Crimen por encargo

Juchas llegó temprano, golpeó a la puerta y se sorprendió al ver una anciana con aspecto amable y sonriente. Preguntó por el Profesor y la respuesta de la señora lo desconcertó aun más.

—Se nota que no lo conoce; él salió hace un raaato— dijo la mujer con una sonrisa.

Estaba resultando diferente de lo que había pensado. El trabajo de liquidar al Profesor debería ser simple. El encargue era del Ruso, uno de los distribuidores de droga más pesados. Juchas había aprendido que en este negocio dos cosas son fundamentales: No conocer a la víctima de antemano y terminar la tarea rápido.

Se alejó de la casa pensando que decirle al Ruso. En realidad, ya le preocupaba más la reacción del traficante que el dinero acordado. Nunca había fracasado en un trabajo y decidió que no sería esta la primera vez. Haría guardia, lo más discretamente posible, hasta ver llegar al Profesor a su casa. Y si esa vieja estaba presente debería matarla también, ella lo había visto y lo podía identificar.

A medianoche, vio a un hombre de más o menos su edad entrar a la casa. Por las fotos que le mostraron, podría bien ser el Profesor. Con la agilidad de un felino, Juchas corrió a la puerta y, de un empujón, impidió que el Profesor la cerrara. Este de la sorpresa no reaccionó y, mientras tastabillaba, lo deslumbró el fogonazo del disparo. El tiro de remate fue exactamente en el medio de la frente.

Al oír el grito de la anciana, Juchas giró sobre sí mismo y los dos disparos fueron al pecho de la mujer.

Cumplida su tarea salió caminando con normalidad para perderse en la oscuridad de la noche. Al otro día, vería al Ruso para cobrar por su trabajo. Ahora, se iría a su habitación en un viejo edificio del centro. Juanita, su actual compañera, seguramente lo acompañaría con unos vinos para bajar la tensión.

Juchas no había tenido una vida normal, no conoció a su familia, se crió en albergues, vivió en la calle y aprendió a sobrevivir siendo más violento que los demás. Fue portero de prostíbulo, guardaespaldas y cobrador de cuentas de droga, hasta que se graduó de sicario cuando el Ruso le comenzó a encargar asesinatos. Juchas pasó así a vivir del antiguo oficio de matar por dinero.

Habían pasado algunos días y ya estaba gastando la plata de su último trabajo cuando llamó a su pieza el comisario Hernández, un hombre mayor, algo gordo, con cara de buen tipo y a quien Juchas conocía.

—Enrique Martínez, alias Juchas, por favor acompáñeme a la seccional, estoy en medio de una investigación y necesito hablar con Ud.

—Disculpe comisario, pero ahora estoy ocupado, iré más tarde –dijo Juchas.

—No me jodas Juchas. No me obligues a llevarte por la fuerza, es mejor que hagas lo que te pido— la voz del veterano imponía autoridad y Juchas conocía algunas historias sobre sus procedimientos. Mejor hacerle caso.

Cuando el policía se sentó frente a Juchas, tenía una carpeta con mucha documentación.

—Necesito saber que hacías el día 12 de este mes frente al número 345 de la calle Libertadores entre las 11 y las 12 de la noche, te conviene no mentirme.

—No sé Comisario… yo no me memorizo lo que hago todos los días, supongo que habré pasado por allí cuando iba al centro… pero cómo me voy a acordar de la hora o de ese número que me dice…. ¡Qué sé yo, Don!

—Escúchame bien Juchas, tengo la declaración de dos testigos que te vieron escondido en la entrada del galpón frente a ese número. Uno de ellos asegura que entraste a empujones a la casa después de Julián Martínez. Los vecinos denunciaron los disparos y nosotros encontramos a Julián y a su madre, Ernestina Martínez, muertos. Con los datos que tengo al Juez le puede llevar media hora decidir condenarte por doble crimen premeditado.

El asesino profesional se desmoronó, no sabía que decir y, finalmente, confesó pero se resistió a contar el motivo de los crímenes.

—Juchas lo único que puede aliviar tu condena es que nos digas por qué los mataste. ¿Fue por un encargo?

—No… no… nadie me encargó… fue un error, yo…realmente… no sabía lo que hacía— el asesino en su tartamudeo resultaba incoherente.

Finalmente el Comisario explotó.

— Pero… ¡carajo! ¿Me vas a decir por qué mierda mataste a tu madre y a tu único hermano? ¡Maldito animal!

