Las tinieblas de la ignorancia

No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro.  La oscuridad de esta celda y la pena del encierro  me han  sumido en el olvido del transcurrir de los días y han dejado mi sonrisa en un lugar remoto del pasado.

Me gustaría escribir pero solo puedo pintar en la tela sutil de mi pensamiento el paisaje de la mujer que fui.

He atravesado cada puentecito del pueblo y recorrido polvorientos caminos con mi morral a la espalda repleto de hierbas y bayas. Las hallé  conviviendo con la inmensa serenidad de la campiña  y las he cortado con reverente silencio agradeciéndoles la sabiduría ancestral de la que son portadoras.

Puedo decir que son muchas las mujeres  a las  que he ayudado y dado alivio en el duro trance de dar a luz.

Siendo aún pequeña, fui iniciada por mi propia madre en este noble oficio quien me confió los secretos para mitigar el dolor y proporcionar bienestar a aquellas que solicitaran mi ayuda.

Desde ese momento, me he sentido cómplice y hermana de todas ellas como si fuéramos hijas de una única Madre dispensadora del placer y la sensualidad arrebatados a nuestro cuerpo.

Ella, guardiana de  los sueños femeninos, estará disponible para protegernos.

De noche, tendida en la helada piedra, invoco su nombre y le pido que cuide a mi niña para que este precioso don pueda transmitirse resguardado del mal.

No imaginé que éste me sorprendiera una soleada tarde en la plaza cuando volvía de recolectar mis preciadas plantas. Venía alegre, cantando distraída una tonada y, cuando divisé su hábito encapuchado ceñido con el cordón y el rosario, ya era muy tarde. Los ojos acerados y escrutadores del fraile domínico me paralizaron, al igual que un cazador desarma su presa. Intentaba oponer resistencia al temblor de mis brazos pero era inútil un instintivo miedo los obligaba a desobedecer mi voluntad. Sentí que el morral se resbalaba y caía al suelo volcando parte de su contenido. Un par de frutos de belladona rodaron y fueron a quedar frente a las sandalias  del fraile. Una rabia intensa me hizo apretar los dientes al tiempo que veía como él recogía los frutos y los olía. Un gesto de desprecio en su cara me anunció que su corazón solo albergaba rencores y, que al igual que los demás varones de su clase, promovía desde el púlpito la represión de nuestras cualidades más genuinas. Seguidamente, tomó la bolsa, la guardó entre sus ropas y, apuntándome con su índice, dijo que por fin había dado con la prueba de mi culpa. Su voz sonaba atronadora y prepotente cuando citó el Génesis, me acusó de desobedecer la ley de Dios y amenazó con una pena ejemplificadora para todas aquellas que, como yo, renegábamos del castigo por el pecado original de Eva.

Dicho esto agregó: “Pronto tendréis noticias mías”. Me dio la espalda y se alejó.

Esa noche, mi desvelo se vio poblado de oscuros presagios que solo lograba olvidar cada vez que miraba el cándido rostro de mi niña durmiendo tranquilamente a mi lado.  Al día siguiente, al abrir la ventana para recibir el sol mañanero, vi a dos soldados del Santo Oficio acercarse por el sendero. Venían por mí.

Hoy, en esta prisión húmeda y maloliente, mientras espero el veredicto, agrego en mi paisaje imaginado la mujer que soy: una sabia entre otras tantas descendientes de Eva conscientes de su destino.

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