarbada, de pie descalzo, ocultando tímidamente su rostro tras la almohada.

— ¿puedo dormir contigo?

…no hablé… no pude.

Me hice a un lado, abrí las mantas como lo había hecho tantas veces antes,

y esperé a que se acomodara y que le llegara el sueño abrazada a su almohada.

Mi memoria rescató lo que retuve en el olvido,

entonces dejé de contener el muro

que retenía mis lágrimas…