—¡Qué madre…! ¡qué hermano…! ¿De qué habla Comisario? Yo maté a ese Profesor y a esa vieja.

El policía abrió la carpeta y sacó un documento.

— ¡Mira imbécil! Esta es tu partida de nacimiento, ¿entendés ahora? Pero no te amargues demasiado… si no te entra en tu cabeza vas a tener, por lo menos, 25 años para pensarlo tranquilo.

La trastienda

Cuando la mañana despertó con su cielo amenazante de nubarrones grises, él ya se encontraba traspasando el umbral de aquella gran puerta que lo recibía solemnemente.

La designación que le habían otorgado no le conformaba, no era lo anhelado, sin embargo, había que resignarse al destino.

Los tiempos corrían difíciles, el desempleo azotaba con garrote fuerte y sopesaba sobre los hogares.

A medida que él avanzaba por los innumerables pasillos, más distante y empequeñecida se veía la puerta, al igual que todo su ser.

Las órdenes ya le habían sido impartidas de antemano. A él le correspondía un gran manojo de llaves y el pabellón A.

Su calidad de civil jugaba un papel importante pues se había guarnecido en ese pabellón y eso correspondía a estar fuera del contacto con otros reos peligrosos.

Sin embargo, su tarea requería de mucha atención ya que debía de frustrar cualquier intento por parte de los presos de poner fin al encierro buscando de alguna manera infringirse algún daño.

Por aquellos días, supo granjearse el respeto y el afecto de quienes estaban a su cargo que no pasaban de pequeños delincuentes de poca monta.

También supo que ese pabellón, en especial, era visitado asiduamente por un individuo de aspecto lúgubre que llegaba enfundado en una nube de humo que le envolvía hasta el alma. Era tísico, escuálido y de mirada rapaz.

Muchos le temían, sabían a lo que venía. Tenía el poder de convencer con su diálogo locuaz y solo le bastaba con una sola mirada para detectar a la víctima.

Según se decía, traía la palabra del descanso eterno, del reconforto que les aguardaba en el otro mundo.

Entonces, ese hombre de aspecto taciturno, agudizó sus ojos sobre la presa fácil y lo arrinconó.

El joven a quién había visualizado apenas podía mantenerse en pie porque sufría de pena por haber dado el mal paso. Abatido, casi sin vida, lo dejó con su verborragia sutil. Previendo de antemano el desenlace, reconoció que no hacía falta más conversación, dada la situación en que se encontraba ya el reo.

El siguiente paso, según el plan, sería volver, ni bien lo llamaran, para tomar las medidas del cajón e impartir los gastos a los deudos.

Preocupado por la salud del joven, el nuevo carcelero pidió consejo al cura con aspecto carroñero.

Éste, para su sorpresa, lo puso al tanto del negocio truculento y de las ganancias efectuadas gracias al deceso, un poco precipitado, pero al fin necesario para la disminución de la población carcelaria.

Dicho en boca del fúnebre “había que hacer algo por esas vidas olvidadas de la mano de Dios”.

Esa piedad sórdida no fue interpretada, ni concebida del mismo modo por el carcelero.

De tal forma que tuvo que sortear muchos escollos y llegar hasta los más altos mandos para que su voz se escuchara, en pos de aquellos que no podían hablar, para que sus gritos de salvación no se quedaran solamente retumbando entre las paredes como si fuesen ecos.

A medida que avanzaba por los innumerables pasillos mortecinos del pabellón C, el funebrero se acercaba más a su nueva morada.

Cuando la puerta grande se abrió para darle paso al carcelero, la mañana se vistió celestial.

Las tinieblas de la ignorancia

No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro.  La oscuridad de esta celda y la pena del encierro  me han  sumido en el olvido del transcurrir de los días y han dejado mi sonrisa en un lugar remoto del pasado.

Me gustaría escribir pero solo puedo pintar en la tela sutil de mi pensamiento el paisaje de la mujer que fui.

He atravesado cada puentecito del pueblo y recorrido polvorientos caminos con mi morral a la espalda repleto de hierbas y bayas. Las hallé  conviviendo con la inmensa serenidad de la campiña  y las he cortado con reverente silencio agradeciéndoles la sabiduría ancestral de la que son portadoras.

Puedo decir que son muchas las mujeres  a las  que he ayudado y dado alivio en el duro trance de dar a luz.

