Tres mujeres

Es una mañana cálida con un sol resplandeciente, Don Arturo camina por la vereda hacia el boliche lentamente, cuidando sus pasos, arrimado a la pared. Sus ojos, con incipientes cataratas, se nublan por la luz del sol.

Entra al local, saluda al mozo, apoya su bastón en una silla y se sienta en la otra.

—Traeme el café, por favor— le dice al mozo mientras acomoda su cuerpo para poder mirar a la calle a través de la ventana.

Éste le pregunta si quiere también los biscochos de todos los días.

— ¿A vos te parece que a mi edad voy a cambiar de gustos?—le contesta con una ligera sonrisa.

El muchacho prende la radio y la voz de Gardel se apodera del antiguo boliche. El veterano le da las gracias y se apresta a mirar el cambiante desfile de la calle.

Saltando y corriendo como una bandada de gorriones pasa un grupo de escolares con sus grandes moñas azules. El viejo los mira y su tramposa memoria lo lleva al patio de una escuela, las baldosas de mármol blancas y negras como un gigante tablero de ajedrez, la cuerda que pica en cada vuelta y la niña que salta más y más alto, sus largos rulos resplandecientes. Ella se para frente a él un segundo, lo mira con picardía y sigue corriendo tras sus amigas.

El mozo le trae el desayuno mientras Gardel sigue cantando “y al mundo las campanas dirán que ya eres mía”.

Ahora está envuelto en una penumbra. Contra la blanca pared ve esa cara brillante, esos labios rojos entreabiertos, el pelo recogido que deja la frente como desnuda. Siente el pecho de la muchacha latir contra el suyo, el beso es un fuego. Los dos se sumergen en ese viejo misterio que, aunque nadie entienda, todos pueden llegar a sentir.

El mozo se acerca con otro café y le dice —Don Arturo, este café es atención de la casa, para los clientes fieles como Ud.

—Gracias muchacho, muchas gracias.

Una señora joven con un bebe en brazos mira hacia el interior del local como para preguntar algo pero sigue su camino.

Don Arturo la observa mientras toma lentamente su bebida. Sus ojos entre nieblas traen otras escenas.

La cara de cansada, las grandes ojeras, el brillo de la piel sudorosa, todo lo supera la enorme sonrisa de la mujer, mientras el pichón de muchacho a los chupetazos llena su panza con vida. Él besa con cariño la cálida frente de esa madre.

En la calle, sigue el desfile mientras el viejo termina su desayuno.

Cuenta lentamente unos pocos billetes arrugados, los deja en la mesa, se levanta, toma su bastón y con un gesto de saludo deja el boliche.

Mientras Don Arturo con su lento tranco se encamina a la cercana pensión donde vive, el Mago continua desgranando su letanía “la angustia de haber sido y el dolor de ya no ser”.

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