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Agazapado vino acercándose sin demasiados preámbulos,

hasta que hubo un día que inexorablemente se hizo evidente.

Entonces él, el que siempre camina junto a las agujas del reloj,

fue llegando despacito desde la lejanía para quedarse.

Cumpliendo el designio de la vida.

Pequeñas, frágiles y arrugadas manos,

se posaron sobre cerrojos y postigos,

cediendo fueron ellos,

dándole paso al tibio sol que se animaba a entrar.

Gélido era el aire que habitaba en la deshabitada casa.

Solo ahí pareciera que el tiempo se hubiese detenido.

Fantasmagóricas figuras yacían debajo de los lienzos,

cobrando vida a medida que su estampa se dejaba ver.

Antes que el crepúsculo se hiciera presente,

grandes leños ardían entibiando ellos el hogar.

Había pasado ya tanto tiempo

que el olvido se había olvidado de vivir

y permanecía en algún rincón de la casa,

esperando ser rescatado por la memoria.

—Avísame cuando estés llegando.

— yo… ¿qué hago?… acondiciono la casa.

Al transcurrir el día, un soplo de paz  se había depositado en los agitados corazones de ellas dos.

La noche se vino cerrando y la complicidad del silencio que había amainado los palpitares de sus seres se derrumbó.

Con furia, se desató el vendaval azotando la casa.

Inclinadas, como pidiendo clemencia,

las ramas golpeaban sobre los techos,

a través de las celosías pasaban despavoridas las sombras,

que el viento desdibujaba retorciendo su perfil.

Una ahogada y tenue voz llegó a mi dormitorio, y dijo:

—No puedo dormir… ¡estoy aterrada!

…entonces mi tiempo dejo de andar en ese preciso momento,

y ahí estaba ella, con su pijama lánguido, desgarbada, de pie descalzo, ocultando tímidamente su rostro tras la almohada.

— ¿puedo dormir contigo?

…no hablé… no pude.

Me hice a un lado, abrí las mantas como lo había hecho tantas veces antes,

y esperé a que se acomodara y que le llegara el sueño abrazada a su almohada.

Mi memoria rescató lo que retuve en el olvido,

entonces dejé de contener el muro

que retenía mis lágrimas…

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