Dos mujeres

A ella no le importa porque está acostumbrada, soy yo la que sufro viéndolo llegar borracho como una cuba todas las noches.

Mi hija se acuesta temprano, cierra la puerta del cuarto y hace lo que quiere. Yo la dejo. Es buena chica, deseé su nacimiento como lo más importante de mi vida. Lee un rato, mira la TV y se duerme y al otro día le sonríe al padre como si fuera un santo.

Como si no escuchara mis súplicas y las roncas palabras incoherentes que salen de su boca babeante y, después, el sonido del desplome del cuerpo sobre la cama.

Yo aguanto por ella, para que tenga una familia, pero por dentro zumba la ira y me quema viva. ¿Por qué nos hace esto? Podríamos ser una familia feliz si fuera el de antes de nacer ella, el que yo quería. Pero no hay manera de convencerlo. A mí ya no me oye.

Yo sé que, cuando deja a la nena en el colegio, para en un boliche y se toma una o dos para sentirse bien.

Este drama se arrastra por años agravándose.

Es un hombre vencido por el vicio. Su esposa sin darse cuenta cae en una odiosa transformación. Dolor, rencor y falsedad son dueñas de su vida de apariencias. Piensa que disimula, que nadie se da cuenta de su tragedia y que su hija ignora una realidad que explota por toda la casa.

La niña crece dominada por el sentido de lealtad a dos personas enfermas que protege desde siempre como puede, guareciéndose en su dormitorio y sonriendo por las mañanas, encerrada en su mundo de fantasía que la aleja de sus pares.

El dolor la aísla y la hace diferente. El amor se troca en odio y el odio en culpa.

La paz la abandona para siempre, se vuelve contra los dos y es, en ese momento, que el padre termina de matarse, dejando a dos mujeres perdidas.

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