Siendo aún pequeña, fui iniciada por mi propia madre en este noble oficio quien me confió los secretos para mitigar el dolor y proporcionar bienestar a aquellas que solicitaran mi ayuda.

Desde ese momento, me he sentido cómplice y hermana de todas ellas como si fuéramos hijas de una única Madre dispensadora del placer y la sensualidad arrebatados a nuestro cuerpo.

Ella, guardiana de  los sueños femeninos, estará disponible para protegernos.

De noche, tendida en la helada piedra, invoco su nombre y le pido que cuide a mi niña para que este precioso don pueda transmitirse resguardado del mal.

No imaginé que éste me sorprendiera una soleada tarde en la plaza cuando volvía de recolectar mis preciadas plantas. Venía alegre, cantando distraída una tonada y, cuando divisé su hábito encapuchado ceñido con el cordón y el rosario, ya era muy tarde. Los ojos acerados y escrutadores del fraile domínico me paralizaron, al igual que un cazador desarma su presa. Intentaba oponer resistencia al temblor de mis brazos pero era inútil un instintivo miedo los obligaba a desobedecer mi voluntad. Sentí que el morral se resbalaba y caía al suelo volcando parte de su contenido. Un par de frutos de belladona rodaron y fueron a quedar frente a las sandalias  del fraile. Una rabia intensa me hizo apretar los dientes al tiempo que veía como él recogía los frutos y los olía. Un gesto de desprecio en su cara me anunció que su corazón solo albergaba rencores y, que al igual que los demás varones de su clase, promovía desde el púlpito la represión de nuestras cualidades más genuinas. Seguidamente, tomó la bolsa, la guardó entre sus ropas y, apuntándome con su índice, dijo que por fin había dado con la prueba de mi culpa. Su voz sonaba atronadora y prepotente cuando citó el Génesis, me acusó de desobedecer la ley de Dios y amenazó con una pena ejemplificadora para todas aquellas que, como yo, renegábamos del castigo por el pecado original de Eva.

Dicho esto agregó: “Pronto tendréis noticias mías”. Me dio la espalda y se alejó.

Esa noche, mi desvelo se vio poblado de oscuros presagios que solo lograba olvidar cada vez que miraba el cándido rostro de mi niña durmiendo tranquilamente a mi lado.  Al día siguiente, al abrir la ventana para recibir el sol mañanero, vi a dos soldados del Santo Oficio acercarse por el sendero. Venían por mí.

Hoy, en esta prisión húmeda y maloliente, mientras espero el veredicto, agrego en mi paisaje imaginado la mujer que soy: una sabia entre otras tantas descendientes de Eva conscientes de su destino.

Decires de mujeres

Me hubiera gustado que alguien me lo haya dicho antes

de mirar tus ojos plagados de engaño

que hicieron a un lado

mis locos ensueños.

 

Quizás el sabido secreto estalló en mi voz

en oscuros  reproches

opacando la luz de lo dicho

a través de mi boca.

 

Hubiera guardado en mi cuerpo los sutiles gestos

de aquellos encuentros

para no ser entregados

al dulce olvido con tu partida.

 

Quizás convocadas las muchas mujeres que habitan en una

respondiendo al llamado eterno

vienen a tu encuentro

en un fatal conjuro.

Hubo un tiempo atrás…

…que cerquita de mi corazón lo tuve

y en mi regazo lo mecí;

…que mis días fueron iguales a mis noches

y velando su sueño permanecí.

…que confiado se dejó llevar en su primer paso

y, animándolo, le dejé ir.

Fue el tiempo aquel…

 …que impulsé un columpio;

…armé un castillo de arena;

…hicimos deberes;

…soplamos velitas;

 Era lindo verles crecer junto a nosotros.

Después, vinieron los años rebeldes.

La parafernalia de la moda.

Los cumpleaños de quince.

Las discotecas, los noviecitos.

Los viajes estudiantiles.

Y entonces…

nuestro mundo empezó a trastabillar.

 Pero…

a pesar de todo, los seguíamos teniendo junto a nosotros.

 Hasta que hubo un tiempo…

que no tuvimos más alcance sobre ellos

porque… los chicos crecen

y esos pequeños cuerpitos

que cargaban gigantescas mochilas

ahora, llevan otra carga…

la de sus propias vidas…

El campo

El viejo no hablaba, gruñía; por eso, todos decían que era malo cuando, en realidad, la voz se le había agarrotado de poco uso y del tinto que lo acompañaba en sus noches de campo.

