María

Una vez más la jornada había terminado. Aquella taberna sucia y maloliente además de ser su lugar de trabajo también era su hogar; covacha que compartía con su patrona, la dueña del recinto, mujer autoritaria, mezquina y de personalidad sombría.

La taberna era una choza armada sobre terrones de barro, cubierta por un simple techo a dos aguas que las protegían de las lluvias y les ocultaban las cautivadoras noches.

La tenue luz de tres lámparas de aceite eran testigos del simple mobiliario, cuatro mesas en madera barata y corroída por el tiempo, acompañadas por dos taburetes a cada lado y, más atrás, un mesón de hierro herrumbrado y mugroso que le servía a la dueña de mostrador y le daba cierta importancia al lugar.

A María no debía llevarle mucho tiempo limpiar pero, su cansado cuerpo y la escaza alimentación, le daban guerra a su joven voluntad. No se sabía qué edad tendría la muchacha. La mala vida y los malos tratos le habían borrado los gestos, la risa, la lozanía y, sobre todo, las ganas de vivir.

Una vez terminada la tarea, se dispuso a cenar. Pero no pudo llevar la cuchara de sopa a la boca pues una oleada de calor invadió todo su cuerpo y sintió como se agolpaba la sangre en su cabeza. Se balanceó de un lado a otro sobre el plato y, apoyando las manos en la mesa con toda la fuerza posible, sintió un dolor punzante en el pecho. Aquellos brazos cansados no la pudieron sostener más y cayó sobre el asqueroso tazón de sopa desparramando el líquido caliente. Sus ojos quedaron abiertos e inmóviles.

Solo la luz de la lámpara fue testigo de su partida.

María sintió su alma libre y su espíritu en paz; ya no le pesaba el cuerpo ni tampoco le dolían sus manos. Una dulce sensación de bienestar la invadió por completo, pudo ver el cielo contaminado de estrellas, una luna suave y espejada acompañada de una cálida brisa que le besaba la cara y jugueteaba con su cabello. Así, volvió al campo de donde una vez había partido, a acurrucarse bajo la sombra de un frondoso árbol de cacao donde, por fin, disfrutaría de un merecido descanso.

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