El campo

El viejo no hablaba, gruñía; por eso, todos decían que era malo cuando, en realidad, la voz se le había agarrotado de poco uso y del tinto que lo acompañaba en sus noches de campo.

Hacía tiempo que la familia que había formado en años mozos, gracias a la prosperidad que el viejo le había sacado a la tierra, se había refugiado en la ciudad.

Al principio, los hijos pasaban las vacaciones en el campo pero, con el tiempo los nietos pidieron veraneos de playa y el campo fue perdiendo espacio y el padre también.

Su señora lo quería pero no entendía por qué él no hacía un esfuerzo para acompañarla y compartir juntos el progreso de los hijos.

—Cualquiera pensaría que no tengo marido—se lamentaba. —Sólo sabes vivir en el campo.

—Tenés que traer a Romualdo a pasar el verano en el campo. Él se debe hacer cargo de todo cuando ya mi cuerpo no de más. Acaso no les decís que ellos viven de esto.

—A Romualdo le gustan las letras… Cuando hablo de tus trabajos, a él no le interesa pero a Juanita le importa más.

—Eso pasa por tu obsesión con la educación de los hijos, soñaste siempre con el hijo doctor. Las mujeres no entienden al campo. Debí frenar eso y obligarlos a quedarse acá, como tantos padres lo hicieron.

—No puedo creer que no aspires a otra cosa para ellos.

—Vamos a ver qué futuro van a tener porque siguen todos viviendo del trabajo que tanto desprecian.

—Nadie desprecia nada… vos sos el que desprecia la ciudad.

Y esas eran las posiciones en pugna que mantenían los dos, dejándolas a un lado para vivir en pareja el tiempo que podían.

Terminada la educación, la madre de a poco retornó a acompañar al gruñón y los hijos tomaron distancia de ambos.

Él siempre espera que alguno vuelva; ella siempre sufre por todos.

Él ya casi no habla pero lleva en sus ojos el amor por ella, por la cría y por su tierra.

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