El molino

Hallábase solo y ruinoso como todo lo que le circundaba.

La maleza se había adueñado de su rudimentario esqueleto de vigas expuestas.

Algún trozo de su carne hecha de cimiento aún se mantenía como un colgajo de piel.

Raíces retorcidas por el tiempo de una tierra convertida en terruño fueron ahogándolo y, con el pasar de los años, fue perdiendo su vida.

Frío y húmedo como una tumba en su interior yacía.

Fantasmagórico resplandecía en las noches de luna llena con sus aspas en jirones.

Su tristeza era tanta que, por las noches de viento, aullaba de dolor.

Y no había pueblerino ni forastero que se le acercara a consolarlo.

Antaño, había sido orgullo del pueblo.

Muchos dependían de él, de ese vigor, de esa fuerza desmedida que trituraba y molía.

Un día alguien dijo que ese polvo blanco se había agrietado y que en esos surcos corría agua color púrpura.

Nadie supo quién lo había dicho pero ese dicho se esparció junto con su historia.

Ningún ser viviente ronda por ahí porque, ahí, es el lugar donde la hija del molinero dejó su alma.

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