Los caminos del Señor

Cuando José volvió al pueblo del que había salido 20 años atrás para convertirse en sacerdote, tuvo un gran recibimiento. Todos festejaron que ese muchacho criado en el valle había cumplido con su sueño y ahora volvía a salvar almas en su tierra. El rencuentro con viejos amigos fue muy emotivo, todos ya habían formado sus familias,  organizado sus vidas y guardaban un cariñoso recuerdo de José. Juan, su mejor amigo de niño, ahora era Don Juan Pedro Ordoñez de la Vega,  el mayor terrateniente del valle. Julia, la muchacha con quien se había casado, era ahora Doña Julia Hermida de Ordoñez de la Vega.  Ellos reinaban la vida social del pueblo desde su imponente casa atendida por varias criadas y un mozo. Su hijo, Julián de 24 años, era un muchacho soberbio, elegante e inteligente con el que soñaban todas las muchachas casaderas.

Hacía muy pocos días que el nuevo cura estaba en el pueblo cuando Doña Amanda lo visitó en  compañía de su hija Rosalía. Ese era el rencuentro que el cura temía tener pero sabía que era inevitable. Al enfrentar a las dos mujeres quedó sin habla, flashes del pasado lo paralizaron. La señora lucía como una mujer bastante mayor a como él la recordaba pero la muchacha resplandecía con la belleza de sus 20 años. José y Amanda se miraron en silencio, ambos habían cumplido lo que se prometieron mutuamente 20 años atrás. Ella era, en ese entonces, una señora unida a un marido viejo y enfermo y él un muchacho despertando a las pasiones de la juventud. Cuando nació la hija de ese amor prohibido se juraron guardar el secreto. La muchacha creció creyendo que su padre era aquel señor que había muerto siendo ella muy niña.

—Padre José, le presento a mi hija, se ha criado muy devota como corresponde y quería que la conociera. Todos estamos muy contentos de tenerlo a Ud. de nuevo en el pueblo. El cura agradeció la visita y, de ahí en más, Amanda y su hija frecuentaron regularmente la Iglesia.

José y su amigo Juan  saboreaban un buen coñac por la tarde cuando éste le contó al cura que Julián se había comprometido para casarse con Rosalía. Esa noche, el cura agradeció en sus oraciones que esa hija, que nunca  llegaría a llamarlo padre, tendría una vida digna y honorable como parte de esa hermosa familia. El casamiento fue el acontecimiento social del año en el pueblo  y el cura necesitó de su mayor aplomo para realizar la ceremonia sin que se notara su emoción.

El primer indicio de que algo estaba mal lo tuvo José un domingo al dar la comunión a Rosalía. Una sombra oscura en la cara y una profunda tristeza en su mirada. Cuando Amanda se sentó en el confesonario, el cura fue directo y le preguntó si Rosalía tenía problemas con su marido. La mujer entre sollozos le contó su drama. Su hija estaba embarazada y su esposo la maltrataba al punto de que ella temía por su vida.

Por algunos domingos, Rosalía no se presentó en la Iglesia y, cuando lo hizo, dos cosas eran obvias: el embarazo y cómo la muchacha intentaba ocultar una parte de su rostro con unas enormes gafas.  El cura pasó dos largas noches rezando frente al altar pidiendo al creador que lo iluminara.

Un lunes de mañana, le dijo a la limpiadora de la casa parroquial que iría a la capital por asuntos de la Iglesia.

Días después el cura invitó a su amigo Juan a charlar de  asuntos de la comunidad que lo preocupaban y aprovechó para comentarle que se vería bien que su hijo fuera a comulgar con más frecuencia.

—Que la principal familia del valle cumpla con sus obligaciones de  buenos cristianos es un ejemplo muy importante— le rogó el sacerdote, apelando a su vieja amistad.

La mañana del domingo siguiente la Iglesia estaba llena. Amanda, Rosalía y su esposo se presentaron a comulgar.  El sol resplandecía cuando los feligreses se retiraron. El cura guardó en el cofre los elementos utilizados  y lavó con algo más del cuidado habitual los dos cálices que utilizó ese domingo para dar la eucaristía.

A media tarde, el mozo de la casa de la Familia Ordoñez de la Vega llegó apurado a buscar al cura.

—Padre José, dice el señor que por favor venga Ud. a la casa. El niño está muy grave y lo necesitan.

Al entrar a la sala de la enorme residencia lo recibió el médico del pueblo.

—Padre yo creo que es momento de que Ud. haga lo suyo, el muchacho no va a durar mucho.

—¡Por Dios! ¿qué pasó?—preguntó el cura

—Su corazón padre, fue repentino pero fatal. Está ya en coma profundo. Es cuestión de horas, ahora lo necesitan a Ud. más que a mí.

La ceremonia fúnebre fue la apropiada por la importancia de la familia y, al otro día, el cura celebró una misa especial donde el pueblo entero pidió por el alma del joven Ordoñez de la Vega.

—Te das cuenta José, perdí mi muchacho, él sería el continuador de mi familia, mi único hijo. ¿Por qué me pasó esto? ¿por qué?—se quejó Don Juan.

—Los caminos del Señor son misteriosos, mi gran amigo—le dijo el cura mientras lo abrazaba.

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