Un ramo de flores

Cuando se acercó, se dio cuenta de que la puerta de su casa estaba abierta. Seguramente, Norma se habría ido cumpliendo su promesa. En la noche anterior, se habían enfrentado en una fuerte discusión. Y, una vez más, a pesar de tantas promesas, él no pudo contener su ira. Otra vez sus reclamos. De nuevo las mismas demandas y la violencia que, nuevamente, se hacía presente. Él la amaba pero odiaba todas sus acusaciones. Ese dedo que lo señalaba. Esa boca que no paraba de recordarle su realidad.
El alcohol, por momentos, le ayudaba a olvidar sus miserias. Por un rato, todo era más divertido pero bastaba llegar a casa y la tranquilidad se terminaba.
“¿Otra vez venís del boliche?” solía ser lo primero que escuchaba al llegar en un tonito irónico, acusador y en extremo irritante. ¿Cómo hacerle entender? Tan solo quería un poco de paz, un plato caliente y descansar un rato. ¿Sería imposible conversar diez minutos con ella? No quiso golpearla. En la discusión, sus demonios se apoderaron de él y cerró los puños. Como un volcán en erupción, una energía que parecía provenir del centro mismo de la tierra, irrumpió con furia. Descargó sobre ella sus frustraciones y la bronca de sentirse incomprendido con toda su rabia.
Cuando se conocieron las cosas eran diferentes. En la fábrica había mucho trabajo y buen dinero. Además, en otros tiempos, su amor juvenil con frecuencia los llevaba a largas noches de pasión. Ahora, todo había cambiado.
Quería disculparse. No lo volvería a hacer. Esta vez sí cumpliría su juramento.
Cuando llegó hasta la puerta, grata fue su sorpresa. Ella aún estaba allí. Sentada en un sillón, mirando hacia la entrada.
— ¡Negrita! Por favor, perdóname, créeme que no volverá a suceder— le dijo en tono suplicante a la vez que extendía un ramo de flores.
—De eso estoy segura— respondió ella fríamente— esas flores déjalas para tu funeral ¡hijo de puta!— y, alzando un revolver, le disparó.

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