La trastienda

Cuando la mañana despertó con su cielo amenazante de nubarrones grises, él ya se encontraba traspasando el umbral de aquella gran puerta que lo recibía solemnemente.

La designación que le habían otorgado no le conformaba, no era lo anhelado, sin embargo, había que resignarse al destino.

Los tiempos corrían difíciles, el desempleo azotaba con garrote fuerte y sopesaba sobre los hogares.

A medida que él avanzaba por los innumerables pasillos, más distante y empequeñecida se veía la puerta, al igual que todo su ser.

Las órdenes ya le habían sido impartidas de antemano. A él le correspondía un gran manojo de llaves y el pabellón A.

Su calidad de civil jugaba un papel importante pues se había guarnecido en ese pabellón y eso correspondía a estar fuera del contacto con otros reos peligrosos.

Sin embargo, su tarea requería de mucha atención ya que debía de frustrar cualquier intento por parte de los presos de poner fin al encierro buscando de alguna manera infringirse algún daño.

Por aquellos días, supo granjearse el respeto y el afecto de quienes estaban a su cargo que no pasaban de pequeños delincuentes de poca monta.

También supo que ese pabellón, en especial, era visitado asiduamente por un individuo de aspecto lúgubre que llegaba enfundado en una nube de humo que le envolvía hasta el alma. Era tísico, escuálido y de mirada rapaz.

Muchos le temían, sabían a lo que venía. Tenía el poder de convencer con su diálogo locuaz y solo le bastaba con una sola mirada para detectar a la víctima.

Según se decía, traía la palabra del descanso eterno, del reconforto que les aguardaba en el otro mundo.

Entonces, ese hombre de aspecto taciturno, agudizó sus ojos sobre la presa fácil y lo arrinconó.

El joven a quién había visualizado apenas podía mantenerse en pie porque sufría de pena por haber dado el mal paso. Abatido, casi sin vida, lo dejó con su verborragia sutil. Previendo de antemano el desenlace, reconoció que no hacía falta más conversación, dada la situación en que se encontraba ya el reo.

El siguiente paso, según el plan, sería volver, ni bien lo llamaran, para tomar las medidas del cajón e impartir los gastos a los deudos.

Preocupado por la salud del joven, el nuevo carcelero pidió consejo al cura con aspecto carroñero.

Éste, para su sorpresa, lo puso al tanto del negocio truculento y de las ganancias efectuadas gracias al deceso, un poco precipitado, pero al fin necesario para la disminución de la población carcelaria.

Dicho en boca del fúnebre “había que hacer algo por esas vidas olvidadas de la mano de Dios”.

Esa piedad sórdida no fue interpretada, ni concebida del mismo modo por el carcelero.

De tal forma que tuvo que sortear muchos escollos y llegar hasta los más altos mandos para que su voz se escuchara, en pos de aquellos que no podían hablar, para que sus gritos de salvación no se quedaran solamente retumbando entre las paredes como si fuesen ecos.

A medida que avanzaba por los innumerables pasillos mortecinos del pabellón C, el funebrero se acercaba más a su nueva morada.

Cuando la puerta grande se abrió para darle paso al carcelero, la mañana se vistió celestial.

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