El lugar de las sombras largas

Todo a su alrededor era turbio.

El día se confundía con la noche.

Estaba tan agotado, su semblante lo decía todo.

Llevaba consigo ausencia de luz.

Su ser albergaba una expresión mortuoria.

Agazapadas lo acechaban la incredulidad y los interrogantes.

Un movimiento involuntario en él dejaba entrever que aún habitaba en el mundo de los vivos.

Había veces que perdía el rumbo hasta que volvía a encontrar un atajo.

Entonces, nuevamente, se dejaba llevar por carriles iluminados.

Sólo en esos instantes, era cuando se sentía verdaderamente feliz.

Meticulosamente, volvía a reformular la idea que se le había extraviado.

Sentía que, cada segundo que trascurría, él se aferraba más a su propósito y fiel insistía en el tema.

De ese mundo confuso en que habitaba, lo que más le perturbaban sus planes eran esas voces demandantes siempre en estado de alerta, presurosas, agitadas…

— ¡Doctor el monitor indica reacción al estímulo!

— ¡Imposible! ¡Hace años que permanece en estado vegetativo!

Su cerebro maquiavélicamente reprogramaba una nueva fuga de ese mundo de tinieblas.

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