El besódromo

Habían pasado más de diez años desde que Eduardo vino de Montevideo a Miami.  Fue un cambio enorme, le llevó un buen tiempo adaptarse. Estuvo como ilegal unos años y  trabajó  en diversos  lugares  hasta que, finalmente, lo tomaron en el lujoso hotel.  Su responsabilidad con el trabajo y el buen uso de los dos idiomas lo convirtieron en un empleado valioso. Ganaba bien, estaba pagando la hipoteca de su apartamento y había formado una familia.  Su matrimonio con Gertrudis, una alemana algo mayor que él  y residente legal de muchos  años, había sido  un factor importante para ordenar su vida.  Ahora, podía justificar haber emigrado.

 …

 Teresa era una mujer exitosa, fue brillante estudiante en Montevideo y ganó una serie de becas que la llevaron a las mejores universidades de Europa. Con un doctorado en París y casada con un prestigioso profesional francés combinaba  exitosamente las funciones de esposa, madre y destacada psiquiatra. Viajaba mucho dando conferencias por diferentes universidades y visitaba Montevideo cada vez que sus actividades  se lo permitían.

Cuando  bajó de la limusina frente al enorme edificio del Fontainbleu Hotel,  Eduardo  se acercó con un carro para ayudarla con las valijas.  Él reconoció las tapas del pasaporte uruguayo de Teresa y le dijo con una amable sonrisa:

—Bienvenida a Miami, compatriota.

— ¿Usted también es uruguayo?

—Sí, señora hace años que estoy radicado acá.

Eduardo entró las valijas a la enorme suite, le explicó a Teresa los controles de la tv, del aire acondicionado y le mostró la ubicación del mini bar.

—Muchas gracias, no veía el momento de llegar para descansar del largo viaje.

Esa semana, Teresa había  pasado todos los días de su suite a la sala de Conferencias y de ahí al restaurant del hotel  y no había podido acercarse a la playa. Terminada la sección de ese viernes se fue al bar a tomar una cerveza sola, por un buen rato no quería hablar más de siquiatría.

Eduardo había terminado su jornada y, al pasar por el bar, reconoció a Teresa y la saludó.

— ¿Cómo está disfrutando de estas playas mi compatriota?

— ¿Playas…? No sé de qué me habla, no he visto el mar todavía.

— ¡Ah! ¡No… no … no!! No debemos permitir eso, nadie debe irse de Miami sin haber disfrutado de su sol y su mar.

—Sí… suena muy bien pero me parece que volveré a las calles de París sin haber pisado  arena.

La queja de Teresa era amistosa y daba la impresión de que necesitaba charlar con alguien, Eduardo le pidió permiso y se sentó.

— Me imagino que Usted en París debe extrañar al paisito tanto como yo lo extraño acá.

—Sí, es cierto, se extraña, sé que debe parecer raro pero yo vengo todos los años a estas convenciones y casi no voy a la playa. No sé… creo que lo que pasa es que extraño mi playa de Pocitos.  Mi rambla, bueno usted sabe…, acá es distinto…  estos hoteles sobre la playa, no sé… es distinto.

— Tiene razón, hay pocos lugares en Estados Unidos donde la playa sea como la de la rambla de Montevideo.  Pero hay uno, no muy lejos de aquí que se parece bastante a Pocitos.

— ¡No me diga y dónde queda esa maravilla que yo nunca la visité!

—Es la playa frente a Fort Lauderlade, no es muy lejos de acá.

—Dígame cómo llegar allí que añoro caminar por una rambla mirando el mar.

—Si quiere yo la puedo llevar. Hoy, ya terminé mi jornada.

Los dos uruguayos se pasaron todo el trayecto por la I 95 hacia al norte  intercambiando recuerdos del lejano Montevideo.

—La rambla era un lugar de encuentro con mis amigos… realmente la extraño —comentó Teresa.

—Lo que yo más extraño de la rambla creo que es el besódromo —dijo Eduardo con picardía.

— ¡Ah…el besódromo! ¡Si esas  piedras hablaran!— reflexionó Teresa  sonriendo.

Caminando frente a Fort Lauderdale se contaron  sus vidas y cuando volvieron  al hotel ya se sentían viejos conocidos.

Eduardo acompañó a Teresa a su suite y, cuando se iba a despedir, ésta le dijo:

— ¿Tú crees que en ese mini bar habrá alguna cerveza realmente buena?

—Las dos mejores marcas alemanas, con toda  seguridad.

—Entonces, te invito. Te tengo que agradecer una tarde bien distinta.

Ensimismados en sus respectivas historias,  acercados por  recuerdos comunes,  se comenzó a producir ese maravilloso milagro que terminaría  dándole  el Gran Finale a la tarde… ése que, los dos presentían, era inevitable.

Eduardo entró sin hacer ruido al apartamento, abrió un poco la puerta del dormitorio de Gertrudis que dormía profundamente, cerró con cuidado y se fue a su propio dormitorio.

Cuando la aeromoza retiró las bandejas y se comenzaron a apagar las luces, Teresa cerró sus ojos y se sumergió en una nube de recuerdos que mezclaban el besódromo de Montevideo  con nuevas emociones del hotel de la avenida Collins.

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