Don Giuliano

Lustrando sus zapatos lo sorprendió la mañana. Un sol acobardado iluminaba su rostro recién rasurado. El opaco betún daba paso a los primeros destellos de limpieza a aquel par de viejos compañeros acordonados. Mirándose al espejo, dio los últimos retoques, peinado a la gomina, pañuelo de seda al cuello y sombrero. Con portafolio en mano, salió a trabajar como todos los días.

Al llegar a la parada del ómnibus, sacó una libreta prolijamente forrada en papel de diario y nylon. Con su dedo índice recorrió una y otra vez una larga lista de artículos que llevaba dentro de su maletín: agujas de coser, tijeras, linternas, cinta aisladora de surtidos colores, etc. Lo sorprendió casi el medio día y se decidió a subir a un ómnibus.

Saludó respetuosamente al guarda, al chofer y, por supuesto, a todo el pasaje seguido de un repetido y aburrido discurso que acompañaba con el artículo correspondiente.

Así una y otra vez hasta caer la tarde, fue de un lugar a otro, de norte a sur, de este a oeste de la ciudad. Cuando se sintió agotado, descansó sentado en el banco de una parada sacando de su bolsillo lo recaudado, contó las monedas que apenas daban para comprar el pan, la leche y quizás alguna fruta. Un sudor frío recorrió su cuerpo sintiendo la amargura de su vida cerrarle la garganta. Era un desempleado más tratando de sobrevivir en un país donde la tecnología y los jóvenes ganaban terreno a pasos agigantados. Ya de nada servía haber sido un buen zapatero, de esos que cosían los mocasines a mano y tomaban medidas para que el cliente sintiera la mayor comodidad al caminar. Ahora, los artículos chinos eran más económicos.

Giuliano secó su rostro y refrescó su garganta, se puso de pie y echó a andar apretando las monedas en el bolsillo del pantalón e irguió su cabeza honesta dándole cierta importancia a su andar.

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