El camino

La luz se empezó a filtrar por la ventana hasta invadir el dormitorio donde Emma no quería despertar.

Cuando el calor del sol quemó su cuerpo, se corrió buscando las sombras, para seguir en la cueva, único lugar en el que podía vivir.

Su acongojado corazón latía con la intensidad de un tambor sobado, pero su sonido era macabro.

La cabeza chorreaba pensamientos inconexos que caían sobre su cuerpo como cascada y el dolor del golpe del agua en  la roca en que se había convertido la hacía sentir que seguía con vida.

El sol dio vueltas y Emma fue perdiendo fuerzas.

En ese momento de abandono total, los hábitos se acercaron y, como robot, sació su sed y siguió su camino.

El tiempo fue otro aliado que al deslizarse molió la roca. El día que pudo quedarse al sol había cruzado el  puente angosto y vio en la neblina el largo camino que la estaba esperando.

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