Mi noche triste

Toribio camina a paso firme por  el empedrado pateando piedritas.  Saco brillante, pañuelo de seda y pantalón planchado con cariño por su vieja. Seguro de su pinta brava va esperanzado al bailongo. Esa noche se tiene fe, esa será la noche, se siente triunfador. Conocer a esa  rubiecita lo ha cambiado.  Ahora,  tiene una ilusión.

Don Emilio hace años que regentea el club- boliche “La tentación“, rara combinación  de bar mistongo  y salón de baile. Los habitués del lugar son una mezcla de  laburantes queriendo vivir la noche, niñas mal de casas bien buscando emociones, algún pituco de barrio distinguido y  unas pocas coperas de rouge corrido y caras cansadas.

Una vez al mes, el gallego organiza un baile, abre las puertas del salón, pone algunas sillas contra las paredes y contrata a un aspirante a cantor que se anime a destrozar algún tango. La concurrencia no es muy exigente y bailan y consumen hasta la madrugada.

Toribio conoció en la calle a la joven rubia delicadita de la que quedó prendado. Prometieron encontrarse en el baile. La ve apenas entra; la muchacha está vestida de blanco, sus largos rulos rubios le caen sobre los desnudos hombros. Ella lo ve y sonríe. Se ilumina el alma del muchacho. Se acerca y, sin mediar conversación, se lanzan a bailar.

El calor de su cuerpo, el perfume de agua florida y el roce de sus mejillas lo llevan a  un mundo nuevo. Casi ni hablan, ella  sonríe y baja apenas sus ojos en gesto de inocencia. Se turnan los tangos que el cantante maltrata pero para el muchacho son música celestial. Toribio toca el cielo con sus manos.

La música se detiene. Don Emilio se acerca a la pareja y se dirige a la muchacha.

—Paulina, llegó el auto del señor de la mesa 3,  dice que te espera afuera, lo mío está pago, arreglá lo tuyo en el hotel.

La muchacha baja la mirada y se retira.

El patrón mira a Toribio que asombrado no sabe qué decir.

—Piantate de acá gurí… esta mercadería no es para vos.

El cantante arranca con el tango “Mi noche triste “de Samuel Castriota.

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