El reflejo de una lágrima

El monitor cardíaco hacía un pitido continuo. Nuevamente, debía despedir a su madre. Esta vez, a diferencia de aquella, le vio cerrar los ojos. Tuvo la oportunidad de leer en su mirada un “hasta luego” y hasta le pareció oírle balbucear un “te quiero”.

Seis meses atrás, esa mujer se le presentó a la salida de su centro de estudios y le contó que ella era su madre, que estaba enferma, que había cometido muchos errores y no quería despedirse de este mundo sin poder verlo, quería abrazarlo y contarle muchas cosas. Todo resultaba extraño, sin sentido. Cuando niño, sus abuelos le contaron que, siendo él un bebé, su mamá había fallecido en un accidente y que ellos habían decidido criarlo. Esta mujer, en diversas charlas, le contó que teniendo ella quince años empezó a salir con un hombre que casi le doblaba la edad, se inició en el consumo de drogas y, poco tiempo después, empezó a ejercer la prostitución. En cierto momento, quedó embarazada y quiso tener a su hijo. Sus padres no podían tolerar esa vida, la echaron de la casa y se quedaron con él. No había nada de lo que ella pudiera decir que le interesara escuchar. Su historia le resbalaba. No reconocía en esos cuentos a su madre. De alguna manera, prefería las historias de la abuela que haciendo referencia a ella hablaban de una mujer bonita, inteligente y graciosa. Nada de eso podía ver en ella. Sin embargo, le causaba cierta compasión. Veía en aquel ser a un alma desesperada por reencontrarse con sus afectos muy alejados de los suyos. No sabe por qué ni cuándo decidió acompañarla en la etapa final de su enfermedad. No creía sentir aprecio por ella, quizás… sí… culpa… por no poder quererla. De alguna manera, quiso darle la oportunidad que ella misma no se supo dar.

Cuando niño, no pudo llorar su muerte. Ahora, cuando el monitor anunciaba su partida se le humedecieron los ojos. En sus escasas lágrimas se veían todos los juegos no jugados, las idas a la escuela sin su compañía, las meriendas nunca preparadas por sus manos. Su rabia contenida se expresaba pero tímidamente. No vaya a ser que alguien creyera que, en algún lugar dentro de él, la quería.

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