Casualidades

“En realidad, lo único que ves en el otro, es lo que elegiste que él sea para ti. Tu percepción del  otro, siempre está teñida por tus propias creencias, valores, juicios, expectativas, miedos y condicionamientos. El otro, nunca es “el otro”, sino “el otro según tú”. 

Tota hace sonar el mate y se lo pasa a Beba que la mira curiosa mientras limpia con la servilleta las miguitas del pastel que cayeron sobre su ropa.

—Como te estaba diciendo— continúa Tota— este vago me llama para decirme que se vuelve de España porque la situación allá está muy difícil y para mejor me pregunta si se puede quedar en casa por un tiempito hasta que consiga algo.

—Pero… ¿no le estaba yendo bien en el negocio— pregunta Beba.

—Sí, pero aunque sea mi hermano tengo que reconocerlo, es un jugador empedernido y las ganancias las fue perdiendo en el casino. Menos mal que vive solo, nunca se casó.  Creo que las mujeres se dieron cuenta que es un vividor. La verdad igual que mi viejo.  El sí tenía suerte, fijate que mi vieja siempre lo perdonaba, le pagaba sus deudas. Ella trabajaba  en la peluquería y tenía sus ahorros. ¡Pobre mamá! Quería hacer un viaje con nosotros pero siempre sacando dinero de esa cuenta nunca pudo cumplir su sueño.

Beba toma el termo y echa el agua despacito mientras piensa como le va a cambiar la vida a su amiga de un momento para otro.

— Te compadezco Tota, si me pasara a mí… no sé lo que haría. Quizás me volvería loca, soy muy apegada a mis costumbres y rutinas. No me gusta que me las cambien.

Pero contame… ¿cuándo llega tu hermano?

—No,  hace una semana que está aquí en casa, desde el viernes pasado. Arreglé el cuartito del fondo y se instaló allí. ¡Si vieras! Es el mismo de siempre. Un haragán, sin ambiciones. Fijate que se vino con lo puesto, una valija y unos pocos euros. Como se dice vulgarmente: “un bueno para nada”.

—Y ¿qué hizo desde  qué llegó? ¡No me digas que sale a jugar!

—No…no porque tonto no es. Anda llamando a algunas amistades para proponerles algún negocio pero siempre con el capital de otros, desde luego. Les hace el cuento de que en España le fue muy bien con el lavadero pero  que se vino porque extrañaba al paisito. Si lo escucharas hablar…. es muy seductor…. ¡te vende lo que tú quieres comprar! Cuando tú te das cuenta te cazó como un pajarito! Y después… él arruina todo en el juego y te mira con cara de ¡yo no fui! Te termina conmoviendo y lo perdonás.

—Pero Tota — dice Beba sorprendida— ¡no puedo creer! Decile que ya hace mucho tiempo que vivís sola, que tenés tu ritmo de vida y  que te gusta disfrutar esa libertad. Seguí mi consejo, si no vas a terminar igual que tu vieja… renunciando a tus sueños.

—Tenés razón, voy a tener que hablar con él como vos decís, si no después va a ser muy tarde, porque ya viejo y sin plata, no voy a tener el corazón para echarlo.

Tota se levanta a calentar el agua con la mente ocupada con los consejos de su amiga.  Arma un nuevo mate y pone más pastelitos en la panera. En eso, una voz se escucha desde el zaguán y el ruido de la puerta que se abre.

—¿Dónde está mi buena hermanita? ¿Ya me tiene preparado el mate?

Los pasos se aproximan y una figura corpulenta de traje, con una carpeta y un maletín  hace su aparición en el comedor. Suelta el maletín en una silla, se afloja la corbata y le da un sonoro beso a Tota mientras pellizca cariñosamente su mejilla.

Se sirve un pastelito y mientras relame con gusto el membrillo  dice.

—Mmm… ¡qué ricos! cómo los extrañé en todo este tiempo… te quedan iguales a los que hacia mamá.

—A propósito Gastón, esta es mi amiga Beba la que conocí en mis clases de pintura, ¿te acordás que te conté?

—Encantado —contesta estrechando la mano de Beba y subiendo su mirada hasta encontrarse con la de ella.

Beba contempla los ojos que la miran sorprendidos y la  misma cara ancha de rulos apretados que  retorna a su memoria desde otro lugar, en tiempos de su infancia,

no… no… no puede ser…. o si?

—Tengo la sensación que  te conozco de otro lado. ¿Te llamás Gastón Parodi?

—El mismo que viste y calza— contestó Gastón.

—Yo soy Amalia Díaz ¿te acordás de mí?  ¿No fuiste a la escuela N° 48?

—Por supuesto… y, claro… Amalita… ¡Tanto tiempo…! ¡Qué bueno encontrarte!

Se unen en un apretado abrazo ante la mirada perpleja de Tota que, para disimular su inquietud se sirve un mate silenciosamente.

Beba con un especial brillo en los ojos y sin soltar la mano de Gastón lo invita a sentarse a la mesa luego se dirige a Tota que permanece silenciosa con expresión neutra.

—… pero… qué casualidad… tu hermano y yo fuimos compañeros en la escuela en sexto grado. Fue un gran amigo para mí… habíamos llegado recientemente al barrio; yo extrañaba mi antigua escuela. Lloraba casi todo el tiempo y en el recreo me sentaba sola en un muro a mirar como jugaban los demás. No quería tener amigos todos me parecían unos extraños. Gastoncito era el único que venía a mi lado, se sentaba, no hacía preguntas, me convidaba con torta o galletitas.  De a poco, nos fuimos conociendo. Él me contaba que tenía una hermana que ya estaba en el liceo, eras tú Tota,  era como otra madre,  lo ayudaba con los deberes,  le preparaba la merienda y hasta lo llamaba para que entrara cuando jugaba en la calle y se hacía de noche. Creo que como él se sentía cuidado por ti tenía esa facilidad para consolar a los demás.   Gastón era muy bueno conmigo— diciendo esto apoya su mano suavemente sobre el hombro de él

Tota aún confusa pero intentando parecer despreocupada, atina a decir:

— ¡Pero qué coincidencia tan feliz! ¡Ustedes dos compañeros de escuela! ¡Quién lo iba a decir!  ¡Y tan bien  que se llevan! Viéndolo así forman una linda pareja! ¡Ay, entre tanto barullo, me confundí con la vuelta del mate!

¿A quién le toca ahora? …

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