Hacía tiempo que la familia que había formado en años mozos, gracias a la prosperidad que el viejo le había sacado a la tierra, se había refugiado en la ciudad.

Al principio, los hijos pasaban las vacaciones en el campo pero, con el tiempo los nietos pidieron veraneos de playa y el campo fue perdiendo espacio y el padre también.

Su señora lo quería pero no entendía por qué él no hacía un esfuerzo para acompañarla y compartir juntos el progreso de los hijos.

—Cualquiera pensaría que no tengo marido—se lamentaba. —Sólo sabes vivir en el campo.

—Tenés que traer a Romualdo a pasar el verano en el campo. Él se debe hacer cargo de todo cuando ya mi cuerpo no de más. Acaso no les decís que ellos viven de esto.

—A Romualdo le gustan las letras… Cuando hablo de tus trabajos, a él no le interesa pero a Juanita le importa más.

—Eso pasa por tu obsesión con la educación de los hijos, soñaste siempre con el hijo doctor. Las mujeres no entienden al campo. Debí frenar eso y obligarlos a quedarse acá, como tantos padres lo hicieron.

—No puedo creer que no aspires a otra cosa para ellos.

—Vamos a ver qué futuro van a tener porque siguen todos viviendo del trabajo que tanto desprecian.

—Nadie desprecia nada… vos sos el que desprecia la ciudad.

Y esas eran las posiciones en pugna que mantenían los dos, dejándolas a un lado para vivir en pareja el tiempo que podían.

Terminada la educación, la madre de a poco retornó a acompañar al gruñón y los hijos tomaron distancia de ambos.

Él siempre espera que alguno vuelva; ella siempre sufre por todos.

Él ya casi no habla pero lleva en sus ojos el amor por ella, por la cría y por su tierra.

El secreto

Giovanni era hijo de un matrimonio italiano que se había instalado en las afueras de Montevideo antes del comienzo del siglo XX. Su padre explotaba una plantación de viña y producía su propio vino. Con  su hermano se criaron entre podas de  viñedos,  vendimias y toneles. Para ellos, el mundo tenía olor a vino tinto.

Él era un joven  alegre, muy sociable y siempre dispuesto a disfrutar de la vida con sus amigos. Con el correr de los años, esos amigos se fueron casando pero él se mantenía libre. Don Juan, calavera, bonvivant y otros calificativos le decían sus amigos pero, en el fondo, todos lo envidiaban un poco.

Con Ernestina, una de sus amigas, se fue generando una relación más seria. La presentaba a sus amigos como su novia lo cual no impedía que mantuviera otras relaciones menos formales con otras mujeres. La novia oficial no sabía o, sí sabía,   toleraba esas indiscreciones de Giovanni. Por varios años, se prolongó el noviazgo. Él vivía en la casa de sus padres y ella con su madre en otro barrio de la ciudad.

Uno de sus mejores amigos era un hombre muy formal que llevaba una vida muy ordenada.  Juntos armaron un negocio de producción de vinos que durante varios años funcionó  con éxito.

El hijo de inmigrantes italianos había conseguido algo poco común, tener su negocio marchando, tener su novia fiel y sazonar su vida con otros ocasionales amoríos. Pero su cuerpo le cobró caro sus excesos y, a una edad relativamente joven, le detectaron una enfermedad incurable.  Los médicos le dieron un pronóstico poco alentador, su hígado estaba más allá de toda posibilidad de recuperación.

Nadie supo bien que cosas pasaron por la mente de Giovanni al verse frente a la posibilidad de morir joven pero sorprendió a todos anunciando su casamiento. Fue una hermosa fiesta y a  sus amigos y familiares  les dio una gran alegría.

Ernestina tenía dos grandes deseos, uno era casarse y formar su casa con Giovanni  y la otra ser madre. La naturaleza no la ayudó y la maternidad no llegaba, hicieron consultas, de todo tipo  pero fue inútil, el diagnóstico fue que nunca podría quedar embarazada.

Un día, cuando Giovanni  ya conocía su suerte,  le dijo a Ernestina que conseguiría una criatura para criarla como suya pero que nadie debía saber la verdad. Le contó solo a su socio bajo promesa de secreto lo que pensaba hacer. Todos deberían creer que la criatura era de Ernestina.

Giovanni tenía de sus amoríos relación con una chica de una zona alejada de Montevideo  y  resultó que esa chica quedó embarazada.

Bajo sus instrucciones, su mujer comenzó a decir entre sus familiares y amigos que ella estaba embarazada Simuló síntomas, cambió su estilo de ropa y se la rebuscó para ir aparentando que su vientre iba creciendo.

Él le prometió que, para la fecha que correspondía, conseguiría una criatura recién nacida y la anotarían como propia.

Una tarde le dijo a su mujer que se preparara para internarse en la clínica para partos. El médico principal los esperaba e internó a Ernestina en una discreta sala individual.

Un par de días después ingresó a la misma clínica la muchacha a punto de dar a luz y, tras un parto muy normal, una saludable niña lloró por primera vez. Ernestina salió muy feliz con la niña anotada en el registro civil como hija de ella y Giovanni. Los tres se mudaron a una casa que Giovanni había comprado en otro barrio.

La verdadera historia quedó protegida en el silencio de los pocos que la conocían.  Giovanni dejó este mundo habiéndole cambiando para bien la vida a tres mujeres. Una esposa fiel y estéril que consiguió ser madre; una joven que encontró solución a un problema difícil y una niña que crecería sin llegar a saber que su vida podría haber sido muy diferente.

El goleador

Varios chicos juegan a la pelota en un potrero. Uno de ellos está parado en medio de la cancha, inmóvil; el juego se desarrolla a su alrededor, sin que nadie le pase la pelota ni lo increpe por su inacción.

El chico sale de la cancha, camina pausadamente y entra a una casa.

En la cocina,  una señora pone tres platos en  la mesa y llama a una chica para cenar. Ella se sienta  y la señora sirve dos platos de polenta. El chico pasa frente a la mesa y se dirige a un dormitorio sin que nadie hable con él. La señora y la chica cenan en silencio. El tercer plato queda vacío. Después de comer, la señora guarda el plato y los cubiertos no utilizados.

La chica se va a su dormitorio; su cara refleja angustia. La señora entra a otro dormitorio. Las paredes están cubiertas con fotos de jugadores de fútbol famosos, sobre una mesita hay una pelota con una firma. De un perchero, cuelga una guitarra eléctrica demasiado nueva. La señora abre un poco la cama y enciende la luz, se retira del cuarto y se va a su dormitorio. Se acerca a la cómoda que tiene un portarretrato con la foto de un muchacho vestido con equipo de fútbol y un pelota bajo el brazo, enciende una vela nueva en un candelero al lado de la foto, reza un Ave María y se acuesta. Sobre la mesa de luz reposan dos libros: La Biblia en la Nueva Versión Romana de la Vulgata  y el “Libro de los Espíritus” de Allan Kardec.

El chico vuelve a salir de la casa y camina hacia la cancha de fútbol. Es una noche muy oscura.

El camino

La luz se empezó a filtrar por la ventana hasta invadir el dormitorio donde Emma no quería despertar.

Cuando el calor del sol quemó su cuerpo, se corrió buscando las sombras, para seguir en la cueva, único lugar en el que podía vivir.

Su acongojado corazón latía con la intensidad de un tambor sobado, pero su sonido era macabro.

La cabeza chorreaba pensamientos inconexos que caían sobre su cuerpo como cascada y el dolor del golpe del agua en  la roca en que se había convertido la hacía sentir que seguía con vida.

El sol dio vueltas y Emma fue perdiendo fuerzas.

En ese momento de abandono total, los hábitos se acercaron y, como robot, sació su sed y siguió su camino.

El tiempo fue otro aliado que al deslizarse molió la roca. El día que pudo quedarse al sol había cruzado el  puente angosto y vio en la neblina el largo camino que la estaba esperando.

Verano

Entornadas permanecen aún con su abrazador calor, las puertas estivales.

En un intento por quedarse, el verano va prolongando las horas del día.

Entonces,  en la cima del cielo azul, el sol resplandece con más luminosidad.

Cuando la noche lo llama a dormir, se va con su manta naranja por temor a enfriarse.

Despacito para no asustarlo, el telón de la noche va cubriendo su luz.

Y él arrullado se deja mecer en un mar de bostezos.

Entusiasmando por tanto esplendor, el verano, al intruso, no lo vio llegar.

Sigiloso y travieso, el otoño una rendija encontró.

Aplacando con su borrasca despiadada la viva llama del sol.

Por temor a extinguirse, el sol partió para brillar con intensidad en otras tierras.

Ya no están más entornadas las puertas estivales porque el viento arremolinado las abrió de par en par.

Y él reinó austero con su frescura otoñal en su castillo de hojas